Notas de lectura

‘Vida de este capitán’, de Alonso de Contreras: Un memorial de verdad

Portada de la edición de bolsillo

Portada de la edición de bolsillo

Seguramente ningún rey o secretario leyó nunca el mejor memorial que Alonso de Contreras (Madrid, 6 de enero de 1582 – 1641) pudo presentar en su vida, digo seguramente cuando realmente podría decir jamás. Como muchos otros en su época, recorrió estancias palaciegas, covachuelas, secretarías y casas nobles con sus documentos donde se recogían sus hazañas y trabajos para el “Imperio Español”, pero cuando quedó redactado no le sirvió más que para ser recordado como el que mejor contó la historia de un hombre del hierro en aquella época. Aunque ciertamente, Contreras no escatima detalles, secretarios reales, reyes y nobles aparecen retratados como aquellos que en muchas ocasiones demoraron lo prometido y sobre todo lo merecido y ganado. Este, a pesar de ser el mejor memorial que pudo exponer, no le habría ayudado a progresar.

Alonso de Contreras llevaba el hambre en las tripas antes de nacer y cuando vio una salida no dudó en cogerla, aunque fuera guerreando –a pura cuchichada y tiro de arcabuz, también es así como escribe– para aquellos que luego le regatearían una soldada siempre inferior a su valor y a sus acciones. Sin escatimar detalles ni guardarse situaciones feroces –quiraca y amigo heridos a punta de espada, mujer y amante asesinados, entradas en puerto con un prisionero muerto colgando del palo mayor…–, de Contreras teje su vida de la única forma en que puede hacerlo, como la vivió.

Lo dice Pérez-Reverte en el prólogo, seguramente Cervantes habría escrito unas memorias mejores de su vida como soldado, pero no habrían sido más verdaderas ni veraces que las del propio de Contreras y contarían con un halo de ficción que le restaría parte del polvo en las botas y la sangre que salpica la espada de Alonso de Contreras. De la ficción ya se encargó Lope de Vega, que narró uno de los episodios de su vida en la comedia El rey sin reino, además de acogerlo durante ocho meses en su casa y sugerirle la redacción de este texto.

Eso nos lleva al estilo. Seguramente teóricos postmodernos, vanguardistas o sencillamente modernos tendrían para establecer un debate sesudo y de altos vuelos sobre la forma de escribir de Alonso de Contreras con títulos como “El estilo de la falta de estilo”, pero al igual que lo que cuenta lo cuenta como lo vivió, lo cuenta de la forma en que pasó. De Contreras no practica el diálogo ni ningún otro artefacto literario, y si no tuviéramos la certeza de que es un texto biográfico de alguien que no leyó nunca un libro, podríamos pensar que estamos ante un texto escrito premeditadamente así. Sin embargo, lo cierto es que Alonso de Contreras relata su vida de la misma forma que la relataría a los nobles o secretarios cuando presentaba sus memoriales, como lo haría en tugurios o en las pensiones, cuarteles y conventos que frecuentaba.

Este libro no se anda con tonterías ni correcciones, es un soldado hambriento desde la cuna contando lo que vivió y de la forma en que lo vivió: chuzos, tajadas, olor a pólvora, a salitre y a humanidad. Se trata de un texto áspero como una maroma, como lo que es: la vida de un buen levente al servicio de la corona española. Con todo lo bueno y lo malo que lleva aparejado.

Ficha:
Vida de este capitán, de Alonso de Contreras (prólogos de Arturo Pérez Reverte y José Ortega y Gasset). Editado por Reino de Redonda en 2008, tercera edición de 2011.

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Regreso al pasado

1° 4’ 0’’ N – 154° 47’ 0’’ E: La última frontera

El trayecto es largo, probablemente uno de los más largos: entre 40 y 65 horas de avión desde Madrid que, según la ruta, pasará por lugares como Londres, Seúl, Chicago, San Francisco, Miami, Tokio, Honolulú o Guam y hará paradas técnicas en algunas islas hawaianas o sitios tan extraños como Truck-Truck hasta llegar a Pohnpei. Sellos en el pasaporte, cambios horarios, colas en aeropuertos y una isla remota como parada intermedia antes del destino final, un lugar aun más remoto.

