Abandonando autopistas

Lugares para morir en primavera: BAELO CLAUDIA

Trajano vigilando el Atlántico desde la Basílica de Baelo Claudia

Trajano vigilando el Atlántico desde la Basílica de Baelo Claudia

Ahora que el otoño está instalado en el lugar donde escribo, me atrevo a dejar una última recomendación, al menos por lo que queda de 2014, de lugares para morir en primavera. Quien tenga recursos y habilidades suficientes podría llegar hasta allí en barco y caminando un poco desde la orilla. Seguro que también se podrá llegar en helicóptero o andando, pero lo más común es llegar en coche: basta con coger la carretera nacional N-340 y en algún lugar indeterminado entre Valdevaqueros y el desvío hacia Facinas encontrarás la carretera comarcal CA-8202, es suficiente con seguirla hasta el final y bajarse del coche, perderse es difícil, pero también puede merecer la pena.

En cuanto se entra en la carretera comarcal, en uno de los márgenes, se encuentra un cartel con el horario de visitas a las ruinas romanas de Baelo Claudia, un destino para el último viaje o para cualquier otro. Resulta paradójico que un lugar abandonado durante un milenio –se dice fácilmente– tenga hoy un centro de visitantes y caminos acotados. Sin embargo, hoy no he venido a hablar de paradojas, vengo a hablar de Belleza.

Historia viva
Fundada en el siglo II a. de C. sobre un asentamiento fenicio, vivió grandes días desde el siglo I a. de C. hasta el II d. de C., pero entonces todo empezó a cambiar, como le pasará a cualquier viajero que se deje seducir por aquel lugar, incluso con sólo verla en la lejanía, ya sea desde la playa, dese el Atlántico abrazado por la ensenada de Bolonia o por las revueltas de la carretera hasta allí.

Un gran movimiento sísmico a mediados del siglo II que provocó un maremoto arrasó parte de la ciudad, esto, unido a la crisis del siglo III y al inicio de ataques piratas de mauritanos y hordas germanas durante ese siglo marcan el inicio de la decadencia –aquí sabemos mucho de eso– hasta el total abandono de la ciudad en el siglo VII.

 Vista panorámica de la ensenada de Bolonia

Vista panorámica de la ensenada de Bolonia

Es probable que tuviera cierta importancia como centro administrativo –todavía se está escavando la zona y se suceden los descubrimientos que lo demuestran–, pero lo que es seguro es que la pesca, la producción de salazones, especialmente atún –todavía se practica en la zona– y el garum fueron las principales fuentes de riqueza del lugar. Gracias a lo que escribió Estrabón pasaría a la historia como “…un puerto donde generalmente se embarca hasta Tingis [antiguo nombre de Tánger], en Mauritania [nada que ver con la Mauritania actual]. También es un emporio que tiene fábricas de salazones…”.

El enclave acostumbra a estar barrido por un viento ideal para navegar y las colinas que rodean los restos de la ciudad mezclan variaciones del verde al gris acompañados por el blanco anaranjado de las dunas, hijas de las que sepultaron la ciudad hasta que entre 1700 y 1900 algunos eruditos dieron alguna noticia sobre ella y a principios del siglo XX el arqueólogo francés Pierre París empezase a escavar en la zona. Aún así, hasta 1966 no se acaba de ser consciente de la magnitud del descubrimiento: uno de los yacimientos romanos más ortodoxos y completos de la península ibérica –foro, teatro, templo, basílica, tres acueductos, murallas, cuatro puertas (entre ellas la de Gades), baños, industrias…

Ruinas de Baelo Claudia con el Átlántico al fondo

Ruinas de Baelo Claudia con el Átlántico al fondo

Por qué morir allí en primavera
Cuando llegas, tras haberlo visto aparecer entre los recodos de la carretera o más allá de la playa, piensas que estás contemplando un trozo de la historia. En realidad es la historia quien te contempla: impertérrita, ajena a tu presencia, sin importarle; realmente le da igual. Es el visitante quien se perturba ante aquella vista. Basta con pensar un momento en los avatares vividos y sufridos: fundada hace más de 22 siglos, vivió un gran esplendor, pero también la llegada de piratas, sobrevivió a un maremoto, fue abandonada, sepultada por las dunas y rescatada para nosotros.

No hace falta un centro de interpretación, maquetas ni referencias bibliográficas eruditas para imaginar todo lo que allí ocurrió. Sencillamente llegas y ocurre: el adelanto tecnológico que representa el motor del coche que te llevó hasta allí o el teléfono que hace fotos tienen la misma importancia que tú ante aquel monumento: ninguna. Otros fueron más importantes allí, sin embargo, para ti es mero espectáculo, reminiscencias, recuerdos, a lo sumo admiración y respeto.

