Regreso al pasado

1° 4’ 0’’ N – 154° 47’ 0’’ E: La última frontera

El trayecto es largo, probablemente uno de los más largos: entre 40 y 65 horas de avión desde Madrid que, según la ruta, pasará por lugares como Londres, Seúl, Chicago, San Francisco, Miami, Tokio, Honolulú o Guam y hará paradas técnicas en algunas islas hawaianas o sitios tan extraños como Truck-Truck hasta llegar a Pohnpei. Sellos en el pasaporte, cambios horarios, colas en aeropuertos y una isla remota como parada intermedia antes del destino final, un lugar aun más remoto.

Llegando a Pohnpei se acaban los vuelos regulares, los billetes de avión o cualquier otro transporte con línea regular e incluso irregular. Lo que queda es alquilar un barco, en la zona no hay hidroaviones o helicópteros con autonomía suficiente para ir y venir –en el destino no se puede repostar y carece de aeropuerto entre muchas otras cosas–. Pohnpei (o Ponape) ya es un lugar remoto de por sí, pero al menos tiene aeropuerto con salidas regulares. Eso y un cementerio de barcos.

Oceanía en la actualidad

Oceanía en la actualidad (pulsar en la imagen para ampliar)

En Pohnpei el Pacífico ya no es un paisaje bajo el avión, es una realidad líquida que más bien parece sólida con el tamaño y la contundencia del mayor océano de la Tierra. La poesía queda desbordada por la realidad y los mapas que con dificultad situaban atolones y archipiélagos son una guía difícil de creer. Todo debe estar en algún punto del horizonte, pero parece increible, más aun cuando tras días de navegación no se divisa tierra en ninguna dirección.

Con un barco alquilado y una tripulación dispuesta, sólo queda navegar durante unos cuatro días por el Pacífico en una travesía de casi 800 kilómetros hasta Kapingamarangi (1° 4’ 0’’ N – 154° 47’ 0’’ E).

Kapingamarangi (Greenwich A.) en un mapa de la David Rumsey Collection

Kapingamarangi (Greenwich A.) en un mapa de la David Rumsey Collection

Si los vuelos en avión no han sido suficientes, un océano tan vasto como el Pacífico siempre puede deparar alguna sorpresa: una tormenta que se prolongue durante una noche que termina pareciendo infinita; la ausencia de viento (suerte que los veleros actuales guardan un motor entre sentina y cubierta) o la certeza de que la distancia máxima de la costa a la que operan los servicios de emergencia del Estado Federado de Pohnpei (Micronesia) es de “sólo” 100 millas náuticas. Son momentos como estos cuando los marinos que plantaron cara a tormentas en aquellos libros que leímos nos parecen titanes en vez de románticos, viejos sabios en lugar de aventureros o, quizá, locos que buscaban la muerte, puede que sin saberlo, y que llegaron a encontrarla en muchas ocasiones.

Por el camino: muchas millas de agua, puestas de sol mágicas y la certeza de saberse en un medio donde el conocimiento más absoluto no te exime de pagar la cuota si el mar viene a exigirla. Y tarde o temprano vendrá.

770 kilómetros de navegación para ver tierra en el horizonte
Cuando parece que las islas que componen Kapingamarangi están al alcance de la mano aún queda mucho por hacer. Navegando desde Pohnpei hay que rodear el atolón para acceder a la laguna por el único paso que lo permite. El sueño de desembarcar en Kapingamarangi no es sólo una lucha con la lejanía, hay que ser un patrón experto para hacer pasar el barco por un acceso señalado con una sola boya. No hace falta que sea un día de mar brava en los que no hay forma de acceder a la laguna, la corriente del Pacífico siempre jugará en contra del navegante al chocar contra los islotes, los escollos coralinos y la tierra no emergida que se asoma para formar el anillo del atolón que bloquea el acceso a una laguna de 72,9 kilómetros cuadrados.

Mapa del atolón Kapingamarangi

Mapa del atolón Kapingamarangi

Como aquellos alpinistas que suben montañas pero que no consideran exitosa su expedición hasta culminar el descenso, llegar a uno de los lugares más inaccesibles del planeta –apenas a un grado de latitud de la cintura del mundo–, sólo significa un punto intermedio. Pero como punto intermedio, es probablemente uno de los mejores sitios para olvidarse de casi todo y ser conscientes de lo ridículos que somos, como si no fuera ya de por sí extraño el emprender un viaje de estas características.

Kapingamarangi es un atolón compuesto por 33 islotes, de los que sólo tres están habitados, tiene una extensión de 74 km cuadrados siendo apenas 1,1 de ellos tierra emergida. En esa pequeña cantidad de tierra al borde del ecuador terrestres habitan unas 500 personas. El atolón está situado a medio camino entre Polinesia y las Islas Marshall, de hecho, su lengua, el kapinga, y sus pobladores provienen de migraciones prehistóricas de la Polinesia Occidental.

