Sobrevivir a los domingos

‘Raíces y alas’: Carmen Linares canta a Juan Ramón Jiménez

El pasado viernes se estrenaba La luz con el tiempo dentro, una película que narra la vida de Juan Ramón Jiménez, un poeta inalcanzable al que siempre hay que tener presente. Por eso puede ser hoy un buen domingo para hablar de un disco que llevaba a Juan Ramón Jiménez al flamenco.

En Raíces y alas, Carmen Linares y Juan Carlos Romero –un guitarrista genial y con una mano izquierda exquisita– le dan una segunda vida a los versos del poeta moguereño. Sin renunciar a la esencia juanramoniana, proyectan los versos que en muchos casos se consideran herméticos en un flamenco popular pero exquisitamente refinado.

Y exactamente eso es este disco, una obra refinada en su forma, en su contenido y en su sonido, cálido y cuidado, como un buen vino de solera, como un domingo a la sombra de una fachada blanca con la primavera por llegar.

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Variedades y vanidades

Patuchas y una butaca de cine

La mirada densa de Patuchas en la contraportada de su único disco

La mirada densa de Patuchas en la contraportada de su único disco

Supe de Patuchas por casualidad, de hecho, de quien supe primero fue de ese alter ego que creó y que llamó Juan Antonio Canta, fue una de esas casualidades que sólo se daban en la era antes de que internet lo fagocitara todo. Como muchos de los nacidos en los 80, era un niño aquel verano en que el Rap de los 40 limones, una remezcla de la original Danza de los 40 limones, recorrió España de punta a punta. Aunque tardé en saber de quién era aquella voz.

Más allá de la curiosidad por la gracia del “un limón y medio limón y dos limones…” y repetir sin saber lo que decía “sé que parece una película de grinagüei…”, no tuve ni idea de qué había detrás de todo eso, tanto detrás quien cantaba como lo de “la película de Greenaway”. Con el tiempo me di cuenta de que los adultos tampoco apreciaron a quién estaba delante de ellos, al menos la inmensa mayoría. Después de eso, la canción se había quedado guardada en mi maleable cerebro infantil, recuerdo escuchar en la radio de un coche la noticia que certificaba la muerte de Juan Antonio Castillo, más conocido como Juan Antonio Canta. Fue ese el momento en que supe como se llamaba el tipo de “un limón y medio limón… ”

Lo siguiente que escuché fue La copla del viudo submarino, en el disco Ni jaulas ni peceras (2003) de ‘La cabra mecánica’, una canción que me encantó, pero nunca logré saber quién estaba detrás. Algo parecido me pasó con otra rareza que escuché en un ‘Concierto Básico’ en el Círculo de Bellas Artes de Mardid de los que hace años ofrecía Canal Plus. De nuevo era “La cabra”, esta vez presentando en directo Ni jaulas ni peceras en el mes de mayo de 2003. El concierto, con una puesta en escena muy particular en la que Lichis –el líder e ideólogo de “La cabra”– apareció vestido de Conde Drácula, comenzó con una interpretación con el único acompañamiento de una guitarra acústica de Palabras de gasolina y de una canción que me encantó pero que tardé mucho en ubicar. Años después supe que era La balada del adúltero. Internet no funcionaba como ahora o directamente no tenía acceso, pero la canción se me quedó grabada, igual que La copla del viudo del submarino. Con la diferencia de que ésta no estaba en la discografía del grupo de Lichis ni tenía forma de dar con ella.

Sin saber quién había escrito esas canciones ni que eran obra de la misma persona estaba preso de esa mezcla de humor y tristeza que impregnaba la obra y la vida de Patuchas, de su inteligencia y su capacidad para unir cosas que parecían irreconciliables, además de unas canciones con imágenes muy potentes.

Patuchas en estado puro

Patuchas en estado puro

Los ajustes de la casualidad
Un par de años más tarde, probablemente tres, fue un vecino de mis abuelos ,bastante mayor que yo, quien sabiendo que a mi hermano y a mí nos gustaba la música, nos prestó unos cuantos discos. Cuando nos los dio dejó para el final un disco de un paisano, Patuchas lo llamó, al que conoció personalmente mediante un amigo que tenían en común. “Casi nadie conoce este disco, pero Patuchas se hizo famoso por un programa de Pepe Navarro en que salía cantando eso de ‘un limón y medio limón’ y al poco tiempo se suicidó”. Supongo que el recuero de mi infancia me hizo poner ese disco el primero. Mientras comenzaba a sonar la sincera sencillez de Te quiero leí en los créditos del disco que ahí estaba La copla del viudo del submarino y una canción que podía ser la que llevaba años buscando, La balada del adúltero. Había dado con dos canciones que llevaba años sin saber de dónde habían salido, conseguí encontrar la fuente por una mera casualidad.

