El mundo gira en un sentido absurdo

La justicia poética también va contra Granados y cía.

De todas las justicias que hay en el mundo la que más me gusta es la justicia poética, incluso me gusta más que el comercio (no tan) justo. Es lenta, no siempre efectiva y a veces ni siquiera actúa, pero en tiempos como los que corren es casi la única que funciona, la oficial hace mucho que dejó de ser ciega, o si lo es tiene asesores con inclinaciones muy concretas.

La justicia poética me enamora, me hace sonreír, me divierte y me reconcilia con el mundo, además, siempre ofrece una sonrisa. Regala sorpresas y pequeñas venganzas, venganzas no personales, sino ese tipo de venganzas que la vida teje por cuenta propia. A a eso hay que añadir que los delincuentes rara vez piensan que llegaran a experimentarla en sus propias carnes, en el caso de que la conozcan. Aunque realmente no sé si en algún momento llegan a considerar la posibilidad de que la justicia los cace, sea la que sea.

Nadie sabe cuánto tiempo va a pasar en la cárcel Francisco Granados, lo normal será que poco tirando a poquísimo. Seguramente, en el caso de resultar culpable, las penas por sus delitos serán ridículas en comparación a lo hecho (casi siempre lo son, la mayoría de cosas no se pueden reparar) y las indemnizaciones y costas apagar probablemente resulten una broma, pero eso da igual. Lo importante ya ha pasado, todo el mundo sabe que está involucrado en un caso de corrupción.

Pero hay algo mejor, quizá Granados ni sea consciente, pero está viviendo una de esas sorpresas, una de las pequeñas venganzas que la vida prepara en silencio y que no se ven venir: está encarcelado en una prisión que el mismo inauguró cuando era consejero del gobierno de la Comunidad de Madrid que presidía Esperanza Aguirre. “…La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…” cantaría Rubén Blades. Por cierto, quien hacía los honores aquel día era un insigne profesor universitario, por entonces ministro del Interior, el doctor Alfredo Pérez Rubalcaba.

Algo parecido ocurre con David Marjaliza, según parece, socio de  Granados en este colectivo de emprendedores que alimentaba sus negocios con dinero público, con lo que le cuesta a un emprendedor conseguir financión en la actualidad. En una conversación telefónica que se ha filtrado, Granados le decía a  Marjaliza, “David, la UCO está investigando”, a lo que Marjaliza preguntaba: “¿Qué es eso de la UCO?”.  Desconozco si alguien se lo ha explicado ya.

Tampoco conozco si cuando a Granados le fue comunicado el traslado desde la cárcel de Soto del Real a la de Estremera cayó en la cuenta de lo que ahora casi todo el mundo sabe: aquella cárcel… Otra cuestión sobre la que tampoco tengo certezas es de si Marjaliza tiene ya claro lo que es la UCO tras haber sido detenido por esos señores con chalecos de color “verde Guardia Civil” con el acrónimo “UCO” escrito en la espalda. Lo que sé es que de haber estado en sus respectivos pellejos se me habría desencajado la mandíbula en una mueca mitad divertida y mitad derrotada ante el irónico puntapié que la vida me estaba haciendo encajar, ya fuera por verme encarcelado en una prisión que yo mismo habría inaugurado o por que me detuviera un ente que desconocía hasta casi antes de ayer.

Aunque pensándolo mejor, uno tipos como estos estarán dedicados a cuestiones más elevadas. Seguro.

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Abandonando autopistas

Lugares para morir en primavera: BAELO CLAUDIA

Trajano vigilando el Atlántico desde la Basílica de Baelo Claudia

Trajano vigilando el Atlántico desde la Basílica de Baelo Claudia

Ahora que el otoño está instalado en el lugar donde escribo, me atrevo a dejar una última recomendación, al menos por lo que queda de 2014, de lugares para morir en primavera. Quien tenga recursos y habilidades suficientes podría llegar hasta allí en barco y caminando un poco desde la orilla. Seguro que también se podrá llegar en helicóptero o andando, pero lo más común es llegar en coche: basta con coger la carretera nacional N-340 y en algún lugar indeterminado entre Valdevaqueros y el desvío hacia Facinas encontrarás la carretera comarcal CA-8202, es suficiente con seguirla hasta el final y bajarse del coche, perderse es difícil, pero también puede merecer la pena.

