Sobrevivir a los domingos

‘Poesías completas’, de Antonio Machado: Absoluta poesía

Portada del libro en la editorial Austral

Portada del libro en la editorial Austral

Hoy hace 76 años que Antonio Machado moría en Colliure, que puede parecer un lugar como otro cualquiera para morir, pero en este caso era el peor de todos los lugares. Colliure era el exilio.

Hoy Antonio Machado sigue enterrado allí, sigue en el exilio y lo peor de todo es que está allí no sólo fisicamente. La idea, la enseñanza, la visión del mundo y casi todo lo que representa el poeta sigue exiliado de lo que hoy es España y me atrevería a decir que así va a seguir siendo.

Por suerte, su obra escrita es un refugio –nunca una trinchera– donde encontrar respuestas y donde encontrarse, hoy, un domingo invernal o en cualquier otra fecha del calendario.

 

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Variedades y vanidades

Patuchas y una butaca de cine

La mirada densa de Patuchas en la contraportada de su único disco

La mirada densa de Patuchas en la contraportada de su único disco

Supe de Patuchas por casualidad, de hecho, de quien supe primero fue de ese alter ego que creó y que llamó Juan Antonio Canta, fue una de esas casualidades que sólo se daban en la era antes de que internet lo fagocitara todo. Como muchos de los nacidos en los 80, era un niño aquel verano en que el Rap de los 40 limones, una remezcla de la original Danza de los 40 limones, recorrió España de punta a punta. Aunque tardé en saber de quién era aquella voz.

Más allá de la curiosidad por la gracia del “un limón y medio limón y dos limones…” y repetir sin saber lo que decía “sé que parece una película de grinagüei…”, no tuve ni idea de qué había detrás de todo eso, tanto detrás quien cantaba como lo de “la película de Greenaway”. Con el tiempo me di cuenta de que los adultos tampoco apreciaron a quién estaba delante de ellos, al menos la inmensa mayoría. Después de eso, la canción se había quedado guardada en mi maleable cerebro infantil, recuerdo escuchar en la radio de un coche la noticia que certificaba la muerte de Juan Antonio Castillo, más conocido como Juan Antonio Canta. Fue ese el momento en que supe como se llamaba el tipo de “un limón y medio limón… ”

Lo siguiente que escuché fue La copla del viudo submarino, en el disco Ni jaulas ni peceras (2003) de ‘La cabra mecánica’, una canción que me encantó, pero nunca logré saber quién estaba detrás. Algo parecido me pasó con otra rareza que escuché en un ‘Concierto Básico’ en el Círculo de Bellas Artes de Mardid de los que hace años ofrecía Canal Plus. De nuevo era “La cabra”, esta vez presentando en directo Ni jaulas ni peceras en el mes de mayo de 2003. El concierto, con una puesta en escena muy particular en la que Lichis –el líder e ideólogo de “La cabra”– apareció vestido de Conde Drácula, comenzó con una interpretación con el único acompañamiento de una guitarra acústica de Palabras de gasolina y de una canción que me encantó pero que tardé mucho en ubicar. Años después supe que era La balada del adúltero. Internet no funcionaba como ahora o directamente no tenía acceso, pero la canción se me quedó grabada, igual que La copla del viudo del submarino. Con la diferencia de que ésta no estaba en la discografía del grupo de Lichis ni tenía forma de dar con ella.

Sin saber quién había escrito esas canciones ni que eran obra de la misma persona estaba preso de esa mezcla de humor y tristeza que impregnaba la obra y la vida de Patuchas, de su inteligencia y su capacidad para unir cosas que parecían irreconciliables, además de unas canciones con imágenes muy potentes.

Patuchas en estado puro

Patuchas en estado puro

Los ajustes de la casualidad
Un par de años más tarde, probablemente tres, fue un vecino de mis abuelos ,bastante mayor que yo, quien sabiendo que a mi hermano y a mí nos gustaba la música, nos prestó unos cuantos discos. Cuando nos los dio dejó para el final un disco de un paisano, Patuchas lo llamó, al que conoció personalmente mediante un amigo que tenían en común. “Casi nadie conoce este disco, pero Patuchas se hizo famoso por un programa de Pepe Navarro en que salía cantando eso de ‘un limón y medio limón’ y al poco tiempo se suicidó”. Supongo que el recuero de mi infancia me hizo poner ese disco el primero. Mientras comenzaba a sonar la sincera sencillez de Te quiero leí en los créditos del disco que ahí estaba La copla del viudo del submarino y una canción que podía ser la que llevaba años buscando, La balada del adúltero. Había dado con dos canciones que llevaba años sin saber de dónde habían salido, conseguí encontrar la fuente por una mera casualidad.

