Sobrevivir a los domingos

Roma y mucho más en la perfección de un soneto

No es la primera vez que Roma aparece aquí y no será la última. Lo merece casi todo y muchos lo saben, casi todos. Quevedo lo sabía y sus ojos lo vieron en más de una ocasión, por eso encontró en Roma mucho más que la propia ciudad, y eso que Roma es en sí misma más que muchas ciudades juntas.

Este domingo resuena aquí Roma según Francisco de Quevedo, pero también mucho más que Roma. Pero eso es cuestión de que cada uno llegue hasta donde pueda llegar.

Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!

Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!,
y en Roma misma a Roma no la hallas:
cadáver son las que ostentó murallas,
y tumba de sí propio el Aventino.


Yace, donde reinaba el Palatino;
y limadas del tiempo las medallas,
más se muestran destrozo a las batallas
de las edades, que blasón latino.

Sólo el Tíber quedó, cuya corriente,
si ciudad la regó, ya sepoltura
la llora con funesto son doliente.

¡Oh Roma!, en tu grandeza, en tu hermosura
huyó lo que era firme, y solamente
lo fugitivo permanece y dura.

                                                      Francisco de Quevedo              

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Abandonando autopistas

Lugares para morir en primavera: BAELO CLAUDIA

Trajano vigilando el Atlántico desde la Basílica de Baelo Claudia

Trajano vigilando el Atlántico desde la Basílica de Baelo Claudia

Ahora que el otoño está instalado en el lugar donde escribo, me atrevo a dejar una última recomendación, al menos por lo que queda de 2014, de lugares para morir en primavera. Quien tenga recursos y habilidades suficientes podría llegar hasta allí en barco y caminando un poco desde la orilla. Seguro que también se podrá llegar en helicóptero o andando, pero lo más común es llegar en coche: basta con coger la carretera nacional N-340 y en algún lugar indeterminado entre Valdevaqueros y el desvío hacia Facinas encontrarás la carretera comarcal CA-8202, es suficiente con seguirla hasta el final y bajarse del coche, perderse es difícil, pero también puede merecer la pena.

En cuanto se entra en la carretera comarcal, en uno de los márgenes, se encuentra un cartel con el horario de visitas a las ruinas romanas de Baelo Claudia, un destino para el último viaje o para cualquier otro. Resulta paradójico que un lugar abandonado durante un milenio –se dice fácilmente– tenga hoy un centro de visitantes y caminos acotados. Sin embargo, hoy no he venido a hablar de paradojas, vengo a hablar de Belleza.

Historia viva
Fundada en el siglo II a. de C. sobre un asentamiento fenicio, vivió grandes días desde el siglo I a. de C. hasta el II d. de C., pero entonces todo empezó a cambiar, como le pasará a cualquier viajero que se deje seducir por aquel lugar, incluso con sólo verla en la lejanía, ya sea desde la playa, dese el Atlántico abrazado por la ensenada de Bolonia o por las revueltas de la carretera hasta allí.

Un gran movimiento sísmico a mediados del siglo II que provocó un maremoto arrasó parte de la ciudad, esto, unido a la crisis del siglo III y al inicio de ataques piratas de mauritanos y hordas germanas durante ese siglo marcan el inicio de la decadencia –aquí sabemos mucho de eso– hasta el total abandono de la ciudad en el siglo VII.

 Vista panorámica de la ensenada de Bolonia

Vista panorámica de la ensenada de Bolonia

Es probable que tuviera cierta importancia como centro administrativo –todavía se está escavando la zona y se suceden los descubrimientos que lo demuestran–, pero lo que es seguro es que la pesca, la producción de salazones, especialmente atún –todavía se practica en la zona– y el garum fueron las principales fuentes de riqueza del lugar. Gracias a lo que escribió Estrabón pasaría a la historia como “…un puerto donde generalmente se embarca hasta Tingis [antiguo nombre de Tánger], en Mauritania [nada que ver con la Mauritania actual]. También es un emporio que tiene fábricas de salazones…”.

