Estrofa, puente y estribillo

Lichis, artesano y artista

Presentación de 'Modo avión' en Zaragoza / Diego Cabrera

Presentación de ‘Modo avión’ en Zaragoza / Diego Cabrera

Nada más entrar en la sala producía una cierta tristeza encontrarse con una entrada tan floja, pero bastó con la primera canción (Dinero por nada) para que esa tristeza se convirtiera en disfrute. Aún así es imposible no considerar injusto que un músico con el bagaje de Lichis presente en directo un disco tan bien hecho como es Modo Avión (Warner music, 2014) y la sala no esté llena hasta arriba.

Pero esto no es un lamento, de lo que hay que hablar es de cómo las canciones, en un formato desconocido, llenaron la sala gracias al gusto y a la técnica de dos expertos (Lichis se hizo acompañar de Alex Olmedo, un músico polifacético y con mucho talento).

Lichis –que se parece bastante al que siempre estuvo ahí pero mejorado–no se oculta y reconoce que Hotel Lichis era el primer disco que podía haber llevado el sello de Lichis, aunque La Cabra Mecánica aún dio satisfacciones y alegrías a cualquiera que supiera escucharla. De hecho Carne de canción –el disco que vino después de Hotel Lichis y cerró el tiempo de “la cabra”– es bastante más que un ejercicio de nostalgia y despedida.

Pasan las primeras canciones y el público entra en calor, para entonces Enemigos se desborda por la sala y Alex Olmedo con la sola ayuda de una guitarra eléctrica y un amplificador demuestra esa verdad universal de que cuando un músico demuestra lo bien que toca es cuando tiene que tocar sutilmente, para reventar el instrumento contra el suelo vale cualquiera.

Lichis y Alex Olmedo en 'La casa del loco', Zaragoza / Diego Cabrera

Lichis y Alex Olmedo en ‘La casa del loco’, Zaragoza / Diego Cabrera

Las aristas que siempre estuvieron en Lichis pero que muchos no vieron se muestran en directo de la misma forma que en Modo Avión. Es imposible no quedarse petrificado al escuchar como Televisión de madruga suena densa y lisérgica con apenas un par de voces, una guitarra acústica y una eléctrica, una suerte de Via Chicago de los norteamericanos Wilco.

No hay tiempos muertos, Lichis sabe llenar el tiempo que le lleva cambiar de guitarra o afinar con algún chascarrillo, siempre sabiendo diferenciar un concierto en pequeño formato del Club de la Comedia, se le agradece.

En una combinación bien medida, las canciones de Horas de vuelo se entremezclan con algún gran éxito revisado, más bien metamorfoseado –una versión “country and western” de Felicidad–, versiones –Pecados más dulce que un zapato de raso de los geniales Gabinete Caligari y la belleza única de Lo mejor de nuestra de vida, firmada por Antonio Vega–, alguna canción de la última época de La Cabra Mecánica –Carne de canción, Antihéroe (uno de sus versos inspiró el nombre de la sección musical de Exilios Autoimpuestos), Gracias por nada y Valientes, composiciones que podrían encajar en este disco que anda presentando–, Pobrecito corazón (que escribió para Chivo Chivato) y un fragmento recitado del Peperina de Seru Giran, grupo que lideró el argentino Charly García.

Tras una breve parada, Lichis regala un par de canciones a un público deseoso de más, algo que el músico promete para después del verano en una gira con banda completa mientras dedica Valientes (la última canción del concierto) a los padres divorciados que luchan por la custodia compartida.

Le estaremos esperando, porque a pesar de no ser un concierto corto, supo a poco, como pasa siempre con la música de verdad.

Ficha:
20 de febrero de 2015, concierto de Lichis (presentación de Modo Avión) en la sala La casa del loco (Zaragoza). Lichis: guitarra acústica y voz; Alex Olmedo guitarra eléctrica y coros.

