Abandonando autopistas

Un mar antiguo

Surcos en la arena (Huelva) / DIego Cabrea (@diegocabrerap)

Surcos en la arena (Huelva) / DIego Cabrea (@diegocabrerap)

Al final de una carretera siempre hay un camino, pero cuando al final de la carretera en cuestión está el mar los caminos se multiplican hasta el infinito. Como cualquiera que haya viajado sabe, de las autopistas no se sale, las abandonas cansado de la higiene y del poco roce con el polvo de lo que hay alrededor, las abandonas en busca de un destino real. Eso es lo que haces cuando te quedas al margen de la que va hacia Huelva desde Punta Umbría y te dejas envolver por la carretera HV-4113. Te reciben los pinos y un sinuoso cambio de rasante para  dejar a la izquierda el Estero de la Paja y obligarte a sortear una de esas modernas rotondas. Después empieza el olor a salitre y el aire se hace marino hasta coronar en un lugar privilegiado para otear el Atlántico. Continúas menos de 300 metros y la carretera termina a la vez que te lleva a un cruce entre dunas más o menos altas según la época del año, lo atraviesas y desde donde cualquier conductor prudente aparcaría hasta el destino hay 40 pasos.

En verano, si consigues llegar en el momento adecuado, y en invierno, casi siempre, sólo necesitas unos cuantos pasos para apreciar que te adentras en un territorio mítico que un día fue habitado por seres fabulosos que lo impregnaron con esa aura aun conservada. La planicie de la arena sólo interrumpida por los surcos que el viento le provoca, el olor a salitre y un mar que aunque parezca tranquilo forma crestas en lugares insospechados que revelan el peligro de navegarlo y las posibilidades de no saberlo nadar.

Playa de la Bota (Huelva) / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Playa de la Bota (Huelva) / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Justo ahí, en ese preciso momento y lugar podrás observar y sentir que aquello te pertenece tan poco como le perteneció a los que ya lo conocieron y a los que lo conocerán, aquellos que lo habitaron y lo habitarán. Sin embargo, quizá tu sabrás que perteneces a ese lugar aún queriéndolo evitar.

Con la marea baja te costará llegar hasta tocar el mar y si está alta tendrás una sensación de cercanía que nunca es del todo real. El viento te interrumpirá a cada paso y serás más consciente del conjuro. A cielo raso o tapado con una superficie de nubes acuchilladas, el misterio irá brotando hasta que sólo puedas darte la vuelta para intentar averiguar cuánto has avanzado,  qué queda de tus huellas en la arena y si es cierto todo aquello o sólo es la atmósfera que te ha engañado.

Ahora puedes observar la curvatura del Golfo de Cádiz que no está en Cádiz, una bahía intensa rota por una lengua de tierra que crece y decrece al ritmo de la marea, algunos barcos de recreo, un velero atrevido, mariscadores y algunas embarcaciones escuálida que mantienen la costumbre de faenar con trasmallo. Todavía no has tocado la arena mojada de mar siquiera. Sin darte cuenta has virado tu derrota y la línea recta que buscaba la orilla poco a poco va tornándose una diagonal hasta situarte casi paralelo al mar, como si no te dejara acercarte, como si el misterio fuera ese, cómo llegar al mar que hace rato está ante ti.

Nubes cortadas en la Playa del Cruce (Huelva) / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Nubes cortadas en la Playa del Cruce (Huelva) / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Si hay sol, las gaviotas empezarán a aparecer cuando esté bajo, pero si está nublado algunas salpicarán el cielo, ajenas a tu descubrimiento pero sin perderte de vista. Entonces descubres un mar antiguo que navegaron, trabajaron y lucharon gentes de otro tiempo, un mar que como todos los mares se tragó a miles, gente de la que nunca se supo, el lugar donde el Atlántico empieza a terminar o comienza a empezar, según la orilla de la que vengas.

A esas alturas de tu camino ya habrás pensado en alguien a quien llevar a ese lugar, alguien con quien compartir ese trozo de tierra, pero al volver ya será distinto; el peso que experimentaste se mantendrá, pero lo vivirás en otra persona. En ese futuro impreciso que desearás que ocurra ya sabrás que pocos son los años que pasan sin que alguien se ahogue allí, que los fines de semana de verano está atestado comparado con el día de hoy. Alguien te habrá contado que en frente había una almadraba que daba de comer a familias por temporadas hasta no hace mucho o que en ese trozo de tierra que tienes a tu derecha cortando el océano y que apenas identificas sobre el mar aun quedan restos de una edificación donde los almadraberos trabajaron y un antiguo puesto de carabineros. Te costará no preguntar a los lugareños, no buscar alguna respuesta sobre aquel sitio.

Dunas en la playa del Cruce (Huelva) / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Dunas en la playa del Cruce (Huelva) / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Pero para entonces lo más importante es que habrás comprendido toda la gente que ha navegado ese mar, las que vinieron pero también las que se fueron, las despedidas camino de un futuro mejor que jamás llegó, las esperas y las esperanzas, la pequeñez ante todo aquello sin haber siquiera rozado el final de una ola que toca la orilla. Sabrás todo lo que hay allí que eres tú.

Ahora los infinitos caminos son sólo tres: Puedes volver al coche y conducir en uno u otro sentido en paralelo al mar por lo que quede de la carretera HV-4112 que el viento no haya cubierto con arena robada a las dunas; o puedes continuar hacia el mar y allí escribir tu minúsculo nombre en la arena, quizá  con una estela. Pero esas son otras historias que están por contarse.

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