Regreso al pasado

Un pensamiento desde Itálica: Columnas romanas, gloria y decadencia

Columnas de Itálica III / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Columnas de Itálica III / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Hacía tiempo que quería volver, tenía a la persona adecuada para acompañarme –alguien que nunca había estado allí y quería ir–, sin embargo, el clima no acompañaba. El invierno había sido más lluvioso que de costumbre –aunque hablar ahora de costumbres en lo referente al clima es casi una tontería–  y la primavera que no terminaba de romper, sólo había traído lluvias, parecía anunciar un cambio de planes hasta el mismo día en que me planté ante las puertas de aquel lugar.

A Itálica, una de esas partes del mundo que transita entre el pasado glorioso y el presente, el último invierno le ha dado rostro de jardín exuberante: verde en las laderas entre las que habita y florecillas silvestres acumuladas en los costados de los caminos. La humedad densa entre los pasillos del anfiteatro que un día pisaron ajusticiados y espectadores es sólo la primera de las estancias a visitar.

Enseguida descubres al viento doblando a placer el trigo salvaje y las ramas jóvenes de los olivos viejos. Hoy es brisa fresca lo que araña los restos de las calzadas romanas y los mosaicos que sólo revelan el paso del tiempo por algunas muescas, además de la falta de brillo provocada por el diario castigo que infringen el sol y ocasionalmente la lluvia.

No es difícil encontrar datos sobre este yacimiento. Sus orígenes se remontan al 206 a. de C., alcanzando su mayor esplendor en la época del emperador Trajano –nació aquí en el año 53 d. de C.– y con su sucesor Adriano: baste decir que fue abandonada en el siglo XII y que falta más por conocer de la ciudad que lo que conocemos en la actualidad –algo común en los yacimientos de este tipo. La antigua villa romana se levanta en un cerro desde donde se divisa la depresión del Guadalquivir, un conjunto de terrazas que permite contemplar Sevilla y todo el Aljarafe.

Paisaje en Itálica I / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Paisaje en Itálica I / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Caminar por la historia
Usar un par de horas de tu vida paseando por lo que un día fue parte de la gloria de un imperio y hoy es mera ruina, como máximo se le puede conceder el título de testigo de la historia –algo que nunca ha valido de mucho–, al menos deja un recuerdo. Aunque a poco que el viajero en cuestión se pare a reflexionar unos minutos puede resultar una experiencia perturbadora.

Paisaje de Itálica II / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Paisaje de Itálica II / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Quedan restos de pavimento, mosaicos completos, casas, bosquejos de palacios enteros y arcos construidos que dejan memoria eterna de un triunfo temporal. Sin embargo, nada deja tan patentes la gloria y la decadencia como esas columnas solitarias que no se hicieron más que para soportar un edificio. Pasó el tiempo y el pavimento ya no es uniforme, el techo no existe, las estancias son un mero resalto en el suelo que invita a imaginar y las puertas hace siglos que desaparecieron.

Es cierto que hay columnas construidas ex professo para conmemorar una gesta, el propio  Trajano erigió una en Roma para conmemorar la victoria sobre los dacios –pueblo de la actual Rumania–, pero no es de esas de las que hablo. Me refiero a unas que a veces ni son altas ni espléndidas, pero erguidas ante el mundo se convierten en memoria y marca atemporal.

Columnas de Itálica II / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Columnas de Itálica II / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Son fáciles de encontrar en Itálica. Repentinamente o divisada desde la lejanía surge una columna que combate los elementos, que vio la gloria y con silencio de piedra relata el pasado. Quizá es lo que queda de lo espléndido, eso y el resto de un murete, pero nos ayuda a entender y a reconocer lo que fuimos y lo que seremos. Lo leí hace no mucho en un poema de José Manuel Mora Fandos: “Es tarde ya / junto a los templos de Torre Argentina […] Aquí hubo un teatro, / y un rumor sacro de túnicas, aras, / y nadie escucha ya las voces ni los ecos…”. Eso es exactamente lo que encuentro al ver, ni siquiera necesito contemplar, las antiguas columnas.

En Mérida, en Baelo Claudio, también en Siracusa, Damasco o en la propia Roma. Sirven para imaginar lo que soportaron, a quien dieron cobijo. En ocasiones están expuestas, intocables como piezas de museo, pero también hay veces que puedes caminar entre ellas y tocarlas. Quizá surjan al girar una esquina superando la altura de la calle que hoy caminas, aunque partan desde varios metros más abajo, justo donde hace siglos debió de estar el suelo que otros anduvieron mucho antes que tú.