Pero migraciones casi increíble, descubrimientos raros, islas difíciles de fijar en el mapa y rutas casi imposibles de trazar no es lo único que llama la atención de este atolón situado en lo más parecido a “en medio de ninguna parte” que nadie pudo jamás imaginar.

A día de hoy, Kapingamarangi (antes llamada Islas Greenwich por los ingleses, Constantine por los franceses y, según parece, Pescadores por los españoles que la descubrieron para occidente –luego volveremos a esto–) pertenece inapelablemente al Estado Federado de Pohnpei, que está integrado en los Estados Federados de Micronesia (Kapingamarangi es su punto más meridional), pero la historia es más intrincada que todo eso.

Parte de Kapingamarangi / John Harding (1969)

Parte de Kapingamarangi / John Harding (1969)

La larga historia de un territorio pequeño
Según varias fuentes históricas, Kapingamarangi fue descubierta en 1537 durante el transcurso de una expedición dirigida por Fernando de Grijalva que partió desde Paita (Perú) con la intención de explorar el Océano Pacífico, aunque lo cierto es que no dio unas indicaciones concretas sobre su localización. Seguramente, entre otras cosas, fue porque al regresar a la línea ecuatorial tras no poder alcanzar California a causa de unos vientos desfavorables, fue asesinado por su tripulación tras un motín –estos querían dirigirse hacia las Islas Molucas y Grijalva rechazó la idea de entrar en un territorio perteneciente a Portugal–. Viajar no siempre fue un placer o una aventura fantástica, hubo un tiempo en que era más frecuente morir durante un viaje que regresar.

Durante los siglos posteriores al descubrimiento de este tipo de territorios en el Pacífico, hubo varios intentos no muy contundentes de colonización por parte de los españoles, sin embargo, acabaron fracasando –los atolones suelen carecer de recursos más allá de los propios para la subsistencia y son lugares muy alejados de todo, más si cabe con las tecnologías del pasado–, a eso hay que unir el declive del “Imperio Español” hasta consumarse en 1898. Éstas circunstancias hicieron que el “Lago Español”, como se le llamó pretenciosamente durante mucho tiempo al Océano Pacífico, dejara de serlo, si es que alguna vez lo fue.

Las posesiones españolas en el Pacífico se fueron perdiendo definitivamente –al menos así parecía– tras el desastre de la Guerra de Cuba en 1898 y la firma del Tratado Germano Español en 1899. Como muestra de la dificultad de controlar una extensión de océano tan enorme con unas posesiones tan diminutas, baste decir que el acuerdo con Estados Unidos por el que España le entregaba la soberanía de sus principales plazas en el Pacífico tuvo que ser reescrito en varias ocasiones, ya que la dispersión y lo minúsculo de las islas y los atolones complicó la elaboración del listado definitivo.

Con una flota envejecida y un país mermado de recursos, el siguiente paso fue la firma del Tratado Germano Español por el que se vendía al II Imperio Germano los archipiélagos de las Islas Carolinas y Marianas (incluyendo Palaos, pero excluyendo Guam que ya era propiedad de los Estados Unidos de América desde 1898) por 25 millones de pesetas de la época. En este tratado, el Gobierno español se reservó alguna cláusula que permitía mantener las misiones religiosas y comerciales establecidas en la zona, además de un depósito de carbón para la Marina  en Palaos y otro en las Marianas incluso en momentos de guerra.

Parecía que con esto acababa el sueño de las aguas transparentes, la arena nívea y las islas con cocotales donde descansar al amparo de la suave brisa oceánica del Pacífico –la misma que a veces se vuelve huracán– y en esto que llegó un historiador de CSIC, Emilio Santos Pastor, que en el año 1948 determinó que en el Tratado Germano Español no se habían incluido, seguramente por olvido o desconocimiento, una serie de territorios que seguían perteneciendo a España. En ese momento, Kapingamarangi, como muchos otros territorios del Pacífico, había pasado por bastantes avatares. Alemania perdió la isla en favor de Japón tras la I Guerra Mundial. Japón, al pertenecer al bando ganador que lideraba Estados Unidos, se quedó con la autoridad de los terriotiros germanos en el Pacífico.

Oceanía tras la primera guerra mundial,  mapa de 1920

Oceanía tras la primera guerra mundial, mapa de 1920

Más tarde, al estar Japón en el bando perdedor de la II Guerra Mundial, las Naciones Unidas cedieron la administración de este territorio a Estados Unidos. Era 1945 y USA manejaría gran parte del Pacífico casi a su antojo durante una larga temporada: desplazaron población para la realización de pruebas nucleares en algunos atolones, crearon bases militares y administraron territorios que eran prácticamente autónomos dentro del nivel de subsistencia que ofrecían unos lugares con características similares a Kapingamarangi.

