Estrofa, puente y estribillo

Lapido y Quique González: Carreteras secundarias y grandes paisajes

José Ignacio Lapido y Quique González, sala Oasis de Zaragoza / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

José Ignacio Lapido y Quique González, sala Oasis de Zaragoza / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Casi no había caído el segundero para marcar las diez en punto que la banda formaba en el escenario rojizo de la Sala Oasis de Zaragoza: dos voces, cuatro guitarras, bajo, batería y teclados.

En un concierto así nadie espera un tránsito por autopistas, pero tampoco que el uso de las carreteras secundarias, los caminos ocultos y los paisajes inexplorados se hagan tan patentes como para arrancar el concierto con una revisión casi acústica, a medio tiempo y reposada como un vino generoso de Ladridos del perro mágico, canción que ni por esas dejó de presidir un slide eterno salido de las manos de Víctor Sánchez. Lo cierto es que el lado de Lapido acabaría más cerca de esa primera época del repertorio que de la más cercana, pero de todo hubo. La luna debajo del brazo trae sabor a daiquiri y corrobora la primera impresión, la banda suena a la altura de estos dos compositores.

Arpegia Lapido para dejar claro que El carrusel abandonado no chirría mientras Quique González se entrega en su interpretación, yo también lo haría, casi nunca se comparte escenario con un ídolo, mucho menos girar compartiendo canciones y formación. Pero no sólo de arpegios vive el hombre y Pepo López afila una guitarra punzante como un estilete y contundente como un picahielos que guiará Me agarraste hasta el infinito: malditos domingos de periódicos y soledad. Luz de ciudades en llamas trae la emoción sin el menor esfuerzo, los pelos de punta. Con la sola enumeración de lo que lleva Lapido en su maleta el prodigio del consuelo se consuma: no existía el dolor e importaba poco lo que ocurrió durante casi todo el concierto, el sonido de la sala estaba por debajo de la banda, pero todos los presentes disfrutaban.

Siguiendo por las carreteras menos transitadas, la sorpresa recorre la sala mientras empieza a sonar el piano cadencioso de Se equivocaban contigo, una canción pequeña pero que crece y crece gracias al piano y al órgano Hammond de Raúl Bernal hasta que Lapido la agarra por las solapas para retorcer el mástil de su vieja y eternamente joven Gibson SG a base de fraseos inimitables. Sin recobrar el aliento, Deslumbrado coge bríos, una canción que va “in crescendo” y que en directo gana energía respecto al disco. El concierto sigue y una introducción corta pero abrasadora de la guitarra de Lapido arranca una oscura y densa de Antes de morir de pena. En la sala sólo había lugar para la belleza.

'Soltad a los perros' en la Sala Oasis (Zaragoza) / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

‘Soltad a los perros’ en la Sala Oasis (Zaragoza) / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Cuando algunos oídos estaban despistados, había a quien los temas de Lapido no les resultaban familiares –incluso les quedaban grandes–, empieza a sonar el clasicismo de Kid Chocolate: iconografía perfecta del perdedor y fuerza reposada. Tan reposada como para que Ricky Falkner llegue a parar el tiempo sólo con un bajo de cuatro cuerdas y Raúl Bernal lo rompa con unos fraseos de Hammond; entonces Lapido proclama el infinito como única medida temporal y rompe el reloj a golpes de guitarra eléctrica. Pocos momentos igualarían la grandeza de este a lo largo del concierto: una banda conjuntada, enérgica, sólida y dejando espacio a cada uno de los integrantes.

El público entregado llega al punto de ebullición con Hotel Los Ángeles: Lapido y Víctor Sánchez juegan con las guitarras en una sala abarrotada mientras una píldora de rock’n roll del de siempre recorre los oídos del público. Casi todo parece una antesala de lo que está por venir, una de las mejores canciones de Quique González y de las mejores que jamás se hayan escrito: En el backstage. Canción en vaso bajo y sin pizca de hielo: sincera y dura como siempre, un trago que sólo aguan las lágrimas. Raúl Bernal se entrega a fondo en su piano para una interpretación canónica, mientras que Pepo López adorna con el slide hasta que llega el final y, como lo hiciera George Harrison en Let it be, Lapido derrumba la contención para exigir la propiedad de la canción para su guitarra eléctrica, da igual quien sea el autor.