En cuanto se entra en la carretera comarcal, en uno de los márgenes, se encuentra un cartel con el horario de visitas a las ruinas romanas de Baelo Claudia, un destino para el último viaje o para cualquier otro. Resulta paradójico que un lugar abandonado durante un milenio –se dice fácilmente– tenga hoy un centro de visitantes y caminos acotados. Sin embargo, hoy no he venido a hablar de paradojas, vengo a hablar de Belleza.

Historia viva
Fundada en el siglo II a. de C. sobre un asentamiento fenicio, vivió grandes días desde el siglo I a. de C. hasta el II d. de C., pero entonces todo empezó a cambiar, como le pasará a cualquier viajero que se deje seducir por aquel lugar, incluso con sólo verla en la lejanía, ya sea desde la playa, dese el Atlántico abrazado por la ensenada de Bolonia o por las revueltas de la carretera hasta allí.

Un gran movimiento sísmico a mediados del siglo II que provocó un maremoto arrasó parte de la ciudad, esto, unido a la crisis del siglo III y al inicio de ataques piratas de mauritanos y hordas germanas durante ese siglo marcan el inicio de la decadencia –aquí sabemos mucho de eso– hasta el total abandono de la ciudad en el siglo VII.

 Vista panorámica de la ensenada de Bolonia

Vista panorámica de la ensenada de Bolonia

Es probable que tuviera cierta importancia como centro administrativo –todavía se está escavando la zona y se suceden los descubrimientos que lo demuestran–, pero lo que es seguro es que la pesca, la producción de salazones, especialmente atún –todavía se practica en la zona– y el garum fueron las principales fuentes de riqueza del lugar. Gracias a lo que escribió Estrabón pasaría a la historia como “…un puerto donde generalmente se embarca hasta Tingis [antiguo nombre de Tánger], en Mauritania [nada que ver con la Mauritania actual]. También es un emporio que tiene fábricas de salazones…”.

El enclave acostumbra a estar barrido por un viento ideal para navegar y las colinas que rodean los restos de la ciudad mezclan variaciones del verde al gris acompañados por el blanco anaranjado de las dunas, hijas de las que sepultaron la ciudad hasta que entre 1700 y 1900 algunos eruditos dieron alguna noticia sobre ella y a principios del siglo XX el arqueólogo francés Pierre París empezase a escavar en la zona. Aún así, hasta 1966 no se acaba de ser consciente de la magnitud del descubrimiento: uno de los yacimientos romanos más ortodoxos y completos de la península ibérica –foro, teatro, templo, basílica, tres acueductos, murallas, cuatro puertas (entre ellas la de Gades), baños, industrias…

Ruinas de Baelo Claudia con el Átlántico al fondo

Ruinas de Baelo Claudia con el Átlántico al fondo

Por qué morir allí en primavera
Cuando llegas, tras haberlo visto aparecer entre los recodos de la carretera o más allá de la playa, piensas que estás contemplando un trozo de la historia. En realidad es la historia quien te contempla: impertérrita, ajena a tu presencia, sin importarle; realmente le da igual. Es el visitante quien se perturba ante aquella vista. Basta con pensar un momento en los avatares vividos y sufridos: fundada hace más de 22 siglos, vivió un gran esplendor, pero también la llegada de piratas, sobrevivió a un maremoto, fue abandonada, sepultada por las dunas y rescatada para nosotros.

No hace falta un centro de interpretación, maquetas ni referencias bibliográficas eruditas para imaginar todo lo que allí ocurrió. Sencillamente llegas y ocurre: el adelanto tecnológico que representa el motor del coche que te llevó hasta allí o el teléfono que hace fotos tienen la misma importancia que tú ante aquel monumento: ninguna. Otros fueron más importantes allí, sin embargo, para ti es mero espectáculo, reminiscencias, recuerdos, a lo sumo admiración y respeto.

Sólo puede salvarte la posibilidad de reconocerte afín a aquellos que la construyeron y la habitaron, aunque ciertamente os separa un abismo. Fueron ellos los que la vivieron, la habitaron, lucharon, murieron allí o la vieron aparecer desde el mar cuando aquello era un destino tras una travesía inimaginable con un mar descortés –el mejor de los días–. Sólo aquellos que la descubrieron y le quitaron el polvo pudieron experimentar alguna sensación similar que sus propios habitantes o los que la conquistaron, la sometieron y la vieron aparecer al final de la travesía. Tú sólo eres alguien impresionado –quizá también impresionable– por lo que lleva allí más de 2 milenios.

