Regreso al pasado

1° 4’ 0’’ N – 154° 47’ 0’’ E: La última frontera

El trayecto es largo, probablemente uno de los más largos: entre 40 y 65 horas de avión desde Madrid que, según la ruta, pasará por lugares como Londres, Seúl, Chicago, San Francisco, Miami, Tokio, Honolulú o Guam y hará paradas técnicas en algunas islas hawaianas o sitios tan extraños como Truck-Truck hasta llegar a Pohnpei. Sellos en el pasaporte, cambios horarios, colas en aeropuertos y una isla remota como parada intermedia antes del destino final, un lugar aun más remoto.

Llegando a Pohnpei se acaban los vuelos regulares, los billetes de avión o cualquier otro transporte con línea regular e incluso irregular. Lo que queda es alquilar un barco, en la zona no hay hidroaviones o helicópteros con autonomía suficiente para ir y venir –en el destino no se puede repostar y carece de aeropuerto entre muchas otras cosas–. Pohnpei (o Ponape) ya es un lugar remoto de por sí, pero al menos tiene aeropuerto con salidas regulares. Eso y un cementerio de barcos.

Oceanía en la actualidad

Oceanía en la actualidad (pulsar en la imagen para ampliar)

En Pohnpei el Pacífico ya no es un paisaje bajo el avión, es una realidad líquida que más bien parece sólida con el tamaño y la contundencia del mayor océano de la Tierra. La poesía queda desbordada por la realidad y los mapas que con dificultad situaban atolones y archipiélagos son una guía difícil de creer. Todo debe estar en algún punto del horizonte, pero parece increible, más aun cuando tras días de navegación no se divisa tierra en ninguna dirección.

Con un barco alquilado y una tripulación dispuesta, sólo queda navegar durante unos cuatro días por el Pacífico en una travesía de casi 800 kilómetros hasta Kapingamarangi (1° 4’ 0’’ N – 154° 47’ 0’’ E).

Kapingamarangi (Greenwich A.) en un mapa de la David Rumsey Collection

Kapingamarangi (Greenwich A.) en un mapa de la David Rumsey Collection

Si los vuelos en avión no han sido suficientes, un océano tan vasto como el Pacífico siempre puede deparar alguna sorpresa: una tormenta que se prolongue durante una noche que termina pareciendo infinita; la ausencia de viento (suerte que los veleros actuales guardan un motor entre sentina y cubierta) o la certeza de que la distancia máxima de la costa a la que operan los servicios de emergencia del Estado Federado de Pohnpei (Micronesia) es de “sólo” 100 millas náuticas. Son momentos como estos cuando los marinos que plantaron cara a tormentas en aquellos libros que leímos nos parecen titanes en vez de románticos, viejos sabios en lugar de aventureros o, quizá, locos que buscaban la muerte, puede que sin saberlo, y que llegaron a encontrarla en muchas ocasiones.

Por el camino: muchas millas de agua, puestas de sol mágicas y la certeza de saberse en un medio donde el conocimiento más absoluto no te exime de pagar la cuota si el mar viene a exigirla. Y tarde o temprano vendrá.

770 kilómetros de navegación para ver tierra en el horizonte
Cuando parece que las islas que componen Kapingamarangi están al alcance de la mano aún queda mucho por hacer. Navegando desde Pohnpei hay que rodear el atolón para acceder a la laguna por el único paso que lo permite. El sueño de desembarcar en Kapingamarangi no es sólo una lucha con la lejanía, hay que ser un patrón experto para hacer pasar el barco por un acceso señalado con una sola boya. No hace falta que sea un día de mar brava en los que no hay forma de acceder a la laguna, la corriente del Pacífico siempre jugará en contra del navegante al chocar contra los islotes, los escollos coralinos y la tierra no emergida que se asoma para formar el anillo del atolón que bloquea el acceso a una laguna de 72,9 kilómetros cuadrados.

Mapa del atolón Kapingamarangi

Mapa del atolón Kapingamarangi

Como aquellos alpinistas que suben montañas pero que no consideran exitosa su expedición hasta culminar el descenso, llegar a uno de los lugares más inaccesibles del planeta –apenas a un grado de latitud de la cintura del mundo–, sólo significa un punto intermedio. Pero como punto intermedio, es probablemente uno de los mejores sitios para olvidarse de casi todo y ser conscientes de lo ridículos que somos, como si no fuera ya de por sí extraño el emprender un viaje de estas características.