Víctor Sánchez durante el concierto / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Víctor Sánchez durante el concierto / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Llama la atención como las canciones intercambian matices, se regalan trozos entre los intérpretes y a veces las canciones de uno suenan como si las hubiera pensado el otro. Lo que no cambia es la suave cadencia de hoja otoñal de canciones como El más allá gracias a un slide mágico de Víctor Sánchez, aunque Quique González la haga suya. También aparecen novedades en las interpretaciones de las últimas canciones de González, ya que hasta ahora las ha girado sin teclados ni Hammond. Por ejemplo, Dallas-Memphis, que cuando Bernal derrama los dedos sobre las teclas luce casi tan bonita como mi chica.

Llegan himnos compartidos: En medio de ningún lado –la única grabación que han compartido Lapido y Quique González–, una recién estrenada Clase media en la que Falkner deslumbra y un mano a mano en Algo me aleja de ti –una canción de Lapido que Quique González grabó para Daiquiri blues (2009, Last Tour Record).

Bastan un par de guitarrazos eléctricos para anunciar De espaldas a la realidad, ya apenas se hacen canciones así y mucho menos con esas producciones: pop cuidadoso en todos sus aspectos. La sala está ardiendo y Cuando por fin reitera lo que nadie puede dudar: Lapido, aunque es un león viejo que ya lo vio todo, guarda en las tripas la rabia y la fiereza precisas, es un guitarrista de los que no quedan y del que todas las bandas del mundo estarían huérfanas. Además, no necesita adornos, le basta con salir a defender lo suyo, para eso ha cincelado a golpe de verdad un repertorio que mira por encima del hombro a cualquiera, que realmente es en lo que consiste esto.

Tras un breve descanso, Quique González agarra una Gibson J-45 para hacer una suave interpretación en solitario de Daiquiri blues, la guitarra apenas adorna una canción indiscutible entre las muchas que tiene el rockero madrileño. Por su parte, Lapido se hace acompañar por Víctor Sánchez y Raúl Bernal para barnizar de oscuro –más si cabe– En el ángulo muerto, una belleza negra que resulta imposible dejar de mirar.

La única concesión a los 091 sirve para que la banda se reúna en torno a Nubes con forma de pistola, una petición exclusiva de Quique González –convertido en fases del concierto más en fan que colíder de la banda– que comienzan a medias Lapido y él con sus acústicas para romperse del todo en una explosión final que desemboca en Vidas cruzadas. Con la adrenalina de esta última canción el público se niega a dejarlos marchar. En ese momento Lapido vuelve a hablar de vino, de dioses, de fracaso, de amor y de hombres cambiando de registro Cuando el ángel decida volver, interpretación que Lapido y González terminan con un abrazo fraternal. La espiral de rock llega a su fin cuando se declara un incendio en la batería de Edu Olmedo y el concierto se acaba con una canción que según Quique González “nunca habría escrito si fuera de Dinamarca”: ¿Dónde está el dinero?

Lapido y Quique González "soltando a los perros" en Zaragoza / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Lapido y Quique González “soltando a los perros” en Zaragoza / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Como escribió y cantó Andrés Calamaro: rock de verdad con amistad. Cuesta imaginar concierto más sincero y con menos pose entre estrellas de tal calado. Sí, independientemente de lo famoso que sean o los discos que vendan, José Ignacio Lapido y Quique González son dos estrellas que andan recorriendo España con una colección de canciones conjunta, una banda de hormigón armado y cosas que decir. Y los que no quieran oírlos que no lo hagan, por aquí siempre habrá oportunidades para hacer otra cosa, pero estoy seguro de que  será un plan peor.

Ficha:
Lapido y Quique González; 7 de noviembre de 2014, Sala Oasis (Zaragoza) casi llena; gira ‘Soltad a los perros’. José Ignacio Lapido: voz, guitarra acústica y guitarra eléctrica; Quique González: voz, guitarra acústica y armónica; Víctor Sánchez: guitarras eléctricas y coros; Pepe López: guitarras eléctricas y coros; Raúl Bernal: piano, órgano Hammond y coros; Ricky Falkner: bajo y coros y Edu Olmedo: batería.

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