Obviamente no tardé en ir a buscar al vecino y querer saber un poco más de Juan Antonio Canta, como si todo ese tiempo que había pasado en el anonimato tuviera que llenarlo con los datos bibliográficos y con información que me llegaba de primera mano. Entonces ubiqué esa frase que aparece en el libreto del Vestidos de domingo de “La cabra” (“eso que en todas las ciudades enriquece los bares y hay quien llama amor” que firmaba un tal Juan Antonio Canta) y que inspiró a Lichis para escribir eso de “es la falta de amor la que llena los bares…”.

Después de esto coincidí un par de veces con Lichis antes y después de conciertos y además de ser muy amable, se alegró de que conociera a Patuchas e intercambiamos opiniones, casi todas teñidas por la amargura de que fuera desconocido y de la poca difusión que tenía, actualmente es casi igual, su obra. De hecho me firmó la entrada de uno de los conciertos escribiendome en ella “que el espíritu de Patuchas te proteja”, el mismo Lichis que hablo de “la conmovedora mezcla de humor e infinita tristeza que sus canciones transpiraban”. Tanto la ironía como la tristeza son fáciles de encontrar en bastantes fotos de Patuchas. Eso y la seguridad de que era una persona que guardaba algo detrás de una mirada densa y directa.

Carte de la película 'Patuchas, el hombre de los mil limones', obra de Maria Bernard

Carte de la película ‘Patuchas, el hombre de los mil limones’, obra de Maria Bernard

El hombre de los mil limones
Han pasado varios años desde que di con el disco aquel gracias a un vecino de mis abuelos, pero no he dejado de escucharlo, de maravillarme con sus canciones, de considerar algunas de ellas como las más inteligentes que he escuchado nunca y de tener Cama roja en el Olimpo de mis canciones favoritas. También he descubierto que hay gente que lo tiene en su recuerdo. Por eso me alegré cuando hace unos días me percaté de que había un documental dedicado a la figura de Patuchas y que el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva lo programaba –Patuchas, el hombre de los 1000 limones (dirigido por Asbel Esteve)–. Un documental que hace un recorrido sobre la vida artística y personal de Patuchas a con una factura a la altura del artista.

Y con esa alegría me fui a verlo: amigos, grabaciones en directos, interpretaciones de sus canciones, programas televisivos, unos títulos de créditos muy originales y bonitos, una sorprendente y elegante versión coplera de La copla del viudo del submarino en la voz de la actriz Marisol Membrillo y la vida de un tipo inigualable que se fue demasiado pronto, aún le quedaban unas cuantas canciones y seguro que alguna obra de teatro por escribir. Pero lo cierto es que al cine no fue nadie. Y cuando digo nadie es nadie. Saqué mi entrada, me senté en el cine y comenzó la proyección.

Agridulce es la sensación que te deja el documental –es imposible no pensar con cierta tristeza en lo que pudo y debió haber sido el tipo que hacía esas canciones que tanto te gustan y lo que terminó siendo–, y agridulce también es saber que disfruté de una cosa sincera, bien hecha, como he dicho, a la altura de retratado, pero no había más que una persona, yo, en toda la sala de cine.

No sé si a Patuchas le hubiera hecho gracia, le hubiera resultado irónico o habría reforzado esa idea que le hizo marcharse. Desde luego, a mí no me gustó esa sensación de soledad e incomunicación de ir al cine y que no haya nadie viendo una obra de altura sobre un tipo genial (ni público ni personal del festival ni…), primero me indigné y luego me llegué a plantear –aunque sólo fueron unos segundos– si quien estaba equivocado era yo por querer ir a ver aquello.

Fue empezar a sonar La copla del viudo del submarino y leer una frase de Patuchas impresa en la pantalla, “[en la vida hay batallas] lo importante no es si ganas o pierdes, lo importante es que no pierdas las ganas”, y saber que estaba más que acertado. Aunque estuviera solo.

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El mundo gira en un sentido absurdo

No les basta con negar la realidad, tienen que reescribir la historia

Primera anotación en el diario de a bordo del primer viaje de Colón

Primera anotación en el diario de a bordo del primer viaje de Colón

Pertenecer a un partido cruel con la ciudadanía, defender actitudes que se traducen en desconsideración y mentira para las personas –los que te votan y los que no–, comer de las arcas públicas, etc. no parece suficiente para algunos. Hay que llegar más allá. No les basta con negar una realidad y reírse de la gente, hacer reformas educativas y proponer libros ridículos –unos y otros–, aún les quedan cosas por hacer, lo del otro día fue sólo un ejemplo.

Esto es lo último, pero la megalomanía de los poderosos, en realidad un alcalde de capital de provincia, no conoce límites. Nunca he ido a un mitin del pepé, ni de ningún otro partido, sin embargo estoy seguro de que deben ser sitios que ofrecen experiencias radicales y vida al límite. No fue una excepción el mitin que el pasado lunes (19 de mayo) organizó el pepé en Sevilla como uno más de sus actos electorales de cara a las inminentes –¡menos mal!– elecciones europeas.