  • Aquí puedes leer el poema completo de José Manuel Mora Fandos (@Morafandos).
    La canción ¿Muerte dónde vas? de Ennio Morricone me transmite mucho del espíritu de Itálica y de todo lo que intento expresar en esta entrada, puedes escucharla pulsando sobre el icono que aparece abajo.

 

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Estrofa, puente y estribillo

Lapido, dueño de la letra y la música

José Ignacio Lapido en el estudio de grabación / Joni D.

José Ignacio Lapido en el estudio de grabación / Joni D.

Como aquel personaje que protagoniza uno de los relatos de A sangre y fuego: héroes, bestias y mártires de España de Chaves Nogales, hace tiempo que no hay nadie en este país que defienda la causa de Lapido, pero a diferencia de aquel, este no renuncia a luchar por ella.

Sin más ceremonias que algunos aplausos sale al escenario, agarra la guitarra y dispara una andanada mortal en compañía de esa guardia pretoriana que es su banda; hablo de gente dispuesta a jugárselo todo a una sola carta: la música de verdad. Poco a poco, tenemos toda la noche por delante, órgano y guitarra eléctrica van trenzándose para modelar un prado donde No queda nadie en la ciudad se tumba al sol. La entrada pagada ya merecía la pena con una sola canción.

Algunos intérpretes llaman acústico a lo que realmente se llama formato ahorro, reconstruyen un repertorio para intentar sortear la crisis que como mucho logra provocar curiosidad cuando no risa, no es este el caso de estos tipos. Aunque resulte rara –por poco habitual– la imagen de Lapido sin la Gibson SG, estos músicos han sabido confeccionar un traje nuevo a cada canción ofreciendo con ello un buen manojo de matices diferentes a los ya conocidos en forma e invitando a husmear en el fondo de los temas. Todo encaja, aunque se eche de menos el bajo de Paco Solana.

Guitarras eléctricas puntiagudas y bien afiladas, órganos sólidos y confortables como una habitación acolchada, percusiones que lo mismo marcan el tempo que cincelan la nueva silueta de una canción que parece hecha así desde sus más profundas raíces. Con estos ingredientes, Ladridos del perro mágico se proyecta hacia otra galaxia donde los músicos parecen disfrutar con unos instrumentos que son juguetes entre sus manos, aunque la música sea uno de los asuntos más serios del mundo. Ni mejor ni peor, un lugar distinto al que ir a disfrutar, un sabor diferente que emociona y golpea desde el mismo momento en que el “slide” se resbala por el mástil de la guitarra de Víctor Sánchez.

Algunas canciones se registraron en un formato parecido a este y eso las hace más reconocibles desde el primer momento, otras se interpretaron de forma muy diferente, pero todas van encajando en un repertorio excelso, sin una maldita fisura. Asusta bucear en los discos de José Ignacio Lapido y pensar en la dureza del control de calidad que se impone a sí mismo, tanto en la letra como en la música y el sonido a la hora de grabar. Es ese espíritu el que lleva al directo con una banda rodada, engrasada y en una forma envidiable. Ya sea con sonidos con ciertas gotas de experimentación con los que los cuatro músicos van tejiendo una alfombra empezando cada uno por una esquina hasta llegar a dar forma a Antes de morir de pena o tocando el pop más exquisito y refinado de La hora de los lamentos, todo suena a verdad.

Lapido en el estudio de grabación / Joni D.

Lapido en el estudio de grabación / Joni D.

Sin concesiones a la nostalgia, hubo tiempo para hacer “arqueología músical”, como lo llamó Lapido, con alguna que otra canción de 091 y aunque el público se entregó, se hubiera agradecido que los piropos que el público le lanzaba al granadino y a su música se hubieran visto reflejados en más silencio y menos conversaciones cruzadas en mitad de las canciones. Cualquier sitio donde Lapido toca se torna un templo y no te puedes comportar de cualquier forma mientras las canciones se hacen carne ante ti.

Detalles y un final
El primer bis, fueron tres en total,  Lapido lo comenzó con una peculiar interpretación a voz y guitarra –dejó por un momento la Gibson para agarrar una Alhambra– de Sigue estando dios de nuestro lado, una canción que “data del siglo XX”, aunque desgraciadamente parece recién escrita.