El enclave acostumbra a estar barrido por un viento ideal para navegar y las colinas que rodean los restos de la ciudad mezclan variaciones del verde al gris acompañados por el blanco anaranjado de las dunas, hijas de las que sepultaron la ciudad hasta que entre 1700 y 1900 algunos eruditos dieron alguna noticia sobre ella y a principios del siglo XX el arqueólogo francés Pierre París empezase a escavar en la zona. Aún así, hasta 1966 no se acaba de ser consciente de la magnitud del descubrimiento: uno de los yacimientos romanos más ortodoxos y completos de la península ibérica –foro, teatro, templo, basílica, tres acueductos, murallas, cuatro puertas (entre ellas la de Gades), baños, industrias…

Ruinas de Baelo Claudia con el Átlántico al fondo

Ruinas de Baelo Claudia con el Átlántico al fondo

Por qué morir allí en primavera
Cuando llegas, tras haberlo visto aparecer entre los recodos de la carretera o más allá de la playa, piensas que estás contemplando un trozo de la historia. En realidad es la historia quien te contempla: impertérrita, ajena a tu presencia, sin importarle; realmente le da igual. Es el visitante quien se perturba ante aquella vista. Basta con pensar un momento en los avatares vividos y sufridos: fundada hace más de 22 siglos, vivió un gran esplendor, pero también la llegada de piratas, sobrevivió a un maremoto, fue abandonada, sepultada por las dunas y rescatada para nosotros.

No hace falta un centro de interpretación, maquetas ni referencias bibliográficas eruditas para imaginar todo lo que allí ocurrió. Sencillamente llegas y ocurre: el adelanto tecnológico que representa el motor del coche que te llevó hasta allí o el teléfono que hace fotos tienen la misma importancia que tú ante aquel monumento: ninguna. Otros fueron más importantes allí, sin embargo, para ti es mero espectáculo, reminiscencias, recuerdos, a lo sumo admiración y respeto.

Sólo puede salvarte la posibilidad de reconocerte afín a aquellos que la construyeron y la habitaron, aunque ciertamente os separa un abismo. Fueron ellos los que la vivieron, la habitaron, lucharon, murieron allí o la vieron aparecer desde el mar cuando aquello era un destino tras una travesía inimaginable con un mar descortés –el mejor de los días–. Sólo aquellos que la descubrieron y le quitaron el polvo pudieron experimentar alguna sensación similar que sus propios habitantes o los que la conquistaron, la sometieron y la vieron aparecer al final de la travesía. Tú sólo eres alguien impresionado –quizá también impresionable– por lo que lleva allí más de 2 milenios.

Lo cierto es que Baelo Claudia es imprescindible. Cualquier dios mayor del Olimpo romano daría su poder no por ser adorado allí –ya fue adorada la Triada Capitolina y la deidad egipcia Isis (muy adorada en la Península Ibérica)–, sino por vivir allí. Con dunas blancas rodeándola, desde una elevación suficiente como para saber por dónde vendrán las tormentas y con el camino abierto hasta la playa. Cuesta creer las razones para que un día aquellos templos dejaran paso al abandono, cuesta irse sabiendo que no podrás vivir allí, que como mucho, cual víctima en un péplum, podrás dejarte caer por lo que queda del empedrado romano haciéndote pasar por un triste patricio que ya nunca volverá a conocer la juventud y cuya bolsa va en franca decadencia.

Ante la mirada del emperador Trajano, al menos queda la posibilidad de divisar el mar desde allí, disfrutar de un privilegio impagable e imaginar las sensaciones que provocaría ver venir las tormentas, los ataques y las naves a puerto con noticias lejanas o recordar al navegante que se encomienda al mar mientras piensa en lo que quedaba por descubrir una vez ya traspasadas las Columnas de Heracles.

Porque realmente es eso lo que es Baelo Claudia, un lugar más allá de las columnas de Heracles. Quizás un lugar para morir en primavera.

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Abandonando autopistas

Lugares para morir en primavera: ROMA

Ángel romano / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Ángel romano / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Roma permanece en el mapa esperando a quien quiera visitarla, y no sólo por petrea. Está ahí para aquellos dispuestos a descubrirla: desnuda en verano, abrigada en invierno o esperando a ser desvestida en primavera.

Otros escribieron antes que yo de su pasado –lo tiene todo–, de su presente –lo es todo– y de lo que cada uno ve al traspasar sus puertas. Hay quien descubre un lugar, un sitio o quizás el mismo lugar y el mismo sitio, sin embargo es el descubrimiento de cada uno.

Todo el mundo lleva cierta prisa dentro cuando pisa esta ciudad. Unos porque en Roma se vive corriendo, otros porque mañana la habremos abandonado y queremos vivirla al máximo antes de que las estancias se llenen de otros dispuestos a embriagarse, porque eso es lo único que se puede hacer con Roma: embriagarse, quedar preso.