Según parece, el descubrimiento español llegó al consejo de ministros y Francisco Franco, jefe de estado “por una gracia de dios” en aquel momento, decidió no solicitar ninguna soberanía sobre territorios del Pacífico. España no estaba en las Naciones Unidas ni tenía aliados en ella debido a su papel en la II Guerra Mundial: neutral pero con una poco disimulada inclinación hacia Hitler. Además, la postguerra era una realidad bastante patente que hacía imposible cualquier aventura colonialista de esa magnitud.

Otros territorios antes de llegar a la última frontera
Además de Kapingamarangi, Santos Pastor identificaba 5 territorios más sobre los que, según él, España podía solicitar soberanía. Mapia (o Palau Bras) también quedó fuera de los tratados del siglo XIX, los últimos que firmó España para ceder su soberanía en el Pacífico. Hoy en día, Mapia es una isla perteneciente a Indonesia y está considerada un gran destino para el buceo. El historiador español también incluía Rongerik, que al igual que Kapingamarangi, pudo ser descubierta por Fernando de Grijalva. En este caso se trata de un atolón deshabitado excepto durante el tiempo que duraron las pruebas nucleares de las Islas Bikinis, ya que USA realojó allí a dicha población. Se compone de 22 islotes y en la actualidad es parte del estado que forman las Islas Marshall, pero según Santos Pastor nunca fue incluida en ningún tratado de cesión.

Mapa del atolón Rongerik

Mapa del atolón Rongerik

A una considerable distancia de Rongerik está Matador, un territorio que se encuentra cercano a Kapingamarangi –todo lo cercano que se puede considerar en una zona donde la cercanía se mide en cientos de millas náuticas– otro de los territorios españoles reclamables. Matador (2º 38’ 48,4’’ N – 159º 32’ 33,4’’E) es en la actualidad un pequeño escollo marino que apenas emerge de las aguas del Pacífico, una formación coralina que hoy en día aparece en los mapas como una zona blanca, indicando que se trata de un territorio no completamente emergido. Aunque no hay constancia de que fuera diferente en otro tiempo, lo cierto es que aparece en los mapas desde hace varios siglos.

Unido a estos cuatro territorios, Santos Pastor señalaba el atolón Ulithi, que aunque fue considerado como parte de las Islas Carolinas por los alemanes, en una interpretación estricta de un laudo papal de 1885 quedaba excluida de las Carolinas por razones geográficas. Completarían los supuestos territorios españoles de ultramar en el Océano Pacífico el atolón llamado Nukuoro (durante mucho tiempo conocido como Monteverde en honor a su descubridor para los europeos, Juan Bautista Monteverde). Se trata de un atolón situado en alguna parte del trayecto entre Pohnpei y Kapingamarangi que realmente nunca se llega a avistar a no ser que se pretenda alargar la ruta. Como Kapingamarangi, Nukuoro (compuesto por 40 islotes habitados por 370 personas) también pertenece a Pohnpei y sus habitantes comparten algunas características culturales y étnicas como parte del idioma, que se corresponden en un 50% aproximadamente con el kapinga.

Lo único verdadero es que nunca nadie llegó a solicitar la soberanía española, seguramente, lo más cierto es que nunca llegaran a serlo a pesar de los minúsculos asentamientos que pudo haber o lo que diga la historia. Además, en 1986 Naciones Unidas dio por finalizado el periodo de tiempo para realizar cualquier reclamación sobre territorios de estas características; y por si fuera poco, es lógico pensar que el objetivo de España con la firma de los tratados que incluían sus islas en el Pacífico no fue otro que el de deshacerse de aquellos territorios que realmente no ofrecían grandes posibilidades económicas y estaban muy a desmano.

En cualquier caso, en 1990 y tras firmar un tratado de libre asociación con los Estados Unidos de América, Kapingamarangi, Nukuoro, Matador y Ulithi se unieron a los Estados Federados de Micronesia como parte integrante que son del Estado Federado de Pohnpei. Al margen de estos atolones, Rongerik es parte de las Islas Marshall y Mapia de Indonesia.

Así terminaba de forma oficial la fantasía de la Micronesia Española, algo casi menos real que el literario Reino de Redonda y su republicano rey Xavier I.

Kapingamarangi, Pescadores y el posible error de Santos Pastor
Apasionante o no, al menos es llamativa la historia de estos territorios en general y en particular la de Kapingamarangi, un lugar que sólo recibe visitas de un barco del Gobierno de Pohnpei un par de veces al año y cuyos niños tienen que abandonar la escuela a los 14 años si quieren seguir estudiando. En ese caso sólo regresarán a su atolón para las vacaciones de verano en el mismo barco que lleva las provisiones (gasolina, tabaco, medicinas…) para los isleños. Pero todo esto no termina aquí.

