Ficciones y no tanto

Un “proceso de selección”

Todo había empezado con una llamada, como casi todas las cosas en la actualidad. Aunque no fue así del todo.

Realmente había comenzado cuando decidí que era el momento de buscar trabajo y para ello creí necesario registrarme en webs y aplicaciones dedicadas a eso. Introduje mi currículo en la web de una archiconocida empresa de trabajo temporal que además de buscar trabajo a la gente –lo de encontrárselo era harina de otro costal–, tenía una vocación humanista, ya que sostenía una fundación con muchos objetivos muy loables.

A los dos días de inscribirme encontré una llamada perdida en mi teléfono móvil y no dudé en responderla. Mi vida social nunca ha sido una maravilla, pero sólo cuando he estado buscando trabajo he hecho ese tipo de cosas.

Efectivamente me llamaban para “un proceso de selección” de una de las empresas donde había introducido mi currículo y marcado algunas preferencias, incluso me había inscrito en alguna oferta de trabajo. En este caso era una beca de prácticas, algo que tal y como estaban las cosas desde hacía años (no muy diferentes como están ahora) tenía carácter de empleo, aunque fuera temporal o precario o temporal y precario.

A los poco tonos me cogió el teléfono una amable joven que me confirmó que llamaba a una empresa de trabajo temporal y me ofrecía su ayuda.

−Me llamo… y supongo que me han llamado por la oferta de…

−Sí, ¿me dice su nombre?

−…

−Ehhhh, sí, … –me dijo tras escucharse cierto barullo de papeles al otro lado del teléfono.

Aquí empezaba lo divertido.

–Efectivamente.

–Buenas, le llamo de la empresa… –me dijo con tono robótico, sin ningún resto de la naturalidad con la que me había respondido a mi llamada, hasta se había aclarado la voz antes de empezar su discurso.

Estuve a punto de decirle que no me había llamado ella, sino que era yo el que estaba llamando, pero lo dejé pasar. No me parecía buena idea llevarle la contraria tan pronto a la persona que va a decidir si eres apto o no para un trabajo. Además, dudé entre si no sabía conjugar los verbos o directamente era tan imbécil que no era capaz de dar su discurso sin la menor variación. Quizá había querido decir “Le he llamado por…”, pero lo cierto es que lo dijo en un presente alto y claro. En cualquier caso, decidí callar.

Con su voz robótica me explicó las condiciones de la oferta, el porqué de la misma y la razón para contactar con un paria como yo, mientras al otro lado de la línea yo asentía recién despierto sobre la cama desvencijada que cada noche disipaba mi capacidad para el descanso. Era la cama de un paria.

A pesar de estar aturdido por un otoño más caluroso de lo que cabía esperar en Madrid, no necesitaba confirmación para saber que la persona que iba a determinar si era o no la persona adecuada para realizar las funciones que requería aquella “beca de práctica” era más idiota que yo, que ya es decir, pero no dudó en ofrecerme una confirmación. Estaba hablando con una persona muy diligente y no iba a dejar ningún cabo sin atar.

–Estamos organizando unas dinámicas de grupo, ¿te gustaría participar?

Ahí no pude evitarlo. Me había contenido la primera vez y había soportado la voz robótica contándome todo aquello sin pestañear, sabiendo que estaba más cerca de una máquina que de una persona, pero esa vez no pude contenerme. Seguramente tampoco quise.

Su tono cantarín ofreciéndome la posibilidad de participar en una dinámica de grupo como si me ofreciera un boleto de lotería premiado con 20 millones de euros cuando participar en esa “dinámica de grupo” era la única forma de continuar en el “proceso de selección” me parecía demasiado. Tenía que responder a tal afrenta.

–Si quiero continuar en el “proceso de selección” tengo que participar en la “dinámica de grupo”, ¿verdad? −y para confirmar lo que estaba diciendo continué−, ¿no puedo participar en el proceso de selección sin eso? –le dije con buen tono pero haciéndole ver que aunque fuera un paria no era idiota.

Se rió, estoy seguro de que no pudo evitarlo. Quizá tuviera un destello de inteligencia, más bien un reflejo. Se había dado cuenta de que había dicho una obviedad y yo no la había dejado pasar.

Creo recordar que me emplazó para dos o tres días después en unas grandes oficinas del centro financiero de Madrid. Supe llegar porque un amigo vivía cerca y porque en esa zona había una tienda donde en otra época había rapiñado ofertas de vinilos. Pero de eso hacía mucho. Ya apenas quedaba con amigos y mucho menos compraba discos.