Los coros siempre juegan un papel importante en las grabaciones y directos de José Ignacio Lapido, este concierto no fue una excepción. Popi González tuvo tiempo de demostrar sobradamente lo buen cantante que es, además de batería, especialmente en una sublime interpretación en Cuando el ángel decida volver. Llegando a todas partes, Raúl Bernal puso la misma entrega en adornar canciones que en crear juegos de sombras o atmósferas densas con el órgano, llegando a una relación casi simbiótica con el característico sonido que el inquieto Víctor Sánchez sacó de una Danelectro de doce cuerdas mientras la hacía pasar por unos efectos además de por sus propios dedos, así elevaron a una nueva dimensión Nubes con forma de pistola, una canción ya de por sí gigante.

Y con el tercer regreso al escenario, Lapido se largó en compañía de su banda tras cerrar el concierto con La torre de la Vela, mientras los allí congregados nos quedamos agarrando una melodía entre los colmillos y yo pensaba en lo que iba a hacer hasta la próxima vez.

  •  Ficha:
    Concierto acústico de José Ignacio Lapido en la sala Malandar de Sevilla. 8 de abril de 2014, I aniversario de la publicación de Formas de matar el tiempo. José Ignacio Lapido: guitarra acústica y voz; Popi González: percusiones y coros; Raúl Bernal: piano y órgano; Víctor Sánchez: guitarra eléctrica de 6 y 12 cuerdas y coros.

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Estrofa, puente y estribillo

Duncan Dhu, canciones a pesar de todo

Ni empezar casi media hora tarde ni que hubiera gente entrando en el auditorio con la tercer canción empezada ni el constante murmullo de un público que dedicaba más atención a sus intentos por resultar ingeniosos que a lo que tenía en el escenario ni siquiera un Mikel Erentxun que parecía un adolescente con pretensiones de llamar la atención restó brillo a esta banda de artesanos acompañados de un sonido estupendo.

No todos los regresos son buenos y siempre hay formas y formas de revivir el pasado, sin embargo, el regreso de Duncan Dhu es de los buenos. Cada canción del pasado gana en detalle y belleza a las grabaciones y todas remiten a un tiempo y un lugar: Duncan Dhu año 2014.

Siempre ha habido algo en las producciones de los discos de Duncan Dhu que me hacía pensar que las canciones eran mejores que lo que estaba grabado, algo que no me pasa con casi ningún disco de Diego Vasallo. Quizá esa opinión tenga que ver con los pecados de las producciones musicales de los 80 y los 90, pero nada de esto ocurrió el viernes pasado. Incluso cuando la banda se ciñe al pop más tradicional y sencillo hay alguna guitarra sucia o un Hammond dispuestos a darle personalidad y empaque al sonido. Todo estaba en su sitio desde el primer momento, detalles de órgano, pedal steel y lap steel, armónica, baterías “country” y el característico bajo de Diego Vasallo, todo encajaba, todo suena a madera vieja.

Diego Vasallo, el tipo que enseñó a envejecer al tiempo
Cuando Vasallo toma la iniciativa se hace dueño de todo, es mercurio líquido, plomo fundido; Vasallo es sonido negro, un trozo de bronce cincelado que con su sola presencia lo cambia todo. Cuando abandona el bajo, ya sea en busca de su propia voz o agarrándose a ese cetro que es su armónica desvencijada, la música parece dictada por las pulsaciones de un corazón  oxidado que se niega a dejar de latir mientras lo inunda todo.

El resto es más historia que otra cosa: himnos, canciones que hablan de leyendas, fragmentos de Crepúsculo que se hacen escasos, un duelo al tiempo que aunque esté perdido merece la pena pelearse, una banda de verdad sonando a verdad y una noche lluviosa en compañía de una chica. Pedir más sería mezquino.

  • Ficha:
    Concierto de Duncan Dhu en el auditorio del Palacio de Congresos de Sevilla; viernes 28 de marzo con algo más de 2/3 de entrada. Diego Vasallo: bajo, armónica y voz; Mikel Erentxun: voz y guitarra acústica; Fernando Macaya: guitarra acústica, guitarra eléctrica y pedal steel; Karlos Arancegui: batería y percusiones; Joseba Irazoki: banjo, guitarra acústica, eléctrica y lap steel; Mikel Azpiroz: piano, órgano, teclados y guitarra eléctrica.
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