Con la impunidad con la que se invisten a sí mismo los políticos españoles y con su gracejo sevillano, Juan Ignacio Zoido –alcalde de Sevilla– decidió que las 2 carabelas y la nao en las que partió Colón y su tripulación hacia América habían salido de Sevilla: “De aquí salieron las naves para descubrir América” aseveró el primer edil de Sevilla. Además se permitió el detalle de decir que todos los demás estábamos equivocados: “Aunque os digan que las naves salieron de Palos, es mentira, las naves salieron de aquí” aseguró el iluminado edil.

Me pregunto: ¿Tan lejos tiene que llegar una persona para darle lustre a su ciudad (por cierto, no es de Sevilla capital este tipejo)? ¿No es Sevilla suficientemente bonita por sí misma? ¿Necesita usted decir mentiras tan bajas y ridículas o es que acostumbrado a ser falsario como político español que es ya no sabe parar? ¿Tanto complejo de inferioridad sufre usted?

Supongo que lo siguiente será decir que la gamba fresca se pesca también en Sevilla, que el “pescaito” frito es más sevillano que la Giralda y que el salmorejo sevillano –que lo vieron así escrito “estos ojitos”, como diría la Vargas, en un bar de la Alfalfa (Sevilla)– es un plato estrella de la gastronomía sevillana que los cordobeses copiaron. El resto miraremos como el pez grande se come al chico.

Seguramente si digo que el perfil del político español se caracteriza por la mentira y la indigencia intelectual algunos se enfadarán, “no todos son así” dirán muchos; pero desde luego es un hecho que el perfil de Juan Ignacio Zoido se caracteriza por la indigencia intelectual y por la mentira, el mismo lo dejó claro el otro día.

Quizá es que llegaba todavía alegre de ese mercado de ganado sevillano que derivó en acto social al que no se puede faltar si eres alguien en este país o fuera de él, hablo de la Feria de Abril. Pero seguro que no, Zoido tiene pinta de hombre serio y poco dado a embriagarse. A él seguro que las cosas le salen así de naturales. Lo cierto es que no es nada nuevo, igual que el partido al que pertenece el señor Zoido se ríe de la gente de a pie y que intenta sobrevivir al día a día haciendo las cosas bien, Zoido se rió de todos aquellos que se echaron al mar, gente de a pie, o incluso de más abajo, y gente que pensaba que había algo más que lo conocido hasta ahora, un nuevo mundo que descubrir.

Aquellos que tienen la posibilidad de votarlo pueden seguir haciéndolo, pero nunca extrañarse de un comportamiento que dejó claro hace tiempo. Luego pedirá perdón diciendo que sólo era un comentario en broma −ya lo hizo antes− y continuará con su labor, la que los ciudadanos le encargaron, al menos unos cuantos. Y esto que me hace reaccionar no es orgullo o que me hayan tocado el lugar donde nací –en Huelva somos los primeros indolentes, catetos y poco dados a luchar por lo nuestro– , es asco porque realmente hay otros como él que piensan que el mundo es como ellos dicen y que no tenemos más remedio que creerlo a pies juntillas, aunque realmente son seres ridículos y sin instrucción.

Ellos creen que tienen los conocimientos y que no precisan de más: el otro día lo dijo la señora Valenciano (que nada tiene que ver con el PP, según ella, yo no lo tengo tan claro y creo que no soy el único) hablando de su ausencia de titulación universitaria: “Me parece un poco reduccionista intentar saber lo que uno sabe si tiene el título o no de Ciencias Políticas. Tengo la formación pero no tengo el título. Hice tres años” comentó en una entrevista (mejor no hablar de la formulación de la frase, daría para un opúsculo, como mínimo). Y la verdad, queda muy bien dicho si tienes título, pero si no revela cierto complejo de inferioridad, pero ella es política y está por encima de eso.

Teología y dogmas de fe de andar por casa, tampoco necesitan más.

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Abandonando autopistas

Un mar antiguo

Surcos en la arena (Huelva) / DIego Cabrea (@diegocabrerap)

Surcos en la arena (Huelva) / DIego Cabrea (@diegocabrerap)

Al final de una carretera siempre hay un camino, pero cuando al final de la carretera en cuestión está el mar los caminos se multiplican hasta el infinito. Como cualquiera que haya viajado sabe, de las autopistas no se sale, las abandonas cansado de la higiene y del poco roce con el polvo de lo que hay alrededor, las abandonas en busca de un destino real. Eso es lo que haces cuando te quedas al margen de la que va hacia Huelva desde Punta Umbría y te dejas envolver por la carretera HV-4113. Te reciben los pinos y un sinuoso cambio de rasante para  dejar a la izquierda el Estero de la Paja y obligarte a sortear una de esas modernas rotondas. Después empieza el olor a salitre y el aire se hace marino hasta coronar en un lugar privilegiado para otear el Atlántico. Continúas menos de 300 metros y la carretera termina a la vez que te lleva a un cruce entre dunas más o menos altas según la época del año, lo atraviesas y desde donde cualquier conductor prudente aparcaría hasta el destino hay 40 pasos.

