Sobrevivir a los domingos

‘La primavera de la esfinge’, de Luís García Montero

Poeta reputado entre poetas, no poetas y rockeros (Quique González se inspiró en su poema Aunque tú no lo sepas para su canción del mismo nombre), Luís García Montero ha tenido desde muy joven una voz propia como poeta. Eeste poema de su libro La intimidad de la serpiente (Tusquets. Barcelona, 2003) es una buena muestra de ello: bello, pausado y real.

“Olvídate de mí si estás conmigo.
Podemos permitirnos este lujo
de abandonar los nombres,
porque el nombre es razón de los ausentes,
y nosotros estamos en la luz,
en el aire que corta las dulces siluetas,
en el tiempo que ordena las palabras
y en los escalofríos del jardín.
Incluso en la memoria que quiso ser presente.

Después vendrá el otoño
y volverán los nombres a los labios.
Apágame, viajero,
la luz cuando te vayas.

Recuérdame, lector,
al doblar esta página.”

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Abandonando autopistas

Lugares para morir en primavera: GRANADA

Calleja que sube hacia el Albaycín / Carmen Crespo

Calleja que sube hacia el Albaycín / Carmen Crespo

Si están leyendo esto es porque han sobrevivido a la última primavera y no consideraron Roma como un lugar para morir. Puede que yo les alabe el gusto y puede que Roma sea un lugar al que regresar y morir un poco cada vez, en lugar de morir de una vez. Pero todavía tengo un par de sugerencias más para quien quiera tenerlas en cuenta. La primera de ella es Granada.

Vigilada por la “fortaleza roja”, bajo el afilado perfil del Veleta y toda Sierra Nevada, llena de viajeros, turistas, visitantes, itinerantes, granadinos y gentes de cualquier lugar y condición –yo los conocí a casi todos–, Granada siempre está dispuesta a dejar una huella indeleble.

Cualquier época del año puede ser buena para morir en Granada, pero en primavera, mientras algunos aún suben a dejarse caer por las últimas pistas abiertas en Sierra Nevada, se toman descaradamente las calles, los visitantes e itinerantes agradecen el temprano cambio de temperatura y los fines de semana empiezan a dejar visitantes en las zona de veraneo puede que sea el mejor de todos los momentos.

Luego será demasiado tarde. Aunque las noches de verano sean frescas y agradables, el sol crujirá sobre el empedrado viejo y los foráneos maldecirán el mismo sol que agradecieron en primavera. Y el otoño… El otoño puede acuchillarte en un callejón y presentarte sin avisar a un invierno que nunca olvidarás, por todo lo bueno vivido y por el viento helado que derrama El Veleta sobre la ciudad.

Artesonado de La Alhambra / Carmen Crespo

Artesonado de La Alhambra / Carmen Crespo

Un despropósito urbanístico casi siempre, un lugar sucio a ratos y una meca según el barrio. Pero también un lugar donde disfrutar de un toque improvisado o transportarse con la visión casi mística de un artesonado nazarí o las sombras de unas celosías. Granada  es una ciudad con multitud de lugares donde lamerse las heridas o incluso disfrutar de ellas.

Artesonado de La Alhambra II

Artesonado de La Alhambra II

Después de haber vivido en Granada
Las ciudades donde has vivido siempre te invitan a regresar –lo que no significa hacerlo–, sin embargo, Granada no dejará de invitarte a vivir de nuevo allí. Ser abandonado en Granada, volver a enamorarte o sencillamente saber que seguías vivo es diferente a experimentarlo en otro lugar. Y puestos a tener que pasar por algunos de los peores y mejores tragos de tu vida, mejor que eso ocurra en Granada, donde siempre encontrarás un lugar para brindar o un callejón con pendiente por el que dejar resbalar el dolor mientras piensas si lo recogerás cuando la cuesta termine.

Herencias
Se lo escuché a alguien gritarlo desde la puerta de una panadería, “los granainos os habéis quedado con lo peor de los moros y los judíos”, el desprecio se notaba aunque fuera dicho en tono de broma. Si bien es cierto que tengo un conocido que defiende que lo que ocurrió con la civilización árabe en la Península Ibérica fue una invasión de los bárbaros cristianos, .

Lo cierto es que ni judíos ni árabes se han largado de Granada, aunque hace siglos que fueron expulsados. Algunos todavía la transitan y son muchas las ocasiones en que tú transitas sobre ellos. Restos monumentales, el trazado sinuoso y a veces incomprensible, edificios, nombres y expresiones, la cerámica, la sempiterna Alhambra o artesanos de la música que mantienen el legado que los árabes hicieron florecer hace más de un milenio no paran de recordarte dónde estás.

La Alhambra y Granada / Carmen Crespo

La Alhambra y Granada / Carmen Crespo

Puede que las sugerentes melodías andalusíes no sean más que una reminiscencia, pero lo cierto es que Granada es una de las dos escuelas de guitarreros que hay en España; también es una cuna para cantaores y tocaores; y cualquiera puede observar que el rock tiene profundas raíces en una ciudad con una increíble concentración de bandas y conciertos.

Estribillos y paseos desde el atardecer hasta el centro de la noche
Granada a veces es fría –dicen que a los granadinos les cuesta abrir las puertas de sus casas, pero que cuando te la abren las tendrás abiertas para siempre– y la primavera no es una excepción, pero como en los estribillos de las canciones de Lapido, la ciudad acaba rebelando su verdad y es muy posible que quedes atrapado en ella.

Corren dos ríos partiendo la ciudad y cada uno de ellos te mete y te saca de la ciudad siguiendo la senda, a veces abrupta, que trazan. Pero esos mismos ríos te sitúan y te llevan a de un lugar a otro. A veces son la guía, otras un murmullo y las más una referencia para no perderse más de la cuenta en una ciudad por la que conviene perderse y si no, hará que te dejes llevar. Además, los GPS no servirán en muchos lugares por la ausencia de cobertura entre callejuelas, callejones, callejas y calles con nombres que no olvidarás (Ruedabolas, Damasqueros, Mano de hierro…).

Juan Miguel Carmona trabajando una guitarra

Juan Miguel Carmona trabajando una guitarra

En Granada no es difícil encontrar un coche atronando con inframúsica, pero es mucho más natural que en ningún otro sitio del mundo escuchar como la madera dispuesta a ser guitarra se entrega a la lija en el interior de un taller con olor antiguo. O esa madera ya guitarra y se afina por primera vez. Como en la canción de Lapido, la ciudad tiene mil reencarnaciones iguales y distintas a las vidas pasadas, todas confluyen hoy, aunque nadie las recuerde.

Quizá tengas casa allí o te baste con la de unos amigos, pero lo que ocurra fuera de ellas será siempre mejor que lo que ocurrió dentro. Por eso desearás despedirte de la ciudad tras una noche que fue más que el intervalo entre el final de un día y el comienzo de  otro, tras haber sido testigo de la Granada nocturna y con los restos del vapor de algún alucinógeno en mitad de un parque, echando a la Luna de un puntapié y agarrando al Sol por las solapas para que termine de salir y no se esconda por más tiempo. Porque hay que vivir otro día en Granada.

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