Obviamente no tardé en ir a buscar al vecino y querer saber un poco más de Juan Antonio Canta, como si todo ese tiempo que había pasado en el anonimato tuviera que llenarlo con los datos bibliográficos y con información que me llegaba de primera mano. Entonces ubiqué esa frase que aparece en el libreto del Vestidos de domingo de “La cabra” (“eso que en todas las ciudades enriquece los bares y hay quien llama amor” que firmaba un tal Juan Antonio Canta) y que inspiró a Lichis para escribir eso de “es la falta de amor la que llena los bares…”.

Después de esto coincidí un par de veces con Lichis antes y después de conciertos y además de ser muy amable, se alegró de que conociera a Patuchas e intercambiamos opiniones, casi todas teñidas por la amargura de que fuera desconocido y de la poca difusión que tenía, actualmente es casi igual, su obra. De hecho me firmó la entrada de uno de los conciertos escribiendome en ella “que el espíritu de Patuchas te proteja”, el mismo Lichis que hablo de “la conmovedora mezcla de humor e infinita tristeza que sus canciones transpiraban”. Tanto la ironía como la tristeza son fáciles de encontrar en bastantes fotos de Patuchas. Eso y la seguridad de que era una persona que guardaba algo detrás de una mirada densa y directa.

Carte de la película 'Patuchas, el hombre de los mil limones', obra de Maria Bernard

Carte de la película ‘Patuchas, el hombre de los mil limones’, obra de Maria Bernard

El hombre de los mil limones
Han pasado varios años desde que di con el disco aquel gracias a un vecino de mis abuelos, pero no he dejado de escucharlo, de maravillarme con sus canciones, de considerar algunas de ellas como las más inteligentes que he escuchado nunca y de tener Cama roja en el Olimpo de mis canciones favoritas. También he descubierto que hay gente que lo tiene en su recuerdo. Por eso me alegré cuando hace unos días me percaté de que había un documental dedicado a la figura de Patuchas y que el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva lo programaba –Patuchas, el hombre de los 1000 limones (dirigido por Asbel Esteve)–. Un documental que hace un recorrido sobre la vida artística y personal de Patuchas a con una factura a la altura del artista.

Y con esa alegría me fui a verlo: amigos, grabaciones en directos, interpretaciones de sus canciones, programas televisivos, unos títulos de créditos muy originales y bonitos, una sorprendente y elegante versión coplera de La copla del viudo del submarino en la voz de la actriz Marisol Membrillo y la vida de un tipo inigualable que se fue demasiado pronto, aún le quedaban unas cuantas canciones y seguro que alguna obra de teatro por escribir. Pero lo cierto es que al cine no fue nadie. Y cuando digo nadie es nadie. Saqué mi entrada, me senté en el cine y comenzó la proyección.

Agridulce es la sensación que te deja el documental –es imposible no pensar con cierta tristeza en lo que pudo y debió haber sido el tipo que hacía esas canciones que tanto te gustan y lo que terminó siendo–, y agridulce también es saber que disfruté de una cosa sincera, bien hecha, como he dicho, a la altura de retratado, pero no había más que una persona, yo, en toda la sala de cine.

No sé si a Patuchas le hubiera hecho gracia, le hubiera resultado irónico o habría reforzado esa idea que le hizo marcharse. Desde luego, a mí no me gustó esa sensación de soledad e incomunicación de ir al cine y que no haya nadie viendo una obra de altura sobre un tipo genial (ni público ni personal del festival ni…), primero me indigné y luego me llegué a plantear –aunque sólo fueron unos segundos– si quien estaba equivocado era yo por querer ir a ver aquello.

Fue empezar a sonar La copla del viudo del submarino y leer una frase de Patuchas impresa en la pantalla, “[en la vida hay batallas] lo importante no es si ganas o pierdes, lo importante es que no pierdas las ganas”, y saber que estaba más que acertado. Aunque estuviera solo.

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Notas de lectura

‘Pirineos, tristes montes’, por Severino Pallaruelo: Lo que la montaña guarda

Portada del libro 'Pirineo, tristes montes'

Portada del libro ‘Pirineo, tristes montes’, editado por Xordica

Hay libros que misteriosamente te llegan porque alguien decide hacértelos llegar o por algún extraño azar. Suelen ser libros que no pertenecen a editoriales grandes, pueden estar publicados hace más o menos tiempo, pero son raros de encontrar en librerías comunes y, seguramente, si no fuera porque alguien se encargó de hacértelos llegar nunca habrías dado con ellos o quizá sólo has tropezado con ellos por haber viajado a ciertos lugares: seguramente sea ésta una de las razones más poderosas para seguir entrando en librerías cuando viajas.

Suelen ser libros cuidados en su edición, agradables de leer por su soporte –papel, tinta, letra, encuadernación–, es lo que tienen las editoriales pequeñas, cuidan lo que tienen; los títulos sugerentes no son exclusivos de este tipo de libros, pero si echo un vistazo a mi biblioteca encuentro que estos libros de los que hablo los tienen más a menudo que otros.