Sólo puede salvarte la posibilidad de reconocerte afín a aquellos que la construyeron y la habitaron, aunque ciertamente os separa un abismo. Fueron ellos los que la vivieron, la habitaron, lucharon, murieron allí o la vieron aparecer desde el mar cuando aquello era un destino tras una travesía inimaginable con un mar descortés –el mejor de los días–. Sólo aquellos que la descubrieron y le quitaron el polvo pudieron experimentar alguna sensación similar que sus propios habitantes o los que la conquistaron, la sometieron y la vieron aparecer al final de la travesía. Tú sólo eres alguien impresionado –quizá también impresionable– por lo que lleva allí más de 2 milenios.

Lo cierto es que Baelo Claudia es imprescindible. Cualquier dios mayor del Olimpo romano daría su poder no por ser adorado allí –ya fue adorada la Triada Capitolina y la deidad egipcia Isis (muy adorada en la Península Ibérica)–, sino por vivir allí. Con dunas blancas rodeándola, desde una elevación suficiente como para saber por dónde vendrán las tormentas y con el camino abierto hasta la playa. Cuesta creer las razones para que un día aquellos templos dejaran paso al abandono, cuesta irse sabiendo que no podrás vivir allí, que como mucho, cual víctima en un péplum, podrás dejarte caer por lo que queda del empedrado romano haciéndote pasar por un triste patricio que ya nunca volverá a conocer la juventud y cuya bolsa va en franca decadencia.

Ante la mirada del emperador Trajano, al menos queda la posibilidad de divisar el mar desde allí, disfrutar de un privilegio impagable e imaginar las sensaciones que provocaría ver venir las tormentas, los ataques y las naves a puerto con noticias lejanas o recordar al navegante que se encomienda al mar mientras piensa en lo que quedaba por descubrir una vez ya traspasadas las Columnas de Heracles.

Porque realmente es eso lo que es Baelo Claudia, un lugar más allá de las columnas de Heracles. Quizás un lugar para morir en primavera.

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Lugares para morir en primavera: GRANADA

Calleja que sube hacia el Albaycín / Carmen Crespo

Calleja que sube hacia el Albaycín / Carmen Crespo

Si están leyendo esto es porque han sobrevivido a la última primavera y no consideraron Roma como un lugar para morir. Puede que yo les alabe el gusto y puede que Roma sea un lugar al que regresar y morir un poco cada vez, en lugar de morir de una vez. Pero todavía tengo un par de sugerencias más para quien quiera tenerlas en cuenta. La primera de ella es Granada.

Vigilada por la “fortaleza roja”, bajo el afilado perfil del Veleta y toda Sierra Nevada, llena de viajeros, turistas, visitantes, itinerantes, granadinos y gentes de cualquier lugar y condición –yo los conocí a casi todos–, Granada siempre está dispuesta a dejar una huella indeleble.

Cualquier época del año puede ser buena para morir en Granada, pero en primavera, mientras algunos aún suben a dejarse caer por las últimas pistas abiertas en Sierra Nevada, se toman descaradamente las calles, los visitantes e itinerantes agradecen el temprano cambio de temperatura y los fines de semana empiezan a dejar visitantes en las zona de veraneo puede que sea el mejor de todos los momentos.

Luego será demasiado tarde. Aunque las noches de verano sean frescas y agradables, el sol crujirá sobre el empedrado viejo y los foráneos maldecirán el mismo sol que agradecieron en primavera. Y el otoño… El otoño puede acuchillarte en un callejón y presentarte sin avisar a un invierno que nunca olvidarás, por todo lo bueno vivido y por el viento helado que derrama El Veleta sobre la ciudad.

Artesonado de La Alhambra / Carmen Crespo

Artesonado de La Alhambra / Carmen Crespo

Un despropósito urbanístico casi siempre, un lugar sucio a ratos y una meca según el barrio. Pero también un lugar donde disfrutar de un toque improvisado o transportarse con la visión casi mística de un artesonado nazarí o las sombras de unas celosías. Granada  es una ciudad con multitud de lugares donde lamerse las heridas o incluso disfrutar de ellas.