Mapa de la David Rumsey Collection en el que aparece Piscadores

Mapa de la David Rumsey Collection en el que aparece Piscadores

Después del revuelo que puede provocar un descubrimiento como el de Santos Pastor, hay quien dice, y los mapas están ahí, que el historiador español confundió el atolón de Pescadores (actual Enawatak: 11º 29’ 17,6’’ N – 167º 26’ 1.3’’ E) con Kapingamarangi, que se encuentra a bastante distancia. O al menos, Pescadores es como llama a un atolón de las Islas Marshall un mapa fechado en 1790 que el explorador francés Le Perouse arrebató a un galeón español. Lo mismo dice un mapa de Playfair de 1814 de la David Rumsey Collection, al igual que un mapa de Tompson (1817) y otro de Goodrich (1830), ambos pertenecientes a la misma colección.

Fronteras caprichosas, líneas inventadas
Por si fuera poco, este no es el único hecho matizable en las conclusiones de Santos Pastor, al menos en lo referente a localizar atolones minúsculos en océanos inmensos, además de la evidente dificultad que ya tuvieron los cartógrafos y navegantes para identificar territorios que luego plasmaron en los mapas, algo que es normal que lleve a errores históricos.

Verdaderamente, decir que esos territorios alguna vez pertenecieron a España, apenas en un puñado de ellos hay huellas de una presencia sólida más allá de la religión, nombres y apellidos evidentemente españoles, es como mínimo una boutade. Ni aquí ni allí ha tenido nadie constancia de pertenecer verdaderamente a España durante mucho tiempo, si es que alguna vez hubo constancia de ello más allá de una mera curiosidad o un alarde imperialista ridículo. Tampoco los territorios se prestaban mucho a ello.

A los habitantes de aquellos territorios no les ha hecho mucha falta saber a quién pertenecía la tierra en la que se han asentado generaciones y generaciones. Ellos la habitaban y sobrevivían con su economía de subsistencia casi todo el tiempo –salvo en 1916, que Kapingamarangi fue evacuada por el Gobierno japonés debido a una sequía– y con poca necesidad de lo que viniera del exterior, fuera español o no.

De todas formas, no deja de ser llamativo, interesante y casi divertido que la aventura colonial española diera coletazos hasta hace tan poco tiempo y se puedan encontrar retazos históricos en lugares no lejanos, sino que ejemplifican lo remoto y lo aislado. Algo que, como las propias islas del Pacífico, diseminadas por una extensión inabarcable, es difícil de creer.

Standard
El mundo gira en un sentido absurdo

La justicia poética también va contra Granados y cía.

De todas las justicias que hay en el mundo la que más me gusta es la justicia poética, incluso me gusta más que el comercio (no tan) justo. Es lenta, no siempre efectiva y a veces ni siquiera actúa, pero en tiempos como los que corren es casi la única que funciona, la oficial hace mucho que dejó de ser ciega, o si lo es tiene asesores con inclinaciones muy concretas.

La justicia poética me enamora, me hace sonreír, me divierte y me reconcilia con el mundo, además, siempre ofrece una sonrisa. Regala sorpresas y pequeñas venganzas, venganzas no personales, sino ese tipo de venganzas que la vida teje por cuenta propia. A a eso hay que añadir que los delincuentes rara vez piensan que llegaran a experimentarla en sus propias carnes, en el caso de que la conozcan. Aunque realmente no sé si en algún momento llegan a considerar la posibilidad de que la justicia los cace, sea la que sea.

Nadie sabe cuánto tiempo va a pasar en la cárcel Francisco Granados, lo normal será que poco tirando a poquísimo. Seguramente, en el caso de resultar culpable, las penas por sus delitos serán ridículas en comparación a lo hecho (casi siempre lo son, la mayoría de cosas no se pueden reparar) y las indemnizaciones y costas apagar probablemente resulten una broma, pero eso da igual. Lo importante ya ha pasado, todo el mundo sabe que está involucrado en un caso de corrupción.

Pero hay algo mejor, quizá Granados ni sea consciente, pero está viviendo una de esas sorpresas, una de las pequeñas venganzas que la vida prepara en silencio y que no se ven venir: está encarcelado en una prisión que el mismo inauguró cuando era consejero del gobierno de la Comunidad de Madrid que presidía Esperanza Aguirre. “…La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…” cantaría Rubén Blades. Por cierto, quien hacía los honores aquel día era un insigne profesor universitario, por entonces ministro del Interior, el doctor Alfredo Pérez Rubalcaba.