Kapingamarangi es un atolón compuesto por 33 islotes, de los que sólo tres están habitados, tiene una extensión de 74 km cuadrados siendo apenas 1,1 de ellos tierra emergida. En esa pequeña cantidad de tierra al borde del ecuador terrestres habitan unas 500 personas. El atolón está situado a medio camino entre Polinesia y las Islas Marshall, de hecho, su lengua, el kapinga, y sus pobladores provienen de migraciones prehistóricas de la Polinesia Occidental.

Pero migraciones casi increíble, descubrimientos raros, islas difíciles de fijar en el mapa y rutas casi imposibles de trazar no es lo único que llama la atención de este atolón situado en lo más parecido a “en medio de ninguna parte” que nadie pudo jamás imaginar.

A día de hoy, Kapingamarangi (antes llamada Islas Greenwich por los ingleses, Constantine por los franceses y, según parece, Pescadores por los españoles que la descubrieron para occidente –luego volveremos a esto–) pertenece inapelablemente al Estado Federado de Pohnpei, que está integrado en los Estados Federados de Micronesia (Kapingamarangi es su punto más meridional), pero la historia es más intrincada que todo eso.

Parte de Kapingamarangi / John Harding (1969)

Parte de Kapingamarangi / John Harding (1969)

La larga historia de un territorio pequeño
Según varias fuentes históricas, Kapingamarangi fue descubierta en 1537 durante el transcurso de una expedición dirigida por Fernando de Grijalva que partió desde Paita (Perú) con la intención de explorar el Océano Pacífico, aunque lo cierto es que no dio unas indicaciones concretas sobre su localización. Seguramente, entre otras cosas, fue porque al regresar a la línea ecuatorial tras no poder alcanzar California a causa de unos vientos desfavorables, fue asesinado por su tripulación tras un motín –estos querían dirigirse hacia las Islas Molucas y Grijalva rechazó la idea de entrar en un territorio perteneciente a Portugal–. Viajar no siempre fue un placer o una aventura fantástica, hubo un tiempo en que era más frecuente morir durante un viaje que regresar.

Durante los siglos posteriores al descubrimiento de este tipo de territorios en el Pacífico, hubo varios intentos no muy contundentes de colonización por parte de los españoles, sin embargo, acabaron fracasando –los atolones suelen carecer de recursos más allá de los propios para la subsistencia y son lugares muy alejados de todo, más si cabe con las tecnologías del pasado–, a eso hay que unir el declive del “Imperio Español” hasta consumarse en 1898. Éstas circunstancias hicieron que el “Lago Español”, como se le llamó pretenciosamente durante mucho tiempo al Océano Pacífico, dejara de serlo, si es que alguna vez lo fue.

Las posesiones españolas en el Pacífico se fueron perdiendo definitivamente –al menos así parecía– tras el desastre de la Guerra de Cuba en 1898 y la firma del Tratado Germano Español en 1899. Como muestra de la dificultad de controlar una extensión de océano tan enorme con unas posesiones tan diminutas, baste decir que el acuerdo con Estados Unidos por el que España le entregaba la soberanía de sus principales plazas en el Pacífico tuvo que ser reescrito en varias ocasiones, ya que la dispersión y lo minúsculo de las islas y los atolones complicó la elaboración del listado definitivo.

Con una flota envejecida y un país mermado de recursos, el siguiente paso fue la firma del Tratado Germano Español por el que se vendía al II Imperio Germano los archipiélagos de las Islas Carolinas y Marianas (incluyendo Palaos, pero excluyendo Guam que ya era propiedad de los Estados Unidos de América desde 1898) por 25 millones de pesetas de la época. En este tratado, el Gobierno español se reservó alguna cláusula que permitía mantener las misiones religiosas y comerciales establecidas en la zona, además de un depósito de carbón para la Marina  en Palaos y otro en las Marianas incluso en momentos de guerra.

Parecía que con esto acababa el sueño de las aguas transparentes, la arena nívea y las islas con cocotales donde descansar al amparo de la suave brisa oceánica del Pacífico –la misma que a veces se vuelve huracán– y en esto que llegó un historiador de CSIC, Emilio Santos Pastor, que en el año 1948 determinó que en el Tratado Germano Español no se habían incluido, seguramente por olvido o desconocimiento, una serie de territorios que seguían perteneciendo a España. En ese momento, Kapingamarangi, como muchos otros territorios del Pacífico, había pasado por bastantes avatares. Alemania perdió la isla en favor de Japón tras la I Guerra Mundial. Japón, al pertenecer al bando ganador que lideraba Estados Unidos, se quedó con la autoridad de los terriotiros germanos en el Pacífico.

