Estrofa, puente y estribillo

Elogio al disco: John Lee Hooker/Eddie Burns. Detroit Blues 1950-1951

Portada del disco

Portada del disco

El recorrido es largo: Grabado en algún lugar de Detroit en los primeros años cincuenta del siglo pasado, editado en Inglaterra por Krazy Kat durante el año 1987, por algún extraño azar llegó en perfecto estado a una tienda de discos de segunda mano en Zaragoza para de ahí llegarme directamente en forma de regalo a Huelva en la primavera de 2014.

Podía haberse perdido por algún camino, como se han perdido parte de las informaciones de la grabación en la que participan músicos desconocidos, como se han perdido algunas de las cintas originales y se han recuperado las grabaciones de un acetato.

Describirlo como sobrio sería bromear. No apto para oídos amantes del almibar; rasposo, duro, honesto, verdadero, seco, directo, primitivo y sin más embellecimiento que la propia vida. John Lee Hooker y Eddie “Guitar” Burns van tejiendo sus canciones, pellizcando las cuerdas de unas guitarras que a veces se acompañan, las menos, de hármonicas y percusiones, pero que siempre siguen un ritmo insistente marcado por la suela de unos zapatos tirando a gastados sobre un suelo de madera.

El periplo de las grabaciones hasta llegar a mis manos seguro que ha sido una broma comparado con el de los intérpretes: nietos de esclavos, ciudadanos de segunda, emigrantes en su país, alternaban un trabajo de día con noches en bares desaparecidos; luego timados –apenas cobraban unos dólares y una botella de whisky por unas grabaciones que en muchos casos acabaron vendiendo miles de ejemplares y haciendo ricos a otros: en terminología marxiana, los dueños de los medios de producción. Algunos, como estos dos, lograron salir de aquel agujero y hacer carrera a base de tocar y cantar lo que la vida les había derramado en la sangre.

Temas que incluye el disco

Temas que incluye el disco

Nada de esto habría sido posible sin ese soporte envuelto en un papel viejo que hace tiempo dejó de oler a tinta recién impresa. Un soporte que ha sobrevivido a aquellos tipos que grababan para comer y acabaron siendo estrellas que incluso los blancos adoraron. Apenas tengo un puñado de discos, muchos de ellos no son ni antiguos, pero estoy seguro de que si alguna vez pasan a otras manos tendrán algo de valor añadido por el propio formato que los contiene, mientras que mi disco duro, donde hay envasados al vacío miles de grabaciones, no tendrá más valor que el que tenga el propio dispositivo. Si es que para entonces tiene alguno y no es más que una reliquia absurda en un mundo virtual.

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Estrofa, puente y estribillo

Jambalaya, los nadie que lo tienen todo

Parte de Jambalaya en directo / @diegocabrerap

Parte de Jambalaya en directo / @diegocabrerap

No tienen nombre ni posición, a pesar de que hace tiempo que mataron al padre y han aprendido sin mucho esfuerzo que para masticar rock todo se reduce a pellizcar la melodía. Pero antes de eso hay que cargar con el equipo (después habrá que descargarlo), sobreponerse a un sonidista “ponecopas” y hacer propios los ciclos –de menos a más y de más a menos o a la inversa– del viejo rito.

Jambalaya son conocedores de lo ajeno, pero también los primeros amantes de lo propio, ya les toque jugar en equipo o ser sangrientos mercenarios sin más sustento que el cable que les conduce a la electricidad, a veces unas pocas monedas, las menos.

Parte de Jambalaya en concierto  / @diegocabrerap

Parte de Jambalaya en concierto / @diegocabrerap

Músculo y contención (Juan Antonio de Rus en la batería), patean el escenario porque saben que ser elegantes en un escenario es exactamente lo contrario a ponerse una americana encima de una camiseta, basta con ejecutar como lo haría un pelotón de fusilamiento, pero cambiando el miedo al superior por la convicción en su idea.

Estrenan tema, bajan del escenario tocando, animan a desbarrar, se permiten la chulería de cantar una estrofa mientras afinan una guitarra (Alejandro García, guitarra y voz) y te clavan un estilete con la guitarra borracha de Same old faces –en cuestión de meses suena madura– mientras te aprietan las tuercas con un bajo aparentemente distraído (Jesús Cabrera al bajo). Plato exquisito.

Jambalaya en directo  / @diegocabrerap

Jambalaya en directo / @diegocabrerap

Pasa el tiempo y el estilete se ha oxidado dentro de ti. Ya es parte de tu cuerpo. Nunca hubo dolor, ya todo es placer y ganas de repetir con una ración mayor, más contundente es imposible. Pero toca esperar para recoger, cargar el equipo, distraerse e intentar dormir. De los beneficios económicos ya hablamos otro día, porque los que provoca Jambalaya a la salud son evidentes.

Ficha:
26 de julio de 2014, Concierto de Jambalaya en la sala Atenea (Dos Hermanas, Sevilla)
Aquí puedes escuchar la maqueta de Jambayala

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Estrofa, puente y estribillo

Lapido, dueño de la letra y la música

José Ignacio Lapido en el estudio de grabación / Joni D.

José Ignacio Lapido en el estudio de grabación / Joni D.

Como aquel personaje que protagoniza uno de los relatos de A sangre y fuego: héroes, bestias y mártires de España de Chaves Nogales, hace tiempo que no hay nadie en este país que defienda la causa de Lapido, pero a diferencia de aquel, este no renuncia a luchar por ella.

Sin más ceremonias que algunos aplausos sale al escenario, agarra la guitarra y dispara una andanada mortal en compañía de esa guardia pretoriana que es su banda; hablo de gente dispuesta a jugárselo todo a una sola carta: la música de verdad. Poco a poco, tenemos toda la noche por delante, órgano y guitarra eléctrica van trenzándose para modelar un prado donde No queda nadie en la ciudad se tumba al sol. La entrada pagada ya merecía la pena con una sola canción.

Algunos intérpretes llaman acústico a lo que realmente se llama formato ahorro, reconstruyen un repertorio para intentar sortear la crisis que como mucho logra provocar curiosidad cuando no risa, no es este el caso de estos tipos. Aunque resulte rara –por poco habitual– la imagen de Lapido sin la Gibson SG, estos músicos han sabido confeccionar un traje nuevo a cada canción ofreciendo con ello un buen manojo de matices diferentes a los ya conocidos en forma e invitando a husmear en el fondo de los temas. Todo encaja, aunque se eche de menos el bajo de Paco Solana.

Guitarras eléctricas puntiagudas y bien afiladas, órganos sólidos y confortables como una habitación acolchada, percusiones que lo mismo marcan el tempo que cincelan la nueva silueta de una canción que parece hecha así desde sus más profundas raíces. Con estos ingredientes, Ladridos del perro mágico se proyecta hacia otra galaxia donde los músicos parecen disfrutar con unos instrumentos que son juguetes entre sus manos, aunque la música sea uno de los asuntos más serios del mundo. Ni mejor ni peor, un lugar distinto al que ir a disfrutar, un sabor diferente que emociona y golpea desde el mismo momento en que el “slide” se resbala por el mástil de la guitarra de Víctor Sánchez.

Algunas canciones se registraron en un formato parecido a este y eso las hace más reconocibles desde el primer momento, otras se interpretaron de forma muy diferente, pero todas van encajando en un repertorio excelso, sin una maldita fisura. Asusta bucear en los discos de José Ignacio Lapido y pensar en la dureza del control de calidad que se impone a sí mismo, tanto en la letra como en la música y el sonido a la hora de grabar. Es ese espíritu el