Llegando a Pohnpei se acaban los vuelos regulares, los billetes de avión o cualquier otro transporte con línea regular e incluso irregular. Lo que queda es alquilar un barco, en la zona no hay hidroaviones o helicópteros con autonomía suficiente para ir y venir –en el destino no se puede repostar y carece de aeropuerto entre muchas otras cosas–. Pohnpei (o Ponape) ya es un lugar remoto de por sí, pero al menos tiene aeropuerto con salidas regulares. Eso y un cementerio de barcos.

Oceanía en la actualidad

Oceanía en la actualidad (pulsar en la imagen para ampliar)

En Pohnpei el Pacífico ya no es un paisaje bajo el avión, es una realidad líquida que más bien parece sólida con el tamaño y la contundencia del mayor océano de la Tierra. La poesía queda desbordada por la realidad y los mapas que con dificultad situaban atolones y archipiélagos son una guía difícil de creer. Todo debe estar en algún punto del horizonte, pero parece increible, más aun cuando tras días de navegación no se divisa tierra en ninguna dirección.

Con un barco alquilado y una tripulación dispuesta, sólo queda navegar durante unos cuatro días por el Pacífico en una travesía de casi 800 kilómetros hasta Kapingamarangi (1° 4’ 0’’ N – 154° 47’ 0’’ E).

Kapingamarangi (Greenwich A.) en un mapa de la David Rumsey Collection

Kapingamarangi (Greenwich A.) en un mapa de la David Rumsey Collection

Si los vuelos en avión no han sido suficientes, un océano tan vasto como el Pacífico siempre puede deparar alguna sorpresa: una tormenta que se prolongue durante una noche que termina pareciendo infinita; la ausencia de viento (suerte que los veleros actuales guardan un motor entre sentina y cubierta) o la certeza de que la distancia máxima de la costa a la que operan los servicios de emergencia del Estado Federado de Pohnpei (Micronesia) es de “sólo” 100 millas náuticas. Son momentos como estos cuando los marinos que plantaron cara a tormentas en aquellos libros que leímos nos parecen titanes en vez de románticos, viejos sabios en lugar de aventureros o, quizá, locos que buscaban la muerte, puede que sin saberlo, y que llegaron a encontrarla en muchas ocasiones.

Por el camino: muchas millas de agua, puestas de sol mágicas y la certeza de saberse en un medio donde el conocimiento más absoluto no te exime de pagar la cuota si el mar viene a exigirla. Y tarde o temprano vendrá.

770 kilómetros de navegación para ver tierra en el horizonte
Cuando parece que las islas que componen Kapingamarangi están al alcance de la mano aún queda mucho por hacer. Navegando desde Pohnpei hay que rodear el atolón para acceder a la laguna por el único paso que lo permite. El sueño de desembarcar en Kapingamarangi no es sólo una lucha con la lejanía, hay que ser un patrón experto para hacer pasar el barco por un acceso señalado con una sola boya. No hace falta que sea un día de mar brava en los que no hay forma de acceder a la laguna, la corriente del Pacífico siempre jugará en contra del navegante al chocar contra los islotes, los escollos coralinos y la tierra no emergida que se asoma para formar el anillo del atolón que bloquea el acceso a una laguna de 72,9 kilómetros cuadrados.

Mapa del atolón Kapingamarangi

Mapa del atolón Kapingamarangi

Como aquellos alpinistas que suben montañas pero que no consideran exitosa su expedición hasta culminar el descenso, llegar a uno de los lugares más inaccesibles del planeta –apenas a un grado de latitud de la cintura del mundo–, sólo significa un punto intermedio. Pero como punto intermedio, es probablemente uno de los mejores sitios para olvidarse de casi todo y ser conscientes de lo ridículos que somos, como si no fuera ya de por sí extraño el emprender un viaje de estas características.