Lo cierto es que Baelo Claudia es imprescindible. Cualquier dios mayor del Olimpo romano daría su poder no por ser adorado allí –ya fue adorada la Triada Capitolina y la deidad egipcia Isis (muy adorada en la Península Ibérica)–, sino por vivir allí. Con dunas blancas rodeándola, desde una elevación suficiente como para saber por dónde vendrán las tormentas y con el camino abierto hasta la playa. Cuesta creer las razones para que un día aquellos templos dejaran paso al abandono, cuesta irse sabiendo que no podrás vivir allí, que como mucho, cual víctima en un péplum, podrás dejarte caer por lo que queda del empedrado romano haciéndote pasar por un triste patricio que ya nunca volverá a conocer la juventud y cuya bolsa va en franca decadencia.

Ante la mirada del emperador Trajano, al menos queda la posibilidad de divisar el mar desde allí, disfrutar de un privilegio impagable e imaginar las sensaciones que provocaría ver venir las tormentas, los ataques y las naves a puerto con noticias lejanas o recordar al navegante que se encomienda al mar mientras piensa en lo que quedaba por descubrir una vez ya traspasadas las Columnas de Heracles.

Porque realmente es eso lo que es Baelo Claudia, un lugar más allá de las columnas de Heracles. Quizás un lugar para morir en primavera.

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Abandonando autopistas

Lugares para morir en primavera: GRANADA

Calleja que sube hacia el Albaycín / Carmen Crespo

Calleja que sube hacia el Albaycín / Carmen Crespo

Si están leyendo esto es porque han sobrevivido a la última primavera y no consideraron Roma como un lugar para morir. Puede que yo les alabe el gusto y puede que Roma sea un lugar al que regresar y morir un poco cada vez, en lugar de morir de una vez. Pero todavía tengo un par de sugerencias más para quien quiera tenerlas en cuenta. La primera de ella es Granada.

Vigilada por la “fortaleza roja”, bajo el afilado perfil del Veleta y toda Sierra Nevada, llena de viajeros, turistas, visitantes, itinerantes, granadinos y gentes de cualquier lugar y condición –yo los conocí a casi todos–, Granada siempre está dispuesta a dejar una huella indeleble.

Cualquier época del año puede ser buena para morir en Granada, pero en primavera, mientras algunos aún suben a dejarse caer por las últimas pistas abiertas en Sierra Nevada, se toman descaradamente las calles, los visitantes e itinerantes agradecen el temprano cambio de temperatura y los fines de semana empiezan a dejar visitantes en las zona de veraneo puede que sea el mejor de todos los momentos.

Luego será demasiado tarde. Aunque las noches de verano sean frescas y agradables, el sol crujirá sobre el empedrado viejo y los foráneos maldecirán el mismo sol que agradecieron en primavera. Y el otoño… El otoño puede acuchillarte en un callejón y presentarte sin avisar a un invierno que nunca olvidarás, por todo lo bueno vivido y por el viento helado que derrama El Veleta sobre la ciudad.

Artesonado de La Alhambra / Carmen Crespo

Artesonado de La Alhambra / Carmen Crespo

Un despropósito urbanístico casi siempre, un lugar sucio a ratos y una meca según el barrio. Pero también un lugar donde disfrutar de un toque improvisado o transportarse con la visión casi mística de un artesonado nazarí o las sombras de unas celosías. Granada  es una ciudad con multitud de lugares donde lamerse las heridas o incluso disfrutar de ellas.

Artesonado de La Alhambra II

Artesonado de La Alhambra II

Después de haber vivido en Granada
Las ciudades donde has vivido siempre te invitan a regresar –lo que no significa hacerlo–, sin embargo, Granada no dejará de invitarte a vivir de nuevo allí. Ser abandonado en Granada, volver a enamorarte o sencillamente saber que seguías vivo es diferente a experimentarlo en otro lugar. Y puestos a tener que pasar por algunos de los peores y mejores tragos de tu vida, mejor que eso ocurra en Granada, donde siempre encontrarás un lugar para brindar o un callejón con pendiente por el que dejar resbalar el dolor mientras piensas si lo recogerás cuando la cuesta termine.

Herencias
Se lo escuché a alguien gritarlo desde la puerta de una panadería, “los granainos os habéis quedado con lo peor de los moros y los judíos”, el desprecio se notaba aunque fuera dicho en tono de broma. Si bien es cierto que tengo un conocido que defiende que lo que ocurrió con la civilización árabe en la Península Ibérica fue una invasión de los bárbaros cristianos, .