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Notas de lectura

‘Pirineos, tristes montes’, por Severino Pallaruelo: Lo que la montaña guarda

Portada del libro 'Pirineo, tristes montes'

Portada del libro ‘Pirineo, tristes montes’, editado por Xordica

Hay libros que misteriosamente te llegan porque alguien decide hacértelos llegar o por algún extraño azar. Suelen ser libros que no pertenecen a editoriales grandes, pueden estar publicados hace más o menos tiempo, pero son raros de encontrar en librerías comunes y, seguramente, si no fuera porque alguien se encargó de hacértelos llegar nunca habrías dado con ellos o quizá sólo has tropezado con ellos por haber viajado a ciertos lugares: seguramente sea ésta una de las razones más poderosas para seguir entrando en librerías cuando viajas.

Suelen ser libros cuidados en su edición, agradables de leer por su soporte –papel, tinta, letra, encuadernación–, es lo que tienen las editoriales pequeñas, cuidan lo que tienen; los títulos sugerentes no son exclusivos de este tipo de libros, pero si echo un vistazo a mi biblioteca encuentro que estos libros de los que hablo los tienen más a menudo que otros.

Este es el caso de Pirineos, tristes montes. No tenía la más mínima idea de este autor (Severino Pallaruelo) y mi primer contacto con esa zona lo tuve poco antes de que me regalaran el libro –por cierto, me han regalado muchos otros antes que este y aún esperan a ser leídos–, pero desde el primer momento me pudo la curiosidad por saber quién estaba detrás (un aragonés de Puyarruego que además de escribir sobre los pirineos y sus gentes conoce muy bien la zona, ha escrito guías, novelas, cuentos, recuperado mitos, escrito sobre antiguos oficios…) y dónde estaban aquellos sitios que escondían esas montañas.

Un título sugerente, una foto de portada que hechiza (es obra del propio autor) y un libro que al agarrarlo incita a leerlo. Luego viene lo importante: historias, a veces casi impresiones, que se leen reposadamente; a pesar de la cortedad de alguna de ellas, no tienen prisa por ser contadas. Casi todas terribles, algunas dejando un resquicio a la esperanza.

Luego el lector puede llegar más allá, no es poco el disfrute que provocan, pero se puede ir más allá. La vida o las elecciones te llevan a conocer los escenarios del libro, el Pirineo más aragonés o el Aragón más pirenaico. Allí conoces la dureza de aquella zona para con sus habitantes –y  para con algunos de sus visitantes o transeúntes–, entonces no tienes más remedio que sentirte un advenedizo mientras caminas por aquella zona o recorres serpenteantes carreteras que en otra época, en el mejor de los casos, fueron caminos pedregosos al antojo de las inclemencias o del simple pasar de los días; lugares donde el frío nunca desaparece y la nieve reina durante muchos meses.

Exactamente eso es este libro: duras y salvajes ascensiones a montañas que te van atrapando de forma contundente, pero siempre poco a poco. Lo que puede parecer un paisaje idílico y bello guarda una cara indómita, a veces desconocida, como sus propios habitantes, como todas las personas.

Ficha:
Pirineos, tristes montes, por Severino Pallaruelo. Editado por primera vez en 1990, aquí la edición de Xordica publicada en junio de 2011.

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El mundo gira en un sentido absurdo

Emigrar no es lo que sale en ‘Españoles por el mundo’

Hokkaido straight way  / OpenCage

Hokkaido straight way / OpenCage

Hace tiempo que llevo dándole vueltas al asunto. Yo he estado allí y sé lo que es eso. Además, conozco a más gente ahí fuera que me ofrecen versiones de primera mano. Emigrar es una gran experiencia, puede ser un placer –como es un placer descubrir cosas nuevas y buenas–, pero no es jauja.

Tras mucho tiempo pensando en este tema, el otro día leí un texto bastante sincero, coherente, interesante y realista de un tipo con el que no me une más que disfrutar con el baloncesto: Piti Hurtado. Hurtado se largó hace unos cuantos meses a entrenar a un equipo en Hokkaidō (Japón) –ya tenía experiencia en Baja California (México) y en Utah (Estados Unidos de América): un tipo curtido en estar lejos de su tierra y de su familia–. Sin recurrir a los tópicos  de “echo mucho de menos a mi familia y la comida…”, explica como rompió con el hilo atávico que lo une a su tierra –hilo atávico queda muy poético, pero realmente lo atávico es una cadena con cosas buenas y malas, con cuestiones mundanas y otras profundamente metidas en la sangre de cada uno– para irse a entrenar a Japón.