Kapingamarangi es un atolón compuesto por 33 islotes, de los que sólo tres están habitados, tiene una extensión de 74 km cuadrados siendo apenas 1,1 de ellos tierra emergida. En esa pequeña cantidad de tierra al borde del ecuador terrestres habitan unas 500 personas. El atolón está situado a medio camino entre Polinesia y las Islas Marshall, de hecho, su lengua, el kapinga, y sus pobladores provienen de migraciones prehistóricas de la Polinesia Occidental.

Pero migraciones casi increíble, descubrimientos raros, islas difíciles de fijar en el mapa y rutas casi imposibles de trazar no es lo único que llama la atención de este atolón situado en lo más parecido a “en medio de ninguna parte” que nadie pudo jamás imaginar.

A día de hoy, Kapingamarangi (antes llamada Islas Greenwich por los ingleses, Constantine por los franceses y, según parece, Pescadores por los españoles que la descubrieron para occidente –luego volveremos a esto–) pertenece inapelablemente al Estado Federado de Pohnpei, que está integrado en los Estados Federados de Micronesia (Kapingamarangi es su punto más meridional), pero la historia es más intrincada que todo eso.

Parte de Kapingamarangi / John Harding (1969)

Parte de Kapingamarangi / John Harding (1969)

La larga historia de un territorio pequeño
Según varias fuentes históricas, Kapingamarangi fue descubierta en 1537 durante el transcurso de una expedición dirigida por Fernando de Grijalva que partió desde Paita (Perú) con la intención de explorar el Océano Pacífico, aunque lo cierto es que no dio unas indicaciones concretas sobre su localización. Seguramente, entre otras cosas, fue porque al regresar a la línea ecuatorial tras no poder alcanzar California a causa de unos vientos desfavorables, fue asesinado por su tripulación tras un motín –estos querían dirigirse hacia las Islas Molucas y Grijalva rechazó la idea de entrar en un territorio perteneciente a Portugal–. Viajar no siempre fue un placer o una aventura fantástica, hubo un tiempo en que era más frecuente morir durante un viaje que regresar.

Durante los siglos posteriores al descubrimiento de este tipo de territorios en el Pacífico, hubo varios intentos no muy contundentes de colonización por parte de los españoles, sin embargo, acabaron fracasando –los atolones suelen carecer de recursos más allá de los propios para la subsistencia y son lugares muy alejados de todo, más si cabe con las tecnologías del pasado–, a eso hay que unir el declive del “Imperio Español” hasta consumarse en 1898. Éstas circunstancias hicieron que el “Lago Español”, como se le llamó pretenciosamente durante mucho tiempo al Océano Pacífico, dejara de serlo, si es que alguna vez lo fue.

Las posesiones españolas en el Pacífico se fueron perdiendo definitivamente –al menos así parecía– tras el desastre de la Guerra de Cuba en 1898 y la firma del Tratado Germano Español en 1899. Como muestra de la dificultad de controlar una extensión de océano tan enorme con unas posesiones tan diminutas, baste decir que el acuerdo con Estados Unidos por el que España le entregaba la soberanía de sus principales plazas en el Pacífico tuvo que ser reescrito en varias ocasiones, ya que la dispersión y lo minúsculo de las islas y los atolones complicó la elaboración del listado definitivo.

Con una flota envejecida y un país mermado de recursos, el siguiente paso fue la firma del Tratado Germano Español por el que se vendía al II Imperio Germano los archipiélagos de las Islas Carolinas y Marianas (incluyendo Palaos, pero excluyendo Guam que ya era propiedad de los Estados Unidos de América desde 1898) por 25 millones de pesetas de la época. En este tratado, el Gobierno español se reservó alguna cláusula que permitía mantener las misiones religiosas y comerciales establecidas en la zona, además de un depósito de carbón para la Marina  en Palaos y otro en las Marianas incluso en momentos de guerra.