Oceanía tras la primera guerra mundial,  mapa de 1920

Oceanía tras la primera guerra mundial, mapa de 1920

Más tarde, al estar Japón en el bando perdedor de la II Guerra Mundial, las Naciones Unidas cedieron la administración de este territorio a Estados Unidos. Era 1945 y USA manejaría gran parte del Pacífico casi a su antojo durante una larga temporada: desplazaron población para la realización de pruebas nucleares en algunos atolones, crearon bases militares y administraron territorios que eran prácticamente autónomos dentro del nivel de subsistencia que ofrecían unos lugares con características similares a Kapingamarangi.

Según parece, el descubrimiento español llegó al consejo de ministros y Francisco Franco, jefe de estado “por una gracia de dios” en aquel momento, decidió no solicitar ninguna soberanía sobre territorios del Pacífico. España no estaba en las Naciones Unidas ni tenía aliados en ella debido a su papel en la II Guerra Mundial: neutral pero con una poco disimulada inclinación hacia Hitler. Además, la postguerra era una realidad bastante patente que hacía imposible cualquier aventura colonialista de esa magnitud.

Otros territorios antes de llegar a la última frontera
Además de Kapingamarangi, Santos Pastor identificaba 5 territorios más sobre los que, según él, España podía solicitar soberanía. Mapia (o Palau Bras) también quedó fuera de los tratados del siglo XIX, los últimos que firmó España para ceder su soberanía en el Pacífico. Hoy en día, Mapia es una isla perteneciente a Indonesia y está considerada un gran destino para el buceo. El historiador español también incluía Rongerik, que al igual que Kapingamarangi, pudo ser descubierta por Fernando de Grijalva. En este caso se trata de un atolón deshabitado excepto durante el tiempo que duraron las pruebas nucleares de las Islas Bikinis, ya que USA realojó allí a dicha población. Se compone de 22 islotes y en la actualidad es parte del estado que forman las Islas Marshall, pero según Santos Pastor nunca fue incluida en ningún tratado de cesión.

Mapa del atolón Rongerik

Mapa del atolón Rongerik

A una considerable distancia de Rongerik está Matador, un territorio que se encuentra cercano a Kapingamarangi –todo lo cercano que se puede considerar en una zona donde la cercanía se mide en cientos de millas náuticas– otro de los territorios españoles reclamables. Matador (2º 38’ 48,4’’ N – 159º 32’ 33,4’’E) es en la actualidad un pequeño escollo marino que apenas emerge de las aguas del Pacífico, una formación coralina que hoy en día aparece en los mapas como una zona blanca, indicando que se trata de un territorio no completamente emergido. Aunque no hay constancia de que fuera diferente en otro tiempo, lo cierto es que aparece en los mapas desde hace varios siglos.

Unido a estos cuatro territorios, Santos Pastor señalaba el atolón Ulithi, que aunque fue considerado como parte de las Islas Carolinas por los alemanes, en una interpretación estricta de un laudo papal de 1885 quedaba excluida de las Carolinas por razones geográficas. Completarían los supuestos territorios españoles de ultramar en el Océano Pacífico el atolón llamado Nukuoro (durante mucho tiempo conocido como Monteverde en honor a su descubridor para los europeos, Juan Bautista Monteverde). Se trata de un atolón situado en alguna parte del trayecto entre Pohnpei y Kapingamarangi que realmente nunca se llega a avistar a no ser que se pretenda alargar la ruta. Como Kapingamarangi, Nukuoro (compuesto por 40 islotes habitados por 370 personas) también pertenece a Pohnpei y sus habitantes comparten algunas características culturales y étnicas como parte del idioma, que se corresponden en un 50% aproximadamente con el kapinga.

Lo único verdadero es que nunca nadie llegó a solicitar la soberanía española, seguramente, lo más cierto es que nunca llegaran a serlo a pesar de los minúsculos asentamientos que pudo haber o lo que diga la historia. Además, en 1986 Naciones Unidas dio por finalizado el periodo de tiempo para realizar cualquier reclamación sobre territorios de estas características; y por si fuera poco, es lógico pensar que el objetivo de España con la firma de los tratados que incluían sus islas en el Pacífico no fue otro que el de deshacerse de aquellos territorios que realmente no ofrecían grandes posibilidades económicas y estaban muy a desmano.