En verano, si consigues llegar en el momento adecuado, y en invierno, casi siempre, sólo necesitas unos cuantos pasos para apreciar que te adentras en un territorio mítico que un día fue habitado por seres fabulosos que lo impregnaron con esa aura aun conservada. La planicie de la arena sólo interrumpida por los surcos que el viento le provoca, el olor a salitre y un mar que aunque parezca tranquilo forma crestas en lugares insospechados que revelan el peligro de navegarlo y las posibilidades de no saberlo nadar.

Playa de la Bota (Huelva) / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Playa de la Bota (Huelva) / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Justo ahí, en ese preciso momento y lugar podrás observar y sentir que aquello te pertenece tan poco como le perteneció a los que ya lo conocieron y a los que lo conocerán, aquellos que lo habitaron y lo habitarán. Sin embargo, quizá tu sabrás que perteneces a ese lugar aún queriéndolo evitar.

Con la marea baja te costará llegar hasta tocar el mar y si está alta tendrás una sensación de cercanía que nunca es del todo real. El viento te interrumpirá a cada paso y serás más consciente del conjuro. A cielo raso o tapado con una superficie de nubes acuchilladas, el misterio irá brotando hasta que sólo puedas darte la vuelta para intentar averiguar cuánto has avanzado,  qué queda de tus huellas en la arena y si es cierto todo aquello o sólo es la atmósfera que te ha engañado.

Ahora puedes observar la curvatura del Golfo de Cádiz que no está en Cádiz, una bahía intensa rota por una lengua de tierra que crece y decrece al ritmo de la marea, algunos barcos de recreo, un velero atrevido, mariscadores y algunas embarcaciones escuálida que mantienen la costumbre de faenar con trasmallo. Todavía no has tocado la arena mojada de mar siquiera. Sin darte cuenta has virado tu derrota y la línea recta que buscaba la orilla poco a poco va tornándose una diagonal hasta situarte casi paralelo al mar, como si no te dejara acercarte, como si el misterio fuera ese, cómo llegar al mar que hace rato está ante ti.

Nubes cortadas en la Playa del Cruce (Huelva) / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Nubes cortadas en la Playa del Cruce (Huelva) / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Si hay sol, las gaviotas empezarán a aparecer cuando esté bajo, pero si está nublado algunas salpicarán el cielo, ajenas a tu descubrimiento pero sin perderte de vista. Entonces descubres un mar antiguo que navegaron, trabajaron y lucharon gentes de otro tiempo, un mar que como todos los mares se tragó a miles, gente de la que nunca se supo, el lugar donde el Atlántico empieza a terminar o comienza a empezar, según la orilla de la que vengas.

A esas alturas de tu camino ya habrás pensado en alguien a quien llevar a ese lugar, alguien con quien compartir ese trozo de tierra, pero al volver ya será distinto; el peso que experimentaste se mantendrá, pero lo vivirás en otra persona. En ese futuro impreciso que desearás que ocurra ya sabrás que pocos son los años que pasan sin que alguien se ahogue allí, que los fines de semana de verano está atestado comparado con el día de hoy. Alguien te habrá contado que en frente había una almadraba que daba de comer a familias por temporadas hasta no hace mucho o que en ese trozo de tierra que tienes a tu derecha cortando el océano y que apenas identificas sobre el mar aun quedan restos de una edificación donde los almadraberos trabajaron y un antiguo puesto de carabineros. Te costará no preguntar a los lugareños, no buscar alguna respuesta sobre aquel sitio.

Dunas en la playa del Cruce (Huelva) / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Dunas en la playa del Cruce (Huelva) / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Pero para entonces lo más importante es que habrás comprendido toda la gente que ha navegado ese mar, las que vinieron pero también las que se fueron, las despedidas camino de un futuro mejor que jamás llegó, las esperas y las esperanzas, la pequeñez ante todo aquello sin haber siquiera rozado el final de una ola que toca la orilla. Sabrás todo lo que hay allí que eres tú.

Ahora los infinitos caminos son sólo tres: Puedes volver al coche y conducir en uno u otro sentido en paralelo al mar por lo que quede de la carretera HV-4112 que el viento no haya cubierto con arena robada a las dunas; o puedes continuar hacia el mar y allí escribir tu minúsculo nombre en la arena, quizá  con una estela. Pero esas son otras historias que están por contarse.

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