Artesonado de La Alhambra II

Artesonado de La Alhambra II

Después de haber vivido en Granada
Las ciudades donde has vivido siempre te invitan a regresar –lo que no significa hacerlo–, sin embargo, Granada no dejará de invitarte a vivir de nuevo allí. Ser abandonado en Granada, volver a enamorarte o sencillamente saber que seguías vivo es diferente a experimentarlo en otro lugar. Y puestos a tener que pasar por algunos de los peores y mejores tragos de tu vida, mejor que eso ocurra en Granada, donde siempre encontrarás un lugar para brindar o un callejón con pendiente por el que dejar resbalar el dolor mientras piensas si lo recogerás cuando la cuesta termine.

Herencias
Se lo escuché a alguien gritarlo desde la puerta de una panadería, “los granainos os habéis quedado con lo peor de los moros y los judíos”, el desprecio se notaba aunque fuera dicho en tono de broma. Si bien es cierto que tengo un conocido que defiende que lo que ocurrió con la civilización árabe en la Península Ibérica fue una invasión de los bárbaros cristianos, .

Lo cierto es que ni judíos ni árabes se han largado de Granada, aunque hace siglos que fueron expulsados. Algunos todavía la transitan y son muchas las ocasiones en que tú transitas sobre ellos. Restos monumentales, el trazado sinuoso y a veces incomprensible, edificios, nombres y expresiones, la cerámica, la sempiterna Alhambra o artesanos de la música que mantienen el legado que los árabes hicieron florecer hace más de un milenio no paran de recordarte dónde estás.

La Alhambra y Granada / Carmen Crespo

La Alhambra y Granada / Carmen Crespo

Puede que las sugerentes melodías andalusíes no sean más que una reminiscencia, pero lo cierto es que Granada es una de las dos escuelas de guitarreros que hay en España; también es una cuna para cantaores y tocaores; y cualquiera puede observar que el rock tiene profundas raíces en una ciudad con una increíble concentración de bandas y conciertos.

Estribillos y paseos desde el atardecer hasta el centro de la noche
Granada a veces es fría –dicen que a los granadinos les cuesta abrir las puertas de sus casas, pero que cuando te la abren las tendrás abiertas para siempre– y la primavera no es una excepción, pero como en los estribillos de las canciones de Lapido, la ciudad acaba rebelando su verdad y es muy posible que quedes atrapado en ella.

Corren dos ríos partiendo la ciudad y cada uno de ellos te mete y te saca de la ciudad siguiendo la senda, a veces abrupta, que trazan. Pero esos mismos ríos te sitúan y te llevan a de un lugar a otro. A veces son la guía, otras un murmullo y las más una referencia para no perderse más de la cuenta en una ciudad por la que conviene perderse y si no, hará que te dejes llevar. Además, los GPS no servirán en muchos lugares por la ausencia de cobertura entre callejuelas, callejones, callejas y calles con nombres que no olvidarás (Ruedabolas, Damasqueros, Mano de hierro…).

Juan Miguel Carmona trabajando una guitarra

Juan Miguel Carmona trabajando una guitarra

En Granada no es difícil encontrar un coche atronando con inframúsica, pero es mucho más natural que en ningún otro sitio del mundo escuchar como la madera dispuesta a ser guitarra se entrega a la lija en el interior de un taller con olor antiguo. O esa madera ya guitarra y se afina por primera vez. Como en la canción de Lapido, la ciudad tiene mil reencarnaciones iguales y distintas a las vidas pasadas, todas confluyen hoy, aunque nadie las recuerde.

Quizá tengas casa allí o te baste con la de unos amigos, pero lo que ocurra fuera de ellas será siempre mejor que lo que ocurrió dentro. Por eso desearás despedirte de la ciudad tras una noche que fue más que el intervalo entre el final de un día y el comienzo de  otro, tras haber sido testigo de la Granada nocturna y con los restos del vapor de algún alucinógeno en mitad de un parque, echando a la Luna de un puntapié y agarrando al Sol por las solapas para que termine de salir y no se esconda por más tiempo. Porque hay que vivir otro día en Granada.

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Lugares para morir en primavera: ROMA

Ángel romano / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Ángel romano / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Roma permanece en el mapa esperando a quien quiera visitarla, y no sólo por petrea. Está ahí para aquellos dispuestos a descubrirla: desnuda en verano, abrigada en invierno o esperando a ser desvestida en primavera.

Otros escribieron antes que yo de su pasado –lo tiene todo–, de su presente –lo es todo– y de lo que cada uno ve al traspasar sus puertas. Hay quien descubre un lugar, un sitio o quizás el mismo lugar y el mismo sitio, sin embargo es el descubrimiento de cada uno.