Parecía que con esto acababa el sueño de las aguas transparentes, la arena nívea y las islas con cocotales donde descansar al amparo de la suave brisa oceánica del Pacífico –la misma que a veces se vuelve huracán– y en esto que llegó un historiador de CSIC, Emilio Santos Pastor, que en el año 1948 determinó que en el Tratado Germano Español no se habían incluido, seguramente por olvido o desconocimiento, una serie de territorios que seguían perteneciendo a España. En ese momento, Kapingamarangi, como muchos otros territorios del Pacífico, había pasado por bastantes avatares. Alemania perdió la isla en favor de Japón tras la I Guerra Mundial. Japón, al pertenecer al bando ganador que lideraba Estados Unidos, se quedó con la autoridad de los terriotiros germanos en el Pacífico.

Oceanía tras la primera guerra mundial,  mapa de 1920

Oceanía tras la primera guerra mundial, mapa de 1920

Más tarde, al estar Japón en el bando perdedor de la II Guerra Mundial, las Naciones Unidas cedieron la administración de este territorio a Estados Unidos. Era 1945 y USA manejaría gran parte del Pacífico casi a su antojo durante una larga temporada: desplazaron población para la realización de pruebas nucleares en algunos atolones, crearon bases militares y administraron territorios que eran prácticamente autónomos dentro del nivel de subsistencia que ofrecían unos lugares con características similares a Kapingamarangi.

Según parece, el descubrimiento español llegó al consejo de ministros y Francisco Franco, jefe de estado “por una gracia de dios” en aquel momento, decidió no solicitar ninguna soberanía sobre territorios del Pacífico. España no estaba en las Naciones Unidas ni tenía aliados en ella debido a su papel en la II Guerra Mundial: neutral pero con una poco disimulada inclinación hacia Hitler. Además, la postguerra era una realidad bastante patente que hacía imposible cualquier aventura colonialista de esa magnitud.

Otros territorios antes de llegar a la última frontera
Además de Kapingamarangi, Santos Pastor identificaba 5 territorios más sobre los que, según él, España podía solicitar soberanía. Mapia (o Palau Bras) también quedó fuera de los tratados del siglo XIX, los últimos que firmó España para ceder su soberanía en el Pacífico. Hoy en día, Mapia es una isla perteneciente a Indonesia y está considerada un gran destino para el buceo. El historiador español también incluía Rongerik, que al igual que Kapingamarangi, pudo ser descubierta por Fernando de Grijalva. En este caso se trata de un atolón deshabitado excepto durante el tiempo que duraron las pruebas nucleares de las Islas Bikinis, ya que USA realojó allí a dicha población. Se compone de 22 islotes y en la actualidad es parte del estado que forman las Islas Marshall, pero según Santos Pastor nunca fue incluida en ningún tratado de cesión.

Mapa del atolón Rongerik

Mapa del atolón Rongerik

A una considerable distancia de Rongerik está Matador, un territorio que se encuentra cercano a Kapingamarangi –todo lo cercano que se puede considerar en una zona donde la cercanía se mide en cientos de millas náuticas– otro de los territorios españoles reclamables. Matador (2º 38’ 48,4’’ N – 159º 32’ 33,4’’E) es en la actualidad un pequeño escollo marino que apenas emerge de las aguas del Pacífico, una formación coralina que hoy en día aparece en los mapas como una zona blanca, indicando que se trata de un territorio no completamente emergido. Aunque no hay constancia de que fuera diferente en otro tiempo, lo cierto es que aparece en los mapas desde hace varios siglos.

Unido a estos cuatro territorios, Santos Pastor señalaba el atolón Ulithi, que aunque fue considerado como parte de las Islas Carolinas por los alemanes, en una interpretación estricta de un laudo papal de 1885 quedaba excluida de las Carolinas por razones geográficas. Completarían los supuestos territorios españoles de ultramar en el Océano Pacífico el atolón llamado Nukuoro (durante mucho tiempo conocido como Monteverde en honor a su descubridor para los europeos, Juan Bautista Monteverde). Se trata de un atolón situado en alguna parte del trayecto entre Pohnpei y Kapingamarangi que realmente nunca se llega a avistar a no ser que se pretenda alargar la ruta. Como Kapingamarangi, Nukuoro (compuesto por 40 islotes habitados por 370 personas) también pertenece a Pohnpei y sus habitantes comparten algunas características culturales y étnicas como parte del idioma, que se corresponden en un 50% aproximadamente con el kapinga.