Después sólo puedes esperar a la próxima vez, aspirar a que esa no haya sido la última, porque siempre vendrá alguien después, nunca serás el último viajero en ella. Quizá, como mucho, se puede aspirar a morir allí en mitad de la primavera.

Fragmento romano - Jesús Cabrera

Fragmento romano – Jesús Cabrera

Roma son las piernas de una mujer morena con poco más que un vestido de corte desigual que un día trazó un diseñador desconocido para que alguien lo luciera paseando alrededor del Arco de Tito. Nunca volverás a verla y si la volvieras a ver no la sabrías identificar. No te lamentas por ello, no lo lamentaste nunca porque únicamente perteneció a ese instante; no existió antes ni tendrá una existencia después. Ni siquiera la seguiste con los ojos. Sólo estuvo allí, como venida del pasado caminando entre las ruinas.

El cielo de Roma desde el Coliseo / Jesús Cabrera

El cielo de Roma desde el Coliseo / Jesús Cabrera

Un trazado singular para que todo encaje en su sitio
Roma es un lugar para encontrarse donde Quevedo no se encontraba a sí mismo, pero donde cualquiera puede sentirse en su lugar. El bullicio local entre charcuteros mostrando su género; un lugar rebosante de una vida única, vieja y estropeada, pero siempre inquieta; un manojo inabarcable de sabores que la definen, aunque vengan del sur o del norte. No necesitarás ir a Ostia, donde tantas tropas acamparon, ni llegar más allá de las murallas, todo está exactamente en su sitio. Siempre, y en cualquier lugar.

La ciudad, con un origen en el que se mezclan historia y leyenda, existió antes que nosotros y seguirá existiendo después; un sitio que cada nuevo visitante vive como si fuera el único, como si la descubriera el primero. Sin quererlo llena los sentidos y hasta los grandilocuentes monumentos del fascismo parecen encajar, claro, son un trozo más de lo absurdo del trazado romano de esta, de esa y de cualquier época.

Una de las calles que sólo son posibles en Roma / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Una de las calles que sólo son posibles en Roma / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Lo escribió Enric González en sus Historias de Roma: durante su estancia en la capital italiana vivió en una casa absurda, casi imposible de habitar por las condiciones del inmueble y por la distribución en varias plantas sin ningún sentido. Vivió en muchos otros lugares, en esta y en otras ciudades, casas más cómodas, sin embargo, ninguna otra casa le gustó tanto como aquella: eso es Roma.

Tópicos hechos verdad, verdades hechas tópicos
Llena de tópicos que apenas tienen importancia, imágenes mil veces reproducidas que nunca cansan. Roma siempre presta –nunca regala– un lugar para el recuerdo y un puñado de fotografías irrepetibles: el barroco de un puente que cruza el Tíber o el helado más breve del mundo mientras eres testigo del cambio de piel de Campo di Fiori a la misma velocidad que el sol se va despidiendo de la ciudad hasta el día siguiente.

Familias completas, solitarios y buscavidas, sudamericanos con traje de chaqueta de terciopelo, fumadores en pipa, artistas, buscadores de boato en decadencia e incluso puteros de postín encuentran una razón para visitar Roma, incluso para vivir allí.

Ángel romano II / Jesús Cabrera

Ángel romano II / Jesús Cabrera

Como una navaja acostumbrada a hacer su trabajo, fina la hoja por el uso y la costumbre de mantenerse afilada, Roma sabrá encontrarte en una calle estrecha, entre ruinas o en un edificio desvencijado que se sostiene por otros en condiciones similares o incluso peores; entre calles estrechas de trazo desigual pero que encuentran la armonía, incluso una simetría secreta sin parangón, tan incomprensible como real.

Roma te descubre mirando un escaparate pensando en aquella mujer que te abandonó por tu culpa y a la que jamás volverás a tener entre tus brazos, mientras ni siquiera piensas en aquella otra de la que te despediste antes de partir hacia allí y que te estará esperando a tu regreso. Realmente la que importa es aquella a la que jamás volverás a tener entre tus brazos.

Roma es visitarla con aquella mujer a la que pensaste que jamás volverías a tener entre tus brazos, aunque no sea para morir allí en primavera, aunque sólo sea para echarla de menos una vez más.

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Regreso al pasado

Un pensamiento desde Itálica: Columnas romanas, gloria y decadencia

Columnas de Itálica III / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Columnas de Itálica III / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Hacía tiempo que quería volver, tenía a la persona adecuada para acompañarme –alguien que nunca había estado allí y quería ir–, sin embargo, el clima no acompañaba. El invierno había sido más lluvioso que de costumbre –aunque hablar ahora de costumbres en lo referente al clima es casi una tontería–  y la primavera que no terminaba de romper, sólo había traído lluvias, parecía anunciar un cambio de planes hasta el mismo día en que me planté ante las puertas de aquel lugar.