En cualquier caso, en 1990 y tras firmar un tratado de libre asociación con los Estados Unidos de América, Kapingamarangi, Nukuoro, Matador y Ulithi se unieron a los Estados Federados de Micronesia como parte integrante que son del Estado Federado de Pohnpei. Al margen de estos atolones, Rongerik es parte de las Islas Marshall y Mapia de Indonesia.

Así terminaba de forma oficial la fantasía de la Micronesia Española, algo casi menos real que el literario Reino de Redonda y su republicano rey Xavier I.

Kapingamarangi, Pescadores y el posible error de Santos Pastor
Apasionante o no, al menos es llamativa la historia de estos territorios en general y en particular la de Kapingamarangi, un lugar que sólo recibe visitas de un barco del Gobierno de Pohnpei un par de veces al año y cuyos niños tienen que abandonar la escuela a los 14 años si quieren seguir estudiando. En ese caso sólo regresarán a su atolón para las vacaciones de verano en el mismo barco que lleva las provisiones (gasolina, tabaco, medicinas…) para los isleños. Pero todo esto no termina aquí.

Mapa de la David Rumsey Collection en el que aparece Piscadores

Mapa de la David Rumsey Collection en el que aparece Piscadores

Después del revuelo que puede provocar un descubrimiento como el de Santos Pastor, hay quien dice, y los mapas están ahí, que el historiador español confundió el atolón de Pescadores (actual Enawatak: 11º 29’ 17,6’’ N – 167º 26’ 1.3’’ E) con Kapingamarangi, que se encuentra a bastante distancia. O al menos, Pescadores es como llama a un atolón de las Islas Marshall un mapa fechado en 1790 que el explorador francés Le Perouse arrebató a un galeón español. Lo mismo dice un mapa de Playfair de 1814 de la David Rumsey Collection, al igual que un mapa de Tompson (1817) y otro de Goodrich (1830), ambos pertenecientes a la misma colección.

Fronteras caprichosas, líneas inventadas
Por si fuera poco, este no es el único hecho matizable en las conclusiones de Santos Pastor, al menos en lo referente a localizar atolones minúsculos en océanos inmensos, además de la evidente dificultad que ya tuvieron los cartógrafos y navegantes para identificar territorios que luego plasmaron en los mapas, algo que es normal que lleve a errores históricos.

Verdaderamente, decir que esos territorios alguna vez pertenecieron a España, apenas en un puñado de ellos hay huellas de una presencia sólida más allá de la religión, nombres y apellidos evidentemente españoles, es como mínimo una boutade. Ni aquí ni allí ha tenido nadie constancia de pertenecer verdaderamente a España durante mucho tiempo, si es que alguna vez hubo constancia de ello más allá de una mera curiosidad o un alarde imperialista ridículo. Tampoco los territorios se prestaban mucho a ello.

A los habitantes de aquellos territorios no les ha hecho mucha falta saber a quién pertenecía la tierra en la que se han asentado generaciones y generaciones. Ellos la habitaban y sobrevivían con su economía de subsistencia casi todo el tiempo –salvo en 1916, que Kapingamarangi fue evacuada por el Gobierno japonés debido a una sequía– y con poca necesidad de lo que viniera del exterior, fuera español o no.

De todas formas, no deja de ser llamativo, interesante y casi divertido que la aventura colonial española diera coletazos hasta hace tan poco tiempo y se puedan encontrar retazos históricos en lugares no lejanos, sino que ejemplifican lo remoto y lo aislado. Algo que, como las propias islas del Pacífico, diseminadas por una extensión inabarcable, es difícil de creer.

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Regreso al pasado

Un pensamiento desde Itálica: Columnas romanas, gloria y decadencia

Columnas de Itálica III / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Columnas de Itálica III / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Hacía tiempo que quería volver, tenía a la persona adecuada para acompañarme –alguien que nunca había estado allí y quería ir–, sin embargo, el clima no acompañaba. El invierno había sido más lluvioso que de costumbre –aunque hablar ahora de costumbres en lo referente al clima es casi una tontería–  y la primavera que no terminaba de romper, sólo había traído lluvias, parecía anunciar un cambio de planes hasta el mismo día en que me planté ante las puertas de aquel lugar.