Algo parecido ocurre con David Marjaliza, según parece, socio de  Granados en este colectivo de emprendedores que alimentaba sus negocios con dinero público, con lo que le cuesta a un emprendedor conseguir financión en la actualidad. En una conversación telefónica que se ha filtrado, Granados le decía a  Marjaliza, “David, la UCO está investigando”, a lo que Marjaliza preguntaba: “¿Qué es eso de la UCO?”.  Desconozco si alguien se lo ha explicado ya.

Tampoco conozco si cuando a Granados le fue comunicado el traslado desde la cárcel de Soto del Real a la de Estremera cayó en la cuenta de lo que ahora casi todo el mundo sabe: aquella cárcel… Otra cuestión sobre la que tampoco tengo certezas es de si Marjaliza tiene ya claro lo que es la UCO tras haber sido detenido por esos señores con chalecos de color “verde Guardia Civil” con el acrónimo “UCO” escrito en la espalda. Lo que sé es que de haber estado en sus respectivos pellejos se me habría desencajado la mandíbula en una mueca mitad divertida y mitad derrotada ante el irónico puntapié que la vida me estaba haciendo encajar, ya fuera por verme encarcelado en una prisión que yo mismo habría inaugurado o por que me detuviera un ente que desconocía hasta casi antes de ayer.

Aunque pensándolo mejor, uno tipos como estos estarán dedicados a cuestiones más elevadas. Seguro.

Standard
Abandonando autopistas

Lugares para morir en primavera: BAELO CLAUDIA

Trajano vigilando el Atlántico desde la Basílica de Baelo Claudia

Trajano vigilando el Atlántico desde la Basílica de Baelo Claudia

Ahora que el otoño está instalado en el lugar donde escribo, me atrevo a dejar una última recomendación, al menos por lo que queda de 2014, de lugares para morir en primavera. Quien tenga recursos y habilidades suficientes podría llegar hasta allí en barco y caminando un poco desde la orilla. Seguro que también se podrá llegar en helicóptero o andando, pero lo más común es llegar en coche: basta con coger la carretera nacional N-340 y en algún lugar indeterminado entre Valdevaqueros y el desvío hacia Facinas encontrarás la carretera comarcal CA-8202, es suficiente con seguirla hasta el final y bajarse del coche, perderse es difícil, pero también puede merecer la pena.

En cuanto se entra en la carretera comarcal, en uno de los márgenes, se encuentra un cartel con el horario de visitas a las ruinas romanas de Baelo Claudia, un destino para el último viaje o para cualquier otro. Resulta paradójico que un lugar abandonado durante un milenio –se dice fácilmente– tenga hoy un centro de visitantes y caminos acotados. Sin embargo, hoy no he venido a hablar de paradojas, vengo a hablar de Belleza.

Historia viva
Fundada en el siglo II a. de C. sobre un asentamiento fenicio, vivió grandes días desde el siglo I a. de C. hasta el II d. de C., pero entonces todo empezó a cambiar, como le pasará a cualquier viajero que se deje seducir por aquel lugar, incluso con sólo verla en la lejanía, ya sea desde la playa, dese el Atlántico abrazado por la ensenada de Bolonia o por las revueltas de la carretera hasta allí.

Un gran movimiento sísmico a mediados del siglo II que provocó un maremoto arrasó parte de la ciudad, esto, unido a la crisis del siglo III y al inicio de ataques piratas de mauritanos y hordas germanas durante ese siglo marcan el inicio de la decadencia –aquí sabemos mucho de eso– hasta el total abandono de la ciudad en el siglo VII.

 Vista panorámica de la ensenada de Bolonia

Vista panorámica de la ensenada de Bolonia

Es probable que tuviera cierta importancia como centro administrativo –todavía se está escavando la zona y se suceden los descubrimientos que lo demuestran–, pero lo que es seguro es que la pesca, la producción de salazones, especialmente atún –todavía se practica en la zona– y el garum fueron las principales fuentes de riqueza del lugar. Gracias a lo que escribió Estrabón pasaría a la historia como “…un puerto donde generalmente se embarca hasta Tingis [antiguo nombre de Tánger], en Mauritania [nada que ver con la Mauritania actual]. También es un emporio que tiene fábricas de salazones…”.

El enclave acostumbra a estar barrido por un viento ideal para navegar y las colinas que rodean los restos de la ciudad mezclan variaciones del verde al gris acompañados por el blanco anaranjado de las dunas, hijas de las que sepultaron la ciudad hasta que entre 1700 y 1900 algunos eruditos dieron alguna noticia sobre ella y a principios del siglo XX el arqueólogo francés Pierre París empezase a escavar en la zona. Aún así, hasta 1966 no se acaba de ser consciente de la magnitud del descubrimiento: uno de los yacimientos romanos más ortodoxos y completos de la península ibérica –foro, teatro, templo, basílica, tres acueductos, murallas, cuatro puertas (entre ellas la de Gades), baños, industrias…

Ruinas de Baelo Claudia con el Átlántico al fondo

Ruinas de Baelo Claudia con el Átlántico al fondo

Por qué morir allí en primavera
Cuando llegas, tras haberlo visto aparecer entre los recodos de la carretera o más allá de la playa, piensas que estás contemplando un trozo de la historia. En realidad es la historia quien te contempla: impertérrita, ajena a tu presencia, sin importarle; realmente le da igual. Es el visitante quien se perturba ante aquella vista. Basta con pensar un momento en los avatares vividos y sufridos: fundada hace más de 22 siglos, vivió un gran esplendor, pero también la llegada de piratas, sobrevivió a un maremoto, fue abandonada, sepultada por las dunas y rescatada para nosotros.