A Itálica, una de esas partes del mundo que transita entre el pasado glorioso y el presente, el último invierno le ha dado rostro de jardín exuberante: verde en las laderas entre las que habita y florecillas silvestres acumuladas en los costados de los caminos. La humedad densa entre los pasillos del anfiteatro que un día pisaron ajusticiados y espectadores es sólo la primera de las estancias a visitar.

Enseguida descubres al viento doblando a placer el trigo salvaje y las ramas jóvenes de los olivos viejos. Hoy es brisa fresca lo que araña los restos de las calzadas romanas y los mosaicos que sólo revelan el paso del tiempo por algunas muescas, además de la falta de brillo provocada por el diario castigo que infringen el sol y ocasionalmente la lluvia.

No es difícil encontrar datos sobre este yacimiento. Sus orígenes se remontan al 206 a. de C., alcanzando su mayor esplendor en la época del emperador Trajano –nació aquí en el año 53 d. de C.– y con su sucesor Adriano: baste decir que fue abandonada en el siglo XII y que falta más por conocer de la ciudad que lo que conocemos en la actualidad –algo común en los yacimientos de este tipo. La antigua villa romana se levanta en un cerro desde donde se divisa la depresión del Guadalquivir, un conjunto de terrazas que permite contemplar Sevilla y todo el Aljarafe.

Paisaje en Itálica I / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Paisaje en Itálica I / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Caminar por la historia
Usar un par de horas de tu vida paseando por lo que un día fue parte de la gloria de un imperio y hoy es mera ruina, como máximo se le puede conceder el título de testigo de la historia –algo que nunca ha valido de mucho–, al menos deja un recuerdo. Aunque a poco que el viajero en cuestión se pare a reflexionar unos minutos puede resultar una experiencia perturbadora.

Paisaje de Itálica II / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Paisaje de Itálica II / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Quedan restos de pavimento, mosaicos completos, casas, bosquejos de palacios enteros y arcos construidos que dejan memoria eterna de un triunfo temporal. Sin embargo, nada deja tan patentes la gloria y la decadencia como esas columnas solitarias que no se hicieron más que para soportar un edificio. Pasó el tiempo y el pavimento ya no es uniforme, el techo no existe, las estancias son un mero resalto en el suelo que invita a imaginar y las puertas hace siglos que desaparecieron.

Es cierto que hay columnas construidas ex professo para conmemorar una gesta, el propio  Trajano erigió una en Roma para conmemorar la victoria sobre los dacios –pueblo de la actual Rumania–, pero no es de esas de las que hablo. Me refiero a unas que a veces ni son altas ni espléndidas, pero erguidas ante el mundo se convierten en memoria y marca atemporal.

Columnas de Itálica II / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Columnas de Itálica II / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Son fáciles de encontrar en Itálica. Repentinamente o divisada desde la lejanía surge una columna que combate los elementos, que vio la gloria y con silencio de piedra relata el pasado. Quizá es lo que queda de lo espléndido, eso y el resto de un murete, pero nos ayuda a entender y a reconocer lo que fuimos y lo que seremos. Lo leí hace no mucho en un poema de José Manuel Mora Fandos: “Es tarde ya / junto a los templos de Torre Argentina […] Aquí hubo un teatro, / y un rumor sacro de túnicas, aras, / y nadie escucha ya las voces ni los ecos…”. Eso es exactamente lo que encuentro al ver, ni siquiera necesito contemplar, las antiguas columnas.

En Mérida, en Baelo Claudio, también en Siracusa, Damasco o en la propia Roma. Sirven para imaginar lo que soportaron, a quien dieron cobijo. En ocasiones están expuestas, intocables como piezas de museo, pero también hay veces que puedes caminar entre ellas y tocarlas. Quizá surjan al girar una esquina superando la altura de la calle que hoy caminas, aunque partan desde varios metros más abajo, justo donde hace siglos debió de estar el suelo que otros anduvieron mucho antes que tú.

  • Aquí puedes leer el poema completo de José Manuel Mora Fandos (@Morafandos).
    La canción ¿Muerte dónde vas? de Ennio Morricone me transmite mucho del espíritu de Itálica y de todo lo que intento expresar en esta entrada, puedes escucharla pulsando sobre el icono que aparece abajo.

 

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