Lo cierto es que ni judíos ni árabes se han largado de Granada, aunque hace siglos que fueron expulsados. Algunos todavía la transitan y son muchas las ocasiones en que tú transitas sobre ellos. Restos monumentales, el trazado sinuoso y a veces incomprensible, edificios, nombres y expresiones, la cerámica, la sempiterna Alhambra o artesanos de la música que mantienen el legado que los árabes hicieron florecer hace más de un milenio no paran de recordarte dónde estás.

La Alhambra y Granada / Carmen Crespo

La Alhambra y Granada / Carmen Crespo

Puede que las sugerentes melodías andalusíes no sean más que una reminiscencia, pero lo cierto es que Granada es una de las dos escuelas de guitarreros que hay en España; también es una cuna para cantaores y tocaores; y cualquiera puede observar que el rock tiene profundas raíces en una ciudad con una increíble concentración de bandas y conciertos.

Estribillos y paseos desde el atardecer hasta el centro de la noche
Granada a veces es fría –dicen que a los granadinos les cuesta abrir las puertas de sus casas, pero que cuando te la abren las tendrás abiertas para siempre– y la primavera no es una excepción, pero como en los estribillos de las canciones de Lapido, la ciudad acaba rebelando su verdad y es muy posible que quedes atrapado en ella.

Corren dos ríos partiendo la ciudad y cada uno de ellos te mete y te saca de la ciudad siguiendo la senda, a veces abrupta, que trazan. Pero esos mismos ríos te sitúan y te llevan a de un lugar a otro. A veces son la guía, otras un murmullo y las más una referencia para no perderse más de la cuenta en una ciudad por la que conviene perderse y si no, hará que te dejes llevar. Además, los GPS no servirán en muchos lugares por la ausencia de cobertura entre callejuelas, callejones, callejas y calles con nombres que no olvidarás (Ruedabolas, Damasqueros, Mano de hierro…).

Juan Miguel Carmona trabajando una guitarra

Juan Miguel Carmona trabajando una guitarra

En Granada no es difícil encontrar un coche atronando con inframúsica, pero es mucho más natural que en ningún otro sitio del mundo escuchar como la madera dispuesta a ser guitarra se entrega a la lija en el interior de un taller con olor antiguo. O esa madera ya guitarra y se afina por primera vez. Como en la canción de Lapido, la ciudad tiene mil reencarnaciones iguales y distintas a las vidas pasadas, todas confluyen hoy, aunque nadie las recuerde.

Quizá tengas casa allí o te baste con la de unos amigos, pero lo que ocurra fuera de ellas será siempre mejor que lo que ocurrió dentro. Por eso desearás despedirte de la ciudad tras una noche que fue más que el intervalo entre el final de un día y el comienzo de  otro, tras haber sido testigo de la Granada nocturna y con los restos del vapor de algún alucinógeno en mitad de un parque, echando a la Luna de un puntapié y agarrando al Sol por las solapas para que termine de salir y no se esconda por más tiempo. Porque hay que vivir otro día en Granada.

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El mundo gira en un sentido absurdo

No les basta con negar la realidad, tienen que reescribir la historia

Primera anotación en el diario de a bordo del primer viaje de Colón

Primera anotación en el diario de a bordo del primer viaje de Colón

Pertenecer a un partido cruel con la ciudadanía, defender actitudes que se traducen en desconsideración y mentira para las personas –los que te votan y los que no–, comer de las arcas públicas, etc. no parece suficiente para algunos. Hay que llegar más allá. No les basta con negar una realidad y reírse de la gente, hacer reformas educativas y proponer libros ridículos –unos y otros–, aún les quedan cosas por hacer, lo del otro día fue sólo un ejemplo.

Esto es lo último, pero la megalomanía de los poderosos, en realidad un alcalde de capital de provincia, no conoce límites. Nunca he ido a un mitin del pepé, ni de ningún otro partido, sin embargo estoy seguro de que deben ser sitios que ofrecen experiencias radicales y vida al límite. No fue una excepción el mitin que el pasado lunes (19 de mayo) organizó el pepé en Sevilla como uno más de sus actos electorales de cara a las inminentes –¡menos mal!– elecciones europeas.

Con la impunidad con la que se invisten a sí mismo los políticos españoles y con su gracejo sevillano, Juan Ignacio Zoido –alcalde de Sevilla– decidió que las 2 carabelas y la nao en las que partió Colón y su tripulación hacia América habían salido de Sevilla: “De aquí salieron las naves para descubrir América” aseveró el primer edil de Sevilla. Además se permitió el detalle de decir que todos los demás estábamos equivocados: “Aunque os digan que las naves salieron de Palos, es mentira, las naves salieron de aquí” aseguró el iluminado edil.