Este es el caso de Pirineos, tristes montes. No tenía la más mínima idea de este autor (Severino Pallaruelo) y mi primer contacto con esa zona lo tuve poco antes de que me regalaran el libro –por cierto, me han regalado muchos otros antes que este y aún esperan a ser leídos–, pero desde el primer momento me pudo la curiosidad por saber quién estaba detrás (un aragonés de Puyarruego que además de escribir sobre los pirineos y sus gentes conoce muy bien la zona, ha escrito guías, novelas, cuentos, recuperado mitos, escrito sobre antiguos oficios…) y dónde estaban aquellos sitios que escondían esas montañas.

Un título sugerente, una foto de portada que hechiza (es obra del propio autor) y un libro que al agarrarlo incita a leerlo. Luego viene lo importante: historias, a veces casi impresiones, que se leen reposadamente; a pesar de la cortedad de alguna de ellas, no tienen prisa por ser contadas. Casi todas terribles, algunas dejando un resquicio a la esperanza.

Luego el lector puede llegar más allá, no es poco el disfrute que provocan, pero se puede ir más allá. La vida o las elecciones te llevan a conocer los escenarios del libro, el Pirineo más aragonés o el Aragón más pirenaico. Allí conoces la dureza de aquella zona para con sus habitantes –y  para con algunos de sus visitantes o transeúntes–, entonces no tienes más remedio que sentirte un advenedizo mientras caminas por aquella zona o recorres serpenteantes carreteras que en otra época, en el mejor de los casos, fueron caminos pedregosos al antojo de las inclemencias o del simple pasar de los días; lugares donde el frío nunca desaparece y la nieve reina durante muchos meses.

Exactamente eso es este libro: duras y salvajes ascensiones a montañas que te van atrapando de forma contundente, pero siempre poco a poco. Lo que puede parecer un paisaje idílico y bello guarda una cara indómita, a veces desconocida, como sus propios habitantes, como todas las personas.

Ficha:
Pirineos, tristes montes, por Severino Pallaruelo. Editado por primera vez en 1990, aquí la edición de Xordica publicada en junio de 2011.

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Notas de lectura

La vida a solas (‘La lluvia amarilla’, Julio Llamazares)

Hasta hace algo más de un año no había leído nada de este autor, pero La lluvia amarilla, es el segundo libro que leo y me ha encantado, como el primero que leí, El río del Olvido. Puede que sea el lenguaje que lo envuelve todo, pero no es  sólo eso. Puede que sea el personaje y las formas con las que interacciona con lo que le rodea, pero es algo más.

Portada de 'La lluvia amarilla', de Julio Llamazares / Opalworks

Portada de ‘La lluvia amarilla’, de Julio Llamazares / Opalworks

Quizá el haber nacido en un pueblo que hoy está sepultado por un pantano le imprime un carácter especial al autor y ese tipo de detalles hacen que alguien me caiga bien –como aquella vez que conocí a un tipo que había nacido en un país que ya no existía. Creo que sencillamente es que disfruto leyendo, por muy duro que sea este libro, que lo es y mucho.

En La lluvia amarilla, Llamazares da voz a Andrés, el último habitante de Ainielle, un pueblo del Pirineo Aragonés que como muchos otros de la zona ha sido paulatinamente abandonado por sus habitantes.  En compañía de su perra, Andrés desgrana recuerdos y sensaciones de un pasado cada vez más lejano a la vez que va soportando el día a día sin más compañía que su perra en un lugar donde el invierno es salvaje.

Ya es casi un lugar común aquella verdad de que “el hombre es un lobo para el hombre” o nuestro comportamiento salvaje para con los demás –con la coletilla de “más si cabe en un momento como este”–, pero de lo que deja constancia este libro es de que si el hombre es un animal en compañía, en soledad es un animal que se sabe herido y se va haciendo cada vez más resentido con aquellos que él considera que lo abandonaron, literal o metafóricamente.

Ni siquiera el rico lenguaje de un libro lleno de belleza –desde la propia lluvia amarilla del título– puede salvar al personaje. Esa belleza característica que impregna cada rincón es una herramienta más para profundizar en la soledad y llevar al lector por el camino de un personaje que sabe que nunca más estará acompañado, aunque es cierto que los personajes que habitan el texto hacía mucho tiempo que estaban solos, aunque no fuera físicamente.

La lluvia amarilla es la narración del final de una persona, pero también de un pueblo, de una estirpe y de un modo de vida, algo a lo que no debemos acostumbrarnos, aunque haya habido muchos otros finales antes y los sigamos viendo cada día.

  • Ficha:
    La lluvia amarilla, de Julio Llamazares. Editorial Booket, edición de bolsillo del año 2006 en su reedición del 2013. Fecha de publicación: 1988.
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