Lo único verdadero es que nunca nadie llegó a solicitar la soberanía española, seguramente, lo más cierto es que nunca llegaran a serlo a pesar de los minúsculos asentamientos que pudo haber o lo que diga la historia. Además, en 1986 Naciones Unidas dio por finalizado el periodo de tiempo para realizar cualquier reclamación sobre territorios de estas características; y por si fuera poco, es lógico pensar que el objetivo de España con la firma de los tratados que incluían sus islas en el Pacífico no fue otro que el de deshacerse de aquellos territorios que realmente no ofrecían grandes posibilidades económicas y estaban muy a desmano.

En cualquier caso, en 1990 y tras firmar un tratado de libre asociación con los Estados Unidos de América, Kapingamarangi, Nukuoro, Matador y Ulithi se unieron a los Estados Federados de Micronesia como parte integrante que son del Estado Federado de Pohnpei. Al margen de estos atolones, Rongerik es parte de las Islas Marshall y Mapia de Indonesia.

Así terminaba de forma oficial la fantasía de la Micronesia Española, algo casi menos real que el literario Reino de Redonda y su republicano rey Xavier I.

Kapingamarangi, Pescadores y el posible error de Santos Pastor
Apasionante o no, al menos es llamativa la historia de estos territorios en general y en particular la de Kapingamarangi, un lugar que sólo recibe visitas de un barco del Gobierno de Pohnpei un par de veces al año y cuyos niños tienen que abandonar la escuela a los 14 años si quieren seguir estudiando. En ese caso sólo regresarán a su atolón para las vacaciones de verano en el mismo barco que lleva las provisiones (gasolina, tabaco, medicinas…) para los isleños. Pero todo esto no termina aquí.

Mapa de la David Rumsey Collection en el que aparece Piscadores

Mapa de la David Rumsey Collection en el que aparece Piscadores

Después del revuelo que puede provocar un descubrimiento como el de Santos Pastor, hay quien dice, y los mapas están ahí, que el historiador español confundió el atolón de Pescadores (actual Enawatak: 11º 29’ 17,6’’ N – 167º 26’ 1.3’’ E) con Kapingamarangi, que se encuentra a bastante distancia. O al menos, Pescadores es como llama a un atolón de las Islas Marshall un mapa fechado en 1790 que el explorador francés Le Perouse arrebató a un galeón español. Lo mismo dice un mapa de Playfair de 1814 de la David Rumsey Collection, al igual que un mapa de Tompson (1817) y otro de Goodrich (1830), ambos pertenecientes a la misma colección.

Fronteras caprichosas, líneas inventadas
Por si fuera poco, este no es el único hecho matizable en las conclusiones de Santos Pastor, al menos en lo referente a localizar atolones minúsculos en océanos inmensos, además de la evidente dificultad que ya tuvieron los cartógrafos y navegantes para identificar territorios que luego plasmaron en los mapas, algo que es normal que lleve a errores históricos.

Verdaderamente, decir que esos territorios alguna vez pertenecieron a España, apenas en un puñado de ellos hay huellas de una presencia sólida más allá de la religión, nombres y apellidos evidentemente españoles, es como mínimo una boutade. Ni aquí ni allí ha tenido nadie constancia de pertenecer verdaderamente a España durante mucho tiempo, si es que alguna vez hubo constancia de ello más allá de una mera curiosidad o un alarde imperialista ridículo. Tampoco los territorios se prestaban mucho a ello.

A los habitantes de aquellos territorios no les ha hecho mucha falta saber a quién pertenecía la tierra en la que se han asentado generaciones y generaciones. Ellos la habitaban y sobrevivían con su economía de subsistencia casi todo el tiempo –salvo en 1916, que Kapingamarangi fue evacuada por el Gobierno japonés debido a una sequía– y con poca necesidad de lo que viniera del exterior, fuera español o no.