No hace falta un centro de interpretación, maquetas ni referencias bibliográficas eruditas para imaginar todo lo que allí ocurrió. Sencillamente llegas y ocurre: el adelanto tecnológico que representa el motor del coche que te llevó hasta allí o el teléfono que hace fotos tienen la misma importancia que tú ante aquel monumento: ninguna. Otros fueron más importantes allí, sin embargo, para ti es mero espectáculo, reminiscencias, recuerdos, a lo sumo admiración y respeto.

Sólo puede salvarte la posibilidad de reconocerte afín a aquellos que la construyeron y la habitaron, aunque ciertamente os separa un abismo. Fueron ellos los que la vivieron, la habitaron, lucharon, murieron allí o la vieron aparecer desde el mar cuando aquello era un destino tras una travesía inimaginable con un mar descortés –el mejor de los días–. Sólo aquellos que la descubrieron y le quitaron el polvo pudieron experimentar alguna sensación similar que sus propios habitantes o los que la conquistaron, la sometieron y la vieron aparecer al final de la travesía. Tú sólo eres alguien impresionado –quizá también impresionable– por lo que lleva allí más de 2 milenios.

Lo cierto es que Baelo Claudia es imprescindible. Cualquier dios mayor del Olimpo romano daría su poder no por ser adorado allí –ya fue adorada la Triada Capitolina y la deidad egipcia Isis (muy adorada en la Península Ibérica)–, sino por vivir allí. Con dunas blancas rodeándola, desde una elevación suficiente como para saber por dónde vendrán las tormentas y con el camino abierto hasta la playa. Cuesta creer las razones para que un día aquellos templos dejaran paso al abandono, cuesta irse sabiendo que no podrás vivir allí, que como mucho, cual víctima en un péplum, podrás dejarte caer por lo que queda del empedrado romano haciéndote pasar por un triste patricio que ya nunca volverá a conocer la juventud y cuya bolsa va en franca decadencia.

Ante la mirada del emperador Trajano, al menos queda la posibilidad de divisar el mar desde allí, disfrutar de un privilegio impagable e imaginar las sensaciones que provocaría ver venir las tormentas, los ataques y las naves a puerto con noticias lejanas o recordar al navegante que se encomienda al mar mientras piensa en lo que quedaba por descubrir una vez ya traspasadas las Columnas de Heracles.

Porque realmente es eso lo que es Baelo Claudia, un lugar más allá de las columnas de Heracles. Quizás un lugar para morir en primavera.

Standard
Abandonando autopistas

Lugares para morir en primavera: GRANADA

Calleja que sube hacia el Albaycín / Carmen Crespo

Calleja que sube hacia el Albaycín / Carmen Crespo

Si están leyendo esto es porque han sobrevivido a la última primavera y no consideraron Roma como un lugar para morir. Puede que yo les alabe el gusto y puede que Roma sea un lugar al que regresar y morir un poco cada vez, en lugar de morir de una vez. Pero todavía tengo un par de sugerencias más para quien quiera tenerlas en cuenta. La primera de ella es Granada.

Vigilada por la “fortaleza roja”, bajo el afilado perfil del Veleta y toda Sierra Nevada, llena de viajeros, turistas, visitantes, itinerantes, granadinos y gentes de cualquier lugar y condición –yo los conocí a casi todos–, Granada siempre está dispuesta a dejar una huella indeleble.

Cualquier época del año puede ser buena para morir en Granada, pero en primavera, mientras algunos aún suben a dejarse caer por las últimas pistas abiertas en Sierra Nevada, se toman descaradamente las calles, los visitantes e itinerantes agradecen el temprano cambio de temperatura y los fines de semana empiezan a dejar visitantes en las zona de veraneo puede que sea el mejor de todos los momentos.

Luego será demasiado tarde. Aunque las noches de verano sean frescas y agradables, el sol crujirá sobre el empedrado viejo y los foráneos maldecirán el mismo sol que agradecieron en primavera. Y el otoño… El otoño puede acuchillarte en un callejón y presentarte sin avisar a un invierno que nunca olvidarás, por todo lo bueno vivido y por el viento helado que derrama El Veleta sobre la ciudad.