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Estrofa, puente y estribillo

La toma de Madrid según Jambalaya

Jambalaya en Costello Club (Madrid) / Alberto Bustamante

Jambalaya en Costello Club (Madrid) / Alberto Bustamante

No se escondieron y lo dejaron claro en un video (medio en serio y medio en broma) camino de la “villa y corte”: una guitarra eléctrica rota durante la semana previa al concierto, un bajo roto de camino al concierto y un cantante con tantas ganas de derramar chorro de voz como en disposición de regalar mocos a la audiencia. Resumiendo: un parte de guerra infame, pero aun así no renunciaban a la batalla.

Decía Lichis que “nada vuelve a ser lo mismo después de una gira por provincia”, y después de tocar en la capital nada volverá a ser igual para Jambalya.

La musculosa sección rítmica de Jambalaya / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

La musculosa sección rítmica de Jambalaya / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Al público en general había que añadir amigos y conocidos que se acercaron a Costello Club para probar y repetir un poco de “rock’n rice”: nadie salió descontento. Estaba claro que a la banda le había costado llegar hasta allí y estos tipos no estaban dispuestos a dejarlo escapar, aunque el parte pre-concierto casi daba miedo. Aún así, fue empezar a tocar y se acabó el dolor.

La vida no suele perdonar y a pesar de llegar unos minutos tardes -los trenes no siempre son tan puntuales como anuncian- fue una maravilla empezar a bajar la escalera hacia el sótano donde se esconde el escenario de la Costello y ser recibido con la guitarra borracha –y eterna- de Same old faces.

Los temas –bastantes de ellos absolutos desconocidos que ni se preocuparon por presentar, ya habrá tiempo- suenan con la fuerza de un caballo de carreras bien entrenado (muy culpable de ello son Juan Antonio de Rus y su batería). De hecho, esas canciones inmesamente desconocidas se cobraron algún infarto y alguna víctima que después del concierto se preguntaba de dónde había salido esa canción que no paraba de resonarle en la cabeza o directamente no era capaz de imaginar que unos auténticos desconocidos sonaran así.

Jambalaya a punto de demostrar el "salvajismo ilustrado" / Alberto Bustamante

Jambalaya a punto de ilustrar el “salvajismo ilustrado” / Alberto Bustamante

Salvajismo ilustrado
Pero si hay que hablar de víctimas, el peor parado del concierto fue el bajo de Jesús Cabrera. Si esta banda acostumbra a no tener piedad con los instrumentos y no paran de exigirle desde el primer momento del concierto, después de la actuación en Costello el bajo en cuestión andará esperando una reencarnación de las manos de algún lutier. Una muestra evidente del salvajismo ilustrado que practica Jambalaya, pero ni mucho menos la única.

Daba igual, lo único que recordaba a los males que había venían arrastrando desde sus casas era la voz ronca del cantante y guitarrista (Alejandro García) cuando se dirigía al público, nada que ver con la fuerza que derrama en las canciones. Curiosamente lo peor del concierto no vino desde del lado de la banda, y eso que Jambalaya venía con el remolque de males hasta arriba. Fue el sonido de la sala: enseguida se convertía en una bola que perjudicaba a una banda que supo estar por encima de eso.

Epílogo
Cuentan que con este concierto en Madrid se cierra la gira del EP Something is coming (autoeditado en 2013) y una etapa que podríamos llamarla “fundacional”. Parece ser que lo que viene es un disco de larga duración y eso no debería de perdérselo casi nadie. Mientras tanto queda la nostalgia y un “ep” que desde hace meses está más que superado por aquellos que lo hicieron posible: Jambalaya.

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Variedades y vanidades

Patuchas y una butaca de cine

La mirada densa de Patuchas en la contraportada de su único disco

La mirada densa de Patuchas en la contraportada de su único disco

Supe de Patuchas por casualidad, de hecho, de quien supe primero fue de ese alter ego que creó y que llamó Juan Antonio Canta, fue una de esas casualidades que sólo se daban en la era antes de que internet lo fagocitara todo. Como muchos de los nacidos en los 80, era un niño aquel verano en que el Rap de los 40 limones, una remezcla de la original Danza de los 40 limones, recorrió España de punta a punta. Aunque tardé en saber de quién era aquella voz.