De todas formas, no deja de ser llamativo, interesante y casi divertido que la aventura colonial española diera coletazos hasta hace tan poco tiempo y se puedan encontrar retazos históricos en lugares no lejanos, sino que ejemplifican lo remoto y lo aislado. Algo que, como las propias islas del Pacífico, diseminadas por una extensión inabarcable, es difícil de creer.

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Notas de lectura

Persépolis, de Marjane Satrapi: Una historia jamás contada

'Persépolis', comic de Marjane Satrapi

‘Persépolis’, comic de Marjane Satrapi

Persépolis es una autobiografía bastante fuera de lo común: primero porque narra un tiempo y lugar sembrado de tópicos y desconocido para mucha gente, el Irán de la revolución islámica y sus antecedentes; y segundo porque se trata de una autobiografía en comic.

Marjane Satrapi cuenta una parte de su vida –infancia y juventud– en la que la cultura de su país, Irán, experimentó grandes cambios. Además de la influencia que esos cambios tuvieron en su vida, Satrapi narra el tiempo que pasó fuera de su país durante algunos años de juventud y su regreso a Irán para empezar la universidad.

Los cambios en Irán, las guerras, el desconocimiento de su país, el intento por buscar un espacio en un lugar que le es ajeno o la diferencia entre su país de origen dan muchos matices a esta obra.

El trazo del dibujo se respeta de principio a fin, pero nada tiene que ver la forma de representar a los personajes en un principio con la forma en que se los representa después, plasmando el cambio de circunstancias de la protagonista y su forma de estar en el mundo.

Pero si hay que destacar algo en Persépolis es el tono en que está escrito: llama la atención y atrapa. Al principio, un tono “naïf” lo envuelve casi todo, es una niña la que empieza a contar su historia, pero luego es la joven que empieza a crecer y se convierte en adulta la que toma la palabra. La vida le obliga a crecer rápidamente, pero lo cuenta sin dramas, aunque sin perder la conciencia de lo que está pasando.

Está muy conseguido el cambio de visión que la autora y a la vez protagonista experimenta desde su infancia hasta que empieza a tomar conciencia de su vida y de lo que ocurre a su alrededor, algo que casi siempre ocurre a golpes.

Ficha:
Persépolis, de Marjane Satrapi. Editado por Norma Editorial en un volumen integral, sexta edición de 2010. Traducido por Albert Agut.

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Notas de lectura

‘Pirineos, tristes montes’, por Severino Pallaruelo: Lo que la montaña guarda

Portada del libro 'Pirineo, tristes montes'

Portada del libro ‘Pirineo, tristes montes’, editado por Xordica

Hay libros que misteriosamente te llegan porque alguien decide hacértelos llegar o por algún extraño azar. Suelen ser libros que no pertenecen a editoriales grandes, pueden estar publicados hace más o menos tiempo, pero son raros de encontrar en librerías comunes y, seguramente, si no fuera porque alguien se encargó de hacértelos llegar nunca habrías dado con ellos o quizá sólo has tropezado con ellos por haber viajado a ciertos lugares: seguramente sea ésta una de las razones más poderosas para seguir entrando en librerías cuando viajas.

Suelen ser libros cuidados en su edición, agradables de leer por su soporte –papel, tinta, letra, encuadernación–, es lo que tienen las editoriales pequeñas, cuidan lo que tienen; los títulos sugerentes no son exclusivos de este tipo de libros, pero si echo un vistazo a mi biblioteca encuentro que estos libros de los que hablo los tienen más a menudo que otros.

Este es el caso de Pirineos, tristes montes. No tenía la más mínima idea de este autor (Severino Pallaruelo) y mi primer contacto con esa zona lo tuve poco antes de que me regalaran el libro –por cierto, me han regalado muchos otros antes que este y aún esperan a ser leídos–, pero desde el primer momento me pudo la curiosidad por saber quién estaba detrás (un aragonés de Puyarruego que además de escribir sobre los pirineos y sus gentes conoce muy bien la zona, ha escrito guías, novelas, cuentos, recuperado mitos, escrito sobre antiguos oficios…) y dónde estaban aquellos sitios que escondían esas montañas.