Artesonado de La Alhambra / Carmen Crespo

Artesonado de La Alhambra / Carmen Crespo

Un despropósito urbanístico casi siempre, un lugar sucio a ratos y una meca según el barrio. Pero también un lugar donde disfrutar de un toque improvisado o transportarse con la visión casi mística de un artesonado nazarí o las sombras de unas celosías. Granada  es una ciudad con multitud de lugares donde lamerse las heridas o incluso disfrutar de ellas.

Artesonado de La Alhambra II

Artesonado de La Alhambra II

Después de haber vivido en Granada
Las ciudades donde has vivido siempre te invitan a regresar –lo que no significa hacerlo–, sin embargo, Granada no dejará de invitarte a vivir de nuevo allí. Ser abandonado en Granada, volver a enamorarte o sencillamente saber que seguías vivo es diferente a experimentarlo en otro lugar. Y puestos a tener que pasar por algunos de los peores y mejores tragos de tu vida, mejor que eso ocurra en Granada, donde siempre encontrarás un lugar para brindar o un callejón con pendiente por el que dejar resbalar el dolor mientras piensas si lo recogerás cuando la cuesta termine.

Herencias
Se lo escuché a alguien gritarlo desde la puerta de una panadería, “los granainos os habéis quedado con lo peor de los moros y los judíos”, el desprecio se notaba aunque fuera dicho en tono de broma. Si bien es cierto que tengo un conocido que defiende que lo que ocurrió con la civilización árabe en la Península Ibérica fue una invasión de los bárbaros cristianos, .

Lo cierto es que ni judíos ni árabes se han largado de Granada, aunque hace siglos que fueron expulsados. Algunos todavía la transitan y son muchas las ocasiones en que tú transitas sobre ellos. Restos monumentales, el trazado sinuoso y a veces incomprensible, edificios, nombres y expresiones, la cerámica, la sempiterna Alhambra o artesanos de la música que mantienen el legado que los árabes hicieron florecer hace más de un milenio no paran de recordarte dónde estás.

La Alhambra y Granada / Carmen Crespo

La Alhambra y Granada / Carmen Crespo

Puede que las sugerentes melodías andalusíes no sean más que una reminiscencia, pero lo cierto es que Granada es una de las dos escuelas de guitarreros que hay en España; también es una cuna para cantaores y tocaores; y cualquiera puede observar que el rock tiene profundas raíces en una ciudad con una increíble concentración de bandas y conciertos.

Estribillos y paseos desde el atardecer hasta el centro de la noche
Granada a veces es fría –dicen que a los granadinos les cuesta abrir las puertas de sus casas, pero que cuando te la abren las tendrás abiertas para siempre– y la primavera no es una excepción, pero como en los estribillos de las canciones de Lapido, la ciudad acaba rebelando su verdad y es muy posible que quedes atrapado en ella.

Corren dos ríos partiendo la ciudad y cada uno de ellos te mete y te saca de la ciudad siguiendo la senda, a veces abrupta, que trazan. Pero esos mismos ríos te sitúan y te llevan a de un lugar a otro. A veces son la guía, otras un murmullo y las más una referencia para no perderse más de la cuenta en una ciudad por la que conviene perderse y si no, hará que te dejes llevar. Además, los GPS no servirán en muchos lugares por la ausencia de cobertura entre callejuelas, callejones, callejas y calles con nombres que no olvidarás (Ruedabolas, Damasqueros, Mano de hierro…).

Juan Miguel Carmona trabajando una guitarra

Juan Miguel Carmona trabajando una guitarra

En Granada no es difícil encontrar un coche atronando con inframúsica, pero es mucho más natural que en ningún otro sitio del mundo escuchar como la madera dispuesta a ser guitarra se entrega a la lija en el interior de un taller con olor antiguo. O esa madera ya guitarra y se afina por primera vez. Como en la canción de Lapido, la ciudad tiene mil reencarnaciones iguales y distintas a las vidas pasadas, todas confluyen hoy, aunque nadie las recuerde.

Quizá tengas casa allí o te baste con la de unos amigos, pero lo que ocurra fuera de ellas será siempre mejor que lo que ocurrió dentro. Por eso desearás despedirte de la ciudad tras una noche que fue más que el intervalo entre el final de un día y el comienzo de  otro, tras haber sido testigo de la Granada nocturna y con los restos del vapor de algún alucinógeno en mitad de un parque, echando a la Luna de un puntapié y agarrando al Sol por las solapas para que termine de salir y no se esconda por más tiempo. Porque hay que vivir otro día en Granada.