Con la misma honestidad que relata que si prescindía del pivot americano vago y poco dado a entrenarse lo que le quedaba eran pívots locales tamaño “gnomo” o que la improvisación no es el fuerte de los japoneses, cuenta lo extraordinario que es sumergirse en una cultura radicalmente diferente y lo bueno que fueron las visitas de su familia ayudándole a no tirar la toalla cuando estar lejos de todo lo conocido y lo querido es una mierda absoluta, más si cabe cuando tienes hijos y pareja que están lejos. Cualquiera que haya emigrado sabe lo que es eso, lo mal que Skype puede llegar a funcionar o lo jodido que es ver como tus amigos hacen planes en el grupo de WhatsApp mientras tú tienes que trabajar o estás más solo que la una. Sin dramas, pero muy consciente de lo que implica cambiar Extremadura por Japón ante las necesidad de buscar un trabajo, dándole el valor que tiene, disfrutando de lo nuevo sin esconder los graves problemas de comprensión que se pueden tener e incluso sufrir.

Emigrar es conocer gentes y sitios nuevos, pero también es que un español –como tú– te explote en un país de Centro Europa sin hacerte un contrato y teniéndote que pelear con él para que te pague el mes; emigrar es trabajar en lo que has estudiado y te gusta y que te paguen las horas extras o te las cambien por días libres, pero también es que se rían en tu cara y no te den ni una mínima parte de las propinas –las horas extras ni hablamos– en un trabajo con un día de descanso a la semana y jornadas interminables; emigrar es disfrutar de la vida en una gran capital mundial lejos de la que naciste, pero también es tener una carrera, un máster, hablar tres idiomas, defenderte en un cuarto y tener dos trabajos porque con uno no sobrevives; emigrar es descubrir  un lugar mágico que no aparece en las guías, pero también es que el casero se ría de ti porque eres extranjero o que tus compañeros de piso decidan de hoy para mañana que la semana que viene no tendrás piso; emigrar es vivir en un sitio encantador que jamás pensaste siquiera visitar, pero también es que el perro del policía de frontera te huela porque llevas bombones en la mochila y, al ver en tu pasaporte que eres español, el policía lo primero que te diga sea “there’re a lot of weed smokers in Spain” y se te quede cara de imbécil.

Hurtado, como muchos otros en este tiempo y en este lugar, es un tipo que ve esquilmado su espacio –probablemente también cansado de la explotación que sufrimos aquí, lo mismo que muchos otros– y que decide hacer las maletas: fin. Ese es el don y la maldición. Su franqueza no evita que sea consciente de que es un privilegiado; un tipo con las dosis de lucidez que deja ver en sus análisis sabe que muchos otros han emigrado en peores condiciones y con pésimas perspectivas de futuro.

Dudo mucho que el señor Hurtado se haya hecho rico tras su experiencia japonesa –si fuera así no pensaría en volver a Japón (¿para qué si ya es rico?) o estaría seguro de que va a volver para hacerse más rico aún–, pero está claro es que sí sabe lo que es la emigración, todo lo bueno y lo malo que implica. Piti Hurtado es un entrenador de baloncesto, pero también muchas otras cosas, por eso da igual que cuando lean el texto al que hago referencia (lo pueden encontrar aquí) no distingan un pívot de un escolta tirador o que piensen que un tipo de 1.96 es un gigante –lo es, pero no para jugar al baloncesto–, como todas las cosas importantes, el texto llega muchísimo más allá del baloncesto, habla de la vida.

Gracias señor Hurtado, o como está acostumbrado a oír últimamente: “domo-arigato” –que me corrijan si lo he puesto mal–. Sin tonterías ni medias tintas usted explica lo que es emigrar, igual de pedagógico e ilustrativo que sus videos de baloncesto, sincero y honesto. Disculpe el exceso de confianza al tomarle como ejemplo, pero su discurso vale mucho. Con gente así en nuestro país no entiendo como estamos metidos en tal fangal, bueno, sí lo sé: porque las decisiones no las toman personas sensatas y sabías que saben de lo que hablan.

Amenazo con volver sobre este tema porque queda mucho por decir.

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