Un título sugerente, una foto de portada que hechiza (es obra del propio autor) y un libro que al agarrarlo incita a leerlo. Luego viene lo importante: historias, a veces casi impresiones, que se leen reposadamente; a pesar de la cortedad de alguna de ellas, no tienen prisa por ser contadas. Casi todas terribles, algunas dejando un resquicio a la esperanza.

Luego el lector puede llegar más allá, no es poco el disfrute que provocan, pero se puede ir más allá. La vida o las elecciones te llevan a conocer los escenarios del libro, el Pirineo más aragonés o el Aragón más pirenaico. Allí conoces la dureza de aquella zona para con sus habitantes –y  para con algunos de sus visitantes o transeúntes–, entonces no tienes más remedio que sentirte un advenedizo mientras caminas por aquella zona o recorres serpenteantes carreteras que en otra época, en el mejor de los casos, fueron caminos pedregosos al antojo de las inclemencias o del simple pasar de los días; lugares donde el frío nunca desaparece y la nieve reina durante muchos meses.

Exactamente eso es este libro: duras y salvajes ascensiones a montañas que te van atrapando de forma contundente, pero siempre poco a poco. Lo que puede parecer un paisaje idílico y bello guarda una cara indómita, a veces desconocida, como sus propios habitantes, como todas las personas.

Ficha:
Pirineos, tristes montes, por Severino Pallaruelo. Editado por primera vez en 1990, aquí la edición de Xordica publicada en junio de 2011.

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Abandonando autopistas

Lugares para morir en primavera: BAELO CLAUDIA

Trajano vigilando el Atlántico desde la Basílica de Baelo Claudia

Trajano vigilando el Atlántico desde la Basílica de Baelo Claudia

Ahora que el otoño está instalado en el lugar donde escribo, me atrevo a dejar una última recomendación, al menos por lo que queda de 2014, de lugares para morir en primavera. Quien tenga recursos y habilidades suficientes podría llegar hasta allí en barco y caminando un poco desde la orilla. Seguro que también se podrá llegar en helicóptero o andando, pero lo más común es llegar en coche: basta con coger la carretera nacional N-340 y en algún lugar indeterminado entre Valdevaqueros y el desvío hacia Facinas encontrarás la carretera comarcal CA-8202, es suficiente con seguirla hasta el final y bajarse del coche, perderse es difícil, pero también puede merecer la pena.

En cuanto se entra en la carretera comarcal, en uno de los márgenes, se encuentra un cartel con el horario de visitas a las ruinas romanas de Baelo Claudia, un destino para el último viaje o para cualquier otro. Resulta paradójico que un lugar abandonado durante un milenio –se dice fácilmente– tenga hoy un centro de visitantes y caminos acotados. Sin embargo, hoy no he venido a hablar de paradojas, vengo a hablar de Belleza.

Historia viva
Fundada en el siglo II a. de C. sobre un asentamiento fenicio, vivió grandes días desde el siglo I a. de C. hasta el II d. de C., pero entonces todo empezó a cambiar, como le pasará a cualquier viajero que se deje seducir por aquel lugar, incluso con sólo verla en la lejanía, ya sea desde la playa, dese el Atlántico abrazado por la ensenada de Bolonia o por las revueltas de la carretera hasta allí.

Un gran movimiento sísmico a mediados del siglo II que provocó un maremoto arrasó parte de la ciudad, esto, unido a la crisis del siglo III y al inicio de ataques piratas de mauritanos y hordas germanas durante ese siglo marcan el inicio de la decadencia –aquí sabemos mucho de eso– hasta el total abandono de la ciudad en el siglo VII.

 Vista panorámica de la ensenada de Bolonia

Vista panorámica de la ensenada de Bolonia

Es probable que tuviera cierta importancia como centro administrativo –todavía se está escavando la zona y se suceden los descubrimientos que lo demuestran–, pero lo que es seguro es que la pesca, la producción de salazones, especialmente atún –todavía se practica en la zona– y el garum fueron las principales fuentes de riqueza del lugar. Gracias a lo que escribió Estrabón pasaría a la historia como “…un puerto donde generalmente se embarca hasta Tingis [antiguo nombre de Tánger], en Mauritania [nada que ver con la Mauritania actual]. También es un emporio que tiene fábricas de salazones…”.