Más allá de la curiosidad por la gracia del “un limón y medio limón y dos limones…” y repetir sin saber lo que decía “sé que parece una película de grinagüei…”, no tuve ni idea de qué había detrás de todo eso, tanto detrás quien cantaba como lo de “la película de Greenaway”. Con el tiempo me di cuenta de que los adultos tampoco apreciaron a quién estaba delante de ellos, al menos la inmensa mayoría. Después de eso, la canción se había quedado guardada en mi maleable cerebro infantil, recuerdo escuchar en la radio de un coche la noticia que certificaba la muerte de Juan Antonio Castillo, más conocido como Juan Antonio Canta. Fue ese el momento en que supe como se llamaba el tipo de “un limón y medio limón… ”

Lo siguiente que escuché fue La copla del viudo submarino, en el disco Ni jaulas ni peceras (2003) de ‘La cabra mecánica’, una canción que me encantó, pero nunca logré saber quién estaba detrás. Algo parecido me pasó con otra rareza que escuché en un ‘Concierto Básico’ en el Círculo de Bellas Artes de Mardid de los que hace años ofrecía Canal Plus. De nuevo era “La cabra”, esta vez presentando en directo Ni jaulas ni peceras en el mes de mayo de 2003. El concierto, con una puesta en escena muy particular en la que Lichis –el líder e ideólogo de “La cabra”– apareció vestido de Conde Drácula, comenzó con una interpretación con el único acompañamiento de una guitarra acústica de Palabras de gasolina y de una canción que me encantó pero que tardé mucho en ubicar. Años después supe que era La balada del adúltero. Internet no funcionaba como ahora o directamente no tenía acceso, pero la canción se me quedó grabada, igual que La copla del viudo del submarino. Con la diferencia de que ésta no estaba en la discografía del grupo de Lichis ni tenía forma de dar con ella.

Sin saber quién había escrito esas canciones ni que eran obra de la misma persona estaba preso de esa mezcla de humor y tristeza que impregnaba la obra y la vida de Patuchas, de su inteligencia y su capacidad para unir cosas que parecían irreconciliables, además de unas canciones con imágenes muy potentes.

Patuchas en estado puro

Patuchas en estado puro

Los ajustes de la casualidad
Un par de años más tarde, probablemente tres, fue un vecino de mis abuelos ,bastante mayor que yo, quien sabiendo que a mi hermano y a mí nos gustaba la música, nos prestó unos cuantos discos. Cuando nos los dio dejó para el final un disco de un paisano, Patuchas lo llamó, al que conoció personalmente mediante un amigo que tenían en común. “Casi nadie conoce este disco, pero Patuchas se hizo famoso por un programa de Pepe Navarro en que salía cantando eso de ‘un limón y medio limón’ y al poco tiempo se suicidó”. Supongo que el recuero de mi infancia me hizo poner ese disco el primero. Mientras comenzaba a sonar la sincera sencillez de Te quiero leí en los créditos del disco que ahí estaba La copla del viudo del submarino y una canción que podía ser la que llevaba años buscando, La balada del adúltero. Había dado con dos canciones que llevaba años sin saber de dónde habían salido, conseguí encontrar la fuente por una mera casualidad.

Obviamente no tardé en ir a buscar al vecino y querer saber un poco más de Juan Antonio Canta, como si todo ese tiempo que había pasado en el anonimato tuviera que llenarlo con los datos bibliográficos y con información que me llegaba de primera mano. Entonces ubiqué esa frase que aparece en el libreto del Vestidos de domingo de “La cabra” (“eso que en todas las ciudades enriquece los bares y hay quien llama amor” que firmaba un tal Juan Antonio Canta) y que inspiró a Lichis para escribir eso de “es la falta de amor la que llena los bares…”.