Standard
El mundo gira en un sentido absurdo

No les basta con negar la realidad, tienen que reescribir la historia

Primera anotación en el diario de a bordo del primer viaje de Colón

Primera anotación en el diario de a bordo del primer viaje de Colón

Pertenecer a un partido cruel con la ciudadanía, defender actitudes que se traducen en desconsideración y mentira para las personas –los que te votan y los que no–, comer de las arcas públicas, etc. no parece suficiente para algunos. Hay que llegar más allá. No les basta con negar una realidad y reírse de la gente, hacer reformas educativas y proponer libros ridículos –unos y otros–, aún les quedan cosas por hacer, lo del otro día fue sólo un ejemplo.

Esto es lo último, pero la megalomanía de los poderosos, en realidad un alcalde de capital de provincia, no conoce límites. Nunca he ido a un mitin del pepé, ni de ningún otro partido, sin embargo estoy seguro de que deben ser sitios que ofrecen experiencias radicales y vida al límite. No fue una excepción el mitin que el pasado lunes (19 de mayo) organizó el pepé en Sevilla como uno más de sus actos electorales de cara a las inminentes –¡menos mal!– elecciones europeas.

Con la impunidad con la que se invisten a sí mismo los políticos españoles y con su gracejo sevillano, Juan Ignacio Zoido –alcalde de Sevilla– decidió que las 2 carabelas y la nao en las que partió Colón y su tripulación hacia América habían salido de Sevilla: “De aquí salieron las naves para descubrir América” aseveró el primer edil de Sevilla. Además se permitió el detalle de decir que todos los demás estábamos equivocados: “Aunque os digan que las naves salieron de Palos, es mentira, las naves salieron de aquí” aseguró el iluminado edil.

Me pregunto: ¿Tan lejos tiene que llegar una persona para darle lustre a su ciudad (por cierto, no es de Sevilla capital este tipejo)? ¿No es Sevilla suficientemente bonita por sí misma? ¿Necesita usted decir mentiras tan bajas y ridículas o es que acostumbrado a ser falsario como político español que es ya no sabe parar? ¿Tanto complejo de inferioridad sufre usted?

Supongo que lo siguiente será decir que la gamba fresca se pesca también en Sevilla, que el “pescaito” frito es más sevillano que la Giralda y que el salmorejo sevillano –que lo vieron así escrito “estos ojitos”, como diría la Vargas, en un bar de la Alfalfa (Sevilla)– es un plato estrella de la gastronomía sevillana que los cordobeses copiaron. El resto miraremos como el pez grande se come al chico.

Seguramente si digo que el perfil del político español se caracteriza por la mentira y la indigencia intelectual algunos se enfadarán, “no todos son así” dirán muchos; pero desde luego es un hecho que el perfil de Juan Ignacio Zoido se caracteriza por la indigencia intelectual y por la mentira, el mismo lo dejó claro el otro día.

Quizá es que llegaba todavía alegre de ese mercado de ganado sevillano que derivó en acto social al que no se puede faltar si eres alguien en este país o fuera de él, hablo de la Feria de Abril. Pero seguro que no, Zoido tiene pinta de hombre serio y poco dado a embriagarse. A él seguro que las cosas le salen así de naturales. Lo cierto es que no es nada nuevo, igual que el partido al que pertenece el señor Zoido se ríe de la gente de a pie y que intenta sobrevivir al día a día haciendo las cosas bien, Zoido se rió de todos aquellos que se echaron al mar, gente de a pie, o incluso de más abajo, y gente que pensaba que había algo más que lo conocido hasta ahora, un nuevo mundo que descubrir.

Aquellos que tienen la posibilidad de votarlo pueden seguir haciéndolo, pero nunca extrañarse de un comportamiento que dejó claro hace tiempo. Luego pedirá perdón diciendo que sólo era un comentario en broma −ya lo hizo antes− y continuará con su labor, la que los ciudadanos le encargaron, al menos unos cuantos. Y esto que me hace reaccionar no es orgullo o que me hayan tocado el lugar donde nací –en Huelva somos los primeros indolentes, catetos y poco dados a luchar por lo nuestro– , es asco porque realmente hay otros como él que piensan que el mundo es como ellos dicen y que no tenemos más remedio que creerlo a pies juntillas, aunque realmente son seres ridículos y sin instrucción.

Ellos creen que tienen los conocimientos y que no precisan de más: el otro día lo dijo la señora Valenciano (que nada tiene que ver con el PP, según ella, yo no lo tengo tan claro y creo que no soy el único) hablando de su ausencia de titulación universitaria: “Me parece un poco reduccionista intentar saber lo que uno sabe si tiene el título o no de Ciencias Políticas. Tengo la formación pero no tengo el título. Hice tres años” comentó en una entrevista (mejor no hablar de la formulación de la frase, daría para un opúsculo, como mínimo). Y la verdad, queda muy bien dicho si tienes título, pero si no revela cierto complejo de inferioridad, pero ella es política y está por encima de eso.

Teología y dogmas de fe de andar por casa, tampoco necesitan más.

Standard