El enclave acostumbra a estar barrido por un viento ideal para navegar y las colinas que rodean los restos de la ciudad mezclan variaciones del verde al gris acompañados por el blanco anaranjado de las dunas, hijas de las que sepultaron la ciudad hasta que entre 1700 y 1900 algunos eruditos dieron alguna noticia sobre ella y a principios del siglo XX el arqueólogo francés Pierre París empezase a escavar en la zona. Aún así, hasta 1966 no se acaba de ser consciente de la magnitud del descubrimiento: uno de los yacimientos romanos más ortodoxos y completos de la península ibérica –foro, teatro, templo, basílica, tres acueductos, murallas, cuatro puertas (entre ellas la de Gades), baños, industrias…

Ruinas de Baelo Claudia con el Átlántico al fondo

Ruinas de Baelo Claudia con el Átlántico al fondo

Por qué morir allí en primavera
Cuando llegas, tras haberlo visto aparecer entre los recodos de la carretera o más allá de la playa, piensas que estás contemplando un trozo de la historia. En realidad es la historia quien te contempla: impertérrita, ajena a tu presencia, sin importarle; realmente le da igual. Es el visitante quien se perturba ante aquella vista. Basta con pensar un momento en los avatares vividos y sufridos: fundada hace más de 22 siglos, vivió un gran esplendor, pero también la llegada de piratas, sobrevivió a un maremoto, fue abandonada, sepultada por las dunas y rescatada para nosotros.

No hace falta un centro de interpretación, maquetas ni referencias bibliográficas eruditas para imaginar todo lo que allí ocurrió. Sencillamente llegas y ocurre: el adelanto tecnológico que representa el motor del coche que te llevó hasta allí o el teléfono que hace fotos tienen la misma importancia que tú ante aquel monumento: ninguna. Otros fueron más importantes allí, sin embargo, para ti es mero espectáculo, reminiscencias, recuerdos, a lo sumo admiración y respeto.

Sólo puede salvarte la posibilidad de reconocerte afín a aquellos que la construyeron y la habitaron, aunque ciertamente os separa un abismo. Fueron ellos los que la vivieron, la habitaron, lucharon, murieron allí o la vieron aparecer desde el mar cuando aquello era un destino tras una travesía inimaginable con un mar descortés –el mejor de los días–. Sólo aquellos que la descubrieron y le quitaron el polvo pudieron experimentar alguna sensación similar que sus propios habitantes o los que la conquistaron, la sometieron y la vieron aparecer al final de la travesía. Tú sólo eres alguien impresionado –quizá también impresionable– por lo que lleva allí más de 2 milenios.

Lo cierto es que Baelo Claudia es imprescindible. Cualquier dios mayor del Olimpo romano daría su poder no por ser adorado allí –ya fue adorada la Triada Capitolina y la deidad egipcia Isis (muy adorada en la Península Ibérica)–, sino por vivir allí. Con dunas blancas rodeándola, desde una elevación suficiente como para saber por dónde vendrán las tormentas y con el camino abierto hasta la playa. Cuesta creer las razones para que un día aquellos templos dejaran paso al abandono, cuesta irse sabiendo que no podrás vivir allí, que como mucho, cual víctima en un péplum, podrás dejarte caer por lo que queda del empedrado romano haciéndote pasar por un triste patricio que ya nunca volverá a conocer la juventud y cuya bolsa va en franca decadencia.

Ante la mirada del emperador Trajano, al menos queda la posibilidad de divisar el mar desde allí, disfrutar de un privilegio impagable e imaginar las sensaciones que provocaría ver venir las tormentas, los ataques y las naves a puerto con noticias lejanas o recordar al navegante que se encomienda al mar mientras piensa en lo que quedaba por descubrir una vez ya traspasadas las Columnas de Heracles.

Porque realmente es eso lo que es Baelo Claudia, un lugar más allá de las columnas de Heracles. Quizás un lugar para morir en primavera.

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