Todo el mundo lleva cierta prisa dentro cuando pisa esta ciudad. Unos porque en Roma se vive corriendo, otros porque mañana la habremos abandonado y queremos vivirla al máximo antes de que las estancias se llenen de otros dispuestos a embriagarse, porque eso es lo único que se puede hacer con Roma: embriagarse, quedar preso.

Después sólo puedes esperar a la próxima vez, aspirar a que esa no haya sido la última, porque siempre vendrá alguien después, nunca serás el último viajero en ella. Quizá, como mucho, se puede aspirar a morir allí en mitad de la primavera.

Fragmento romano - Jesús Cabrera

Fragmento romano – Jesús Cabrera

Roma son las piernas de una mujer morena con poco más que un vestido de corte desigual que un día trazó un diseñador desconocido para que alguien lo luciera paseando alrededor del Arco de Tito. Nunca volverás a verla y si la volvieras a ver no la sabrías identificar. No te lamentas por ello, no lo lamentaste nunca porque únicamente perteneció a ese instante; no existió antes ni tendrá una existencia después. Ni siquiera la seguiste con los ojos. Sólo estuvo allí, como venida del pasado caminando entre las ruinas.

El cielo de Roma desde el Coliseo / Jesús Cabrera

El cielo de Roma desde el Coliseo / Jesús Cabrera

Un trazado singular para que todo encaje en su sitio
Roma es un lugar para encontrarse donde Quevedo no se encontraba a sí mismo, pero donde cualquiera puede sentirse en su lugar. El bullicio local entre charcuteros mostrando su género; un lugar rebosante de una vida única, vieja y estropeada, pero siempre inquieta; un manojo inabarcable de sabores que la definen, aunque vengan del sur o del norte. No necesitarás ir a Ostia, donde tantas tropas acamparon, ni llegar más allá de las murallas, todo está exactamente en su sitio. Siempre, y en cualquier lugar.

La ciudad, con un origen en el que se mezclan historia y leyenda, existió antes que nosotros y seguirá existiendo después; un sitio que cada nuevo visitante vive como si fuera el único, como si la descubriera el primero. Sin quererlo llena los sentidos y hasta los grandilocuentes monumentos del fascismo parecen encajar, claro, son un trozo más de lo absurdo del trazado romano de esta, de esa y de cualquier época.

Una de las calles que sólo son posibles en Roma / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Una de las calles que sólo son posibles en Roma / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Lo escribió Enric González en sus Historias de Roma: durante su estancia en la capital italiana vivió en una casa absurda, casi imposible de habitar por las condiciones del inmueble y por la distribución en varias plantas sin ningún sentido. Vivió en muchos otros lugares, en esta y en otras ciudades, casas más cómodas, sin embargo, ninguna otra casa le gustó tanto como aquella: eso es Roma.

Tópicos hechos verdad, verdades hechas tópicos
Llena de tópicos que apenas tienen importancia, imágenes mil veces reproducidas que nunca cansan. Roma siempre presta –nunca regala– un lugar para el recuerdo y un puñado de fotografías irrepetibles: el barroco de un puente que cruza el Tíber o el helado más breve del mundo mientras eres testigo del cambio de piel de Campo di Fiori a la misma velocidad que el sol se va despidiendo de la ciudad hasta el día siguiente.

Familias completas, solitarios y buscavidas, sudamericanos con traje de chaqueta de terciopelo, fumadores en pipa, artistas, buscadores de boato en decadencia e incluso puteros de postín encuentran una razón para visitar Roma, incluso para vivir allí.

Ángel romano II / Jesús Cabrera

Ángel romano II / Jesús Cabrera

Como una navaja acostumbrada a hacer su trabajo, fina la hoja por el uso y la costumbre de mantenerse afilada, Roma sabrá encontrarte en una calle estrecha, entre ruinas o en un edificio desvencijado que se sostiene por otros en condiciones similares o incluso peores; entre calles estrechas de trazo desigual pero que encuentran la armonía, incluso una simetría secreta sin parangón, tan incomprensible como real.

Roma te descubre mirando un escaparate pensando en aquella mujer que te abandonó por tu culpa y a la que jamás volverás a tener entre tus brazos, mientras ni siquiera piensas en aquella otra de la que te despediste antes de partir hacia allí y que te estará esperando a tu regreso. Realmente la que importa es aquella a la que jamás volverás a tener entre tus brazos.

Roma es visitarla con aquella mujer a la que pensaste que jamás volverías a tener entre tus brazos, aunque no sea para morir allí en primavera, aunque sólo sea para echarla de menos una vez más.

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