A Itálica, una de esas partes del mundo que transita entre el pasado glorioso y el presente, el último invierno le ha dado rostro de jardín exuberante: verde en las laderas entre las que habita y florecillas silvestres acumuladas en los costados de los caminos. La humedad densa entre los pasillos del anfiteatro que un día pisaron ajusticiados y espectadores es sólo la primera de las estancias a visitar.

Enseguida descubres al viento doblando a placer el trigo salvaje y las ramas jóvenes de los olivos viejos. Hoy es brisa fresca lo que araña los restos de las calzadas romanas y los mosaicos que sólo revelan el paso del tiempo por algunas muescas, además de la falta de brillo provocada por el diario castigo que infringen el sol y ocasionalmente la lluvia.

No es difícil encontrar datos sobre este yacimiento. Sus orígenes se remontan al 206 a. de C., alcanzando su mayor esplendor en la época del emperador Trajano –nació aquí en el año 53 d. de C.– y con su sucesor Adriano: baste decir que fue abandonada en el siglo XII y que falta más por conocer de la ciudad que lo que conocemos en la actualidad –algo común en los yacimientos de este tipo. La antigua villa romana se levanta en un cerro desde donde se divisa la depresión del Guadalquivir, un conjunto de terrazas que permite contemplar Sevilla y todo el Aljarafe.

Paisaje en Itálica I / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Paisaje en Itálica I / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Caminar por la historia
Usar un par de horas de tu vida paseando por lo que un día fue parte de la gloria de un imperio y hoy es mera ruina, como máximo se le puede conceder el título de testigo de la historia –algo que nunca ha valido de mucho–, al menos deja un recuerdo. Aunque a poco que el viajero en cuestión se pare a reflexionar unos minutos puede resultar una experiencia perturbadora.

Paisaje de Itálica II / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Paisaje de Itálica II / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Quedan restos de pavimento, mosaicos completos, casas, bosquejos de palacios enteros y arcos construidos que dejan memoria eterna de un triunfo temporal. Sin embargo, nada deja tan patentes la gloria y la decadencia como esas columnas solitarias que no se hicieron más que para soportar un edificio. Pasó el tiempo y el pavimento ya no es uniforme, el techo no existe, las estancias son un mero resalto en el suelo que invita a imaginar y las puertas hace siglos que desaparecieron.

Es cierto que hay columnas construidas ex professo para conmemorar una gesta, el propio  Trajano erigió una en Roma para conmemorar la victoria sobre los dacios –pueblo de la actual Rumania–, pero no es de esas de las que hablo. Me refiero a unas que a veces ni son altas ni espléndidas, pero erguidas ante el mundo se convierten en memoria y marca atemporal.

Columnas de Itálica II / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Columnas de Itálica II / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Son fáciles de encontrar en Itálica. Repentinamente o divisada desde la lejanía surge una columna que combate los elementos, que vio la gloria y con silencio de piedra relata el pasado. Quizá es lo que queda de lo espléndido, eso y el resto de un murete, pero nos ayuda a entender y a reconocer lo que fuimos y lo que seremos. Lo leí hace no mucho en un poema de José Manuel Mora Fandos: “Es tarde ya / junto a los templos de Torre Argentina […] Aquí hubo un teatro, / y un rumor sacro de túnicas, aras, / y nadie escucha ya las voces ni los ecos…”. Eso es exactamente lo que encuentro al ver, ni siquiera necesito contemplar, las antiguas columnas.

En Mérida, en Baelo Claudio, también en Siracusa, Damasco o en la propia Roma. Sirven para imaginar lo que soportaron, a quien dieron cobijo. En ocasiones están expuestas, intocables como piezas de museo, pero también hay veces que puedes caminar entre ellas y tocarlas. Quizá surjan al girar una esquina superando la altura de la calle que hoy caminas, aunque partan desde varios metros más abajo, justo donde hace siglos debió de estar el suelo que otros anduvieron mucho antes que tú.

  • Aquí puedes leer el poema completo de José Manuel Mora Fandos (@Morafandos).
    La canción ¿Muerte dónde vas? de Ennio Morricone me transmite mucho del espíritu de Itálica y de todo lo que intento expresar en esta entrada, puedes escucharla pulsando sobre el icono que aparece abajo.

 

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