Después de esto coincidí un par de veces con Lichis antes y después de conciertos y además de ser muy amable, se alegró de que conociera a Patuchas e intercambiamos opiniones, casi todas teñidas por la amargura de que fuera desconocido y de la poca difusión que tenía, actualmente es casi igual, su obra. De hecho me firmó la entrada de uno de los conciertos escribiendome en ella “que el espíritu de Patuchas te proteja”, el mismo Lichis que hablo de “la conmovedora mezcla de humor e infinita tristeza que sus canciones transpiraban”. Tanto la ironía como la tristeza son fáciles de encontrar en bastantes fotos de Patuchas. Eso y la seguridad de que era una persona que guardaba algo detrás de una mirada densa y directa.

Carte de la película 'Patuchas, el hombre de los mil limones', obra de Maria Bernard

Carte de la película ‘Patuchas, el hombre de los mil limones’, obra de Maria Bernard

El hombre de los mil limones
Han pasado varios años desde que di con el disco aquel gracias a un vecino de mis abuelos, pero no he dejado de escucharlo, de maravillarme con sus canciones, de considerar algunas de ellas como las más inteligentes que he escuchado nunca y de tener Cama roja en el Olimpo de mis canciones favoritas. También he descubierto que hay gente que lo tiene en su recuerdo. Por eso me alegré cuando hace unos días me percaté de que había un documental dedicado a la figura de Patuchas y que el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva lo programaba –Patuchas, el hombre de los 1000 limones (dirigido por Asbel Esteve)–. Un documental que hace un recorrido sobre la vida artística y personal de Patuchas a con una factura a la altura del artista.

Y con esa alegría me fui a verlo: amigos, grabaciones en directos, interpretaciones de sus canciones, programas televisivos, unos títulos de créditos muy originales y bonitos, una sorprendente y elegante versión coplera de La copla del viudo del submarino en la voz de la actriz Marisol Membrillo y la vida de un tipo inigualable que se fue demasiado pronto, aún le quedaban unas cuantas canciones y seguro que alguna obra de teatro por escribir. Pero lo cierto es que al cine no fue nadie. Y cuando digo nadie es nadie. Saqué mi entrada, me senté en el cine y comenzó la proyección.

Agridulce es la sensación que te deja el documental –es imposible no pensar con cierta tristeza en lo que pudo y debió haber sido el tipo que hacía esas canciones que tanto te gustan y lo que terminó siendo–, y agridulce también es saber que disfruté de una cosa sincera, bien hecha, como he dicho, a la altura de retratado, pero no había más que una persona, yo, en toda la sala de cine.

No sé si a Patuchas le hubiera hecho gracia, le hubiera resultado irónico o habría reforzado esa idea que le hizo marcharse. Desde luego, a mí no me gustó esa sensación de soledad e incomunicación de ir al cine y que no haya nadie viendo una obra de altura sobre un tipo genial (ni público ni personal del festival ni…), primero me indigné y luego me llegué a plantear –aunque sólo fueron unos segundos– si quien estaba equivocado era yo por querer ir a ver aquello.

Fue empezar a sonar La copla del viudo del submarino y leer una frase de Patuchas impresa en la pantalla, “[en la vida hay batallas] lo importante no es si ganas o pierdes, lo importante es que no pierdas las ganas”, y saber que estaba más que acertado. Aunque estuviera solo.

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Sobrevivir a los domingos

Modo avión, de Lichis: una novedad para empezar

Un disco de un músico muy músico que se ha hecho esperar. Aristocracia musical neoyorkina –Joe Blaney en la producción, Marc Ribot, David Mansfiel, Andy Hess, Pete Thomas…– al servicio de canciones bien hechas, sonido cuidado y un tipo haciendo canciones. El resto de la receta es bien fácil: un domingo cualquiera en tu casa o en una carretera, la ciudad, el mar o incluso en campo, que para algo el disco tiene sus gotas de country, dejar que suene y escuchar.

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