Me pregunto: ¿Tan lejos tiene que llegar una persona para darle lustre a su ciudad (por cierto, no es de Sevilla capital este tipejo)? ¿No es Sevilla suficientemente bonita por sí misma? ¿Necesita usted decir mentiras tan bajas y ridículas o es que acostumbrado a ser falsario como político español que es ya no sabe parar? ¿Tanto complejo de inferioridad sufre usted?

Supongo que lo siguiente será decir que la gamba fresca se pesca también en Sevilla, que el “pescaito” frito es más sevillano que la Giralda y que el salmorejo sevillano –que lo vieron así escrito “estos ojitos”, como diría la Vargas, en un bar de la Alfalfa (Sevilla)– es un plato estrella de la gastronomía sevillana que los cordobeses copiaron. El resto miraremos como el pez grande se come al chico.

Seguramente si digo que el perfil del político español se caracteriza por la mentira y la indigencia intelectual algunos se enfadarán, “no todos son así” dirán muchos; pero desde luego es un hecho que el perfil de Juan Ignacio Zoido se caracteriza por la indigencia intelectual y por la mentira, el mismo lo dejó claro el otro día.

Quizá es que llegaba todavía alegre de ese mercado de ganado sevillano que derivó en acto social al que no se puede faltar si eres alguien en este país o fuera de él, hablo de la Feria de Abril. Pero seguro que no, Zoido tiene pinta de hombre serio y poco dado a embriagarse. A él seguro que las cosas le salen así de naturales. Lo cierto es que no es nada nuevo, igual que el partido al que pertenece el señor Zoido se ríe de la gente de a pie y que intenta sobrevivir al día a día haciendo las cosas bien, Zoido se rió de todos aquellos que se echaron al mar, gente de a pie, o incluso de más abajo, y gente que pensaba que había algo más que lo conocido hasta ahora, un nuevo mundo que descubrir.

Aquellos que tienen la posibilidad de votarlo pueden seguir haciéndolo, pero nunca extrañarse de un comportamiento que dejó claro hace tiempo. Luego pedirá perdón diciendo que sólo era un comentario en broma −ya lo hizo antes− y continuará con su labor, la que los ciudadanos le encargaron, al menos unos cuantos. Y esto que me hace reaccionar no es orgullo o que me hayan tocado el lugar donde nací –en Huelva somos los primeros indolentes, catetos y poco dados a luchar por lo nuestro– , es asco porque realmente hay otros como él que piensan que el mundo es como ellos dicen y que no tenemos más remedio que creerlo a pies juntillas, aunque realmente son seres ridículos y sin instrucción.

Ellos creen que tienen los conocimientos y que no precisan de más: el otro día lo dijo la señora Valenciano (que nada tiene que ver con el PP, según ella, yo no lo tengo tan claro y creo que no soy el único) hablando de su ausencia de titulación universitaria: “Me parece un poco reduccionista intentar saber lo que uno sabe si tiene el título o no de Ciencias Políticas. Tengo la formación pero no tengo el título. Hice tres años” comentó en una entrevista (mejor no hablar de la formulación de la frase, daría para un opúsculo, como mínimo). Y la verdad, queda muy bien dicho si tienes título, pero si no revela cierto complejo de inferioridad, pero ella es política y está por encima de eso.

Teología y dogmas de fe de andar por casa, tampoco necesitan más.

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El mundo gira en un sentido absurdo

Emigrar no es lo que sale en ‘Españoles por el mundo’

Hokkaido straight way  / OpenCage

Hokkaido straight way / OpenCage

Hace tiempo que llevo dándole vueltas al asunto. Yo he estado allí y sé lo que es eso. Además, conozco a más gente ahí fuera que me ofrecen versiones de primera mano. Emigrar es una gran experiencia, puede ser un placer –como es un placer descubrir cosas nuevas y buenas–, pero no es jauja.

Tras mucho tiempo pensando en este tema, el otro día leí un texto bastante sincero, coherente, interesante y realista de un tipo con el que no me une más que disfrutar con el baloncesto: Piti Hurtado. Hurtado se largó hace unos cuantos meses a entrenar a un equipo en Hokkaidō (Japón) –ya tenía experiencia en Baja California (México) y en Utah (Estados Unidos de América): un tipo curtido en estar lejos de su tierra y de su familia–. Sin recurrir a los tópicos  de “echo mucho de menos a mi familia y la comida…”, explica como rompió con el hilo atávico que lo une a su tierra –hilo atávico queda muy poético, pero realmente lo atávico es una cadena con cosas buenas y malas, con cuestiones mundanas y otras profundamente metidas en la sangre de cada uno– para irse a entrenar a Japón.

Con la misma honestidad que relata que si prescindía del pivot americano vago y poco dado a entrenarse lo que le quedaba eran pívots locales tamaño “gnomo” o que la improvisación no es el fuerte de los japoneses, cuenta lo extraordinario que es sumergirse en una cultura radicalmente diferente y lo bueno que fueron las visitas de su familia ayudándole a no tirar la toalla cuando estar lejos de todo lo conocido y lo querido es una mierda absoluta, más si cabe cuando tienes hijos y pareja que están lejos. Cualquiera que haya emigrado sabe lo que es eso, lo mal que Skype puede llegar a funcionar o lo jodido que es ver como tus amigos hacen planes en el grupo de WhatsApp mientras tú tienes que trabajar o estás más solo que la una. Sin dramas, pero muy consciente de lo que implica cambiar Extremadura por Japón ante las necesidad de buscar un trabajo, dándole el valor que tiene, disfrutando de lo nuevo sin esconder los graves problemas de comprensión que se pueden tener e incluso sufrir.

Emigrar es conocer gentes y sitios nuevos, pero también es que un español –como tú– te explote en un país de Centro Europa sin hacerte un contrato y teniéndote que pelear con él para que te pague el mes; emigrar es trabajar en lo que has estudiado y te gusta y que te paguen las horas extras o te las cambien por días libres, pero también es que se rían en tu cara y no te den ni una mínima parte de las propinas –las horas extras ni hablamos– en un trabajo con un día de descanso a la semana y jornadas interminables; emigrar es disfrutar de la vida en una gran capital mundial lejos de la que naciste, pero también es tener una carrera, un máster, hablar tres idiomas, defenderte en un cuarto y tener dos trabajos porque con uno no sobrevives; emigrar es descubrir  un lugar mágico que no aparece en las guías, pero también es que el casero se ría de ti porque eres extranjero o que tus compañeros de piso decidan de hoy para mañana que la semana que viene no tendrás piso; emigrar es vivir en un sitio encantador que jamás pensaste siquiera visitar, pero también es que el perro del policía de frontera te huela porque llevas bombones en la mochila y, al ver en tu pasaporte que eres español, el policía lo primero que te diga sea “there’re a lot of weed smokers in Spain” y se te quede cara de imbécil.

Hurtado, como muchos otros en este tiempo y en este lugar, es un tipo que ve esquilmado su espacio –probablemente también cansado de la explotación que sufrimos aquí, lo mismo que muchos otros– y que decide hacer las maletas: fin. Ese es el don y la maldición. Su franqueza no evita que sea consciente de que es un privilegiado; un tipo con las dosis de lucidez que deja ver en sus análisis sabe que muchos otros han emigrado en peores condiciones y con pésimas perspectivas de futuro.

Dudo mucho que el señor Hurtado se haya hecho rico tras su experiencia japonesa –si fuera así no pensaría en volver a Japón (¿para qué si ya es rico?) o estaría seguro de que va a volver para hacerse más rico aún–, pero está claro es que sí sabe lo que es la emigración, todo lo bueno y lo malo que implica. Piti Hurtado es un entrenador de baloncesto, pero también muchas otras cosas, por eso da igual que cuando lean el texto al que hago referencia (lo pueden encontrar aquí) no distingan un pívot de un escolta tirador o que piensen que un tipo de 1.96 es un gigante –lo es, pero no para jugar al baloncesto–, como todas las cosas importantes, el texto llega muchísimo más allá del baloncesto, habla de la vida.

Gracias señor Hurtado, o como está acostumbrado a oír últimamente: “domo-arigato” –que me corrijan si lo he puesto mal–. Sin tonterías ni medias tintas usted explica lo que es emigrar, igual de pedagógico e ilustrativo que sus videos de baloncesto, sincero y honesto. Disculpe el exceso de confianza al tomarle como ejemplo, pero su discurso vale mucho. Con gente así en nuestro país no entiendo como estamos metidos en tal fangal, bueno, sí lo sé: porque las decisiones no las toman personas sensatas y sabías que saben de lo que hablan.

Amenazo con volver sobre este tema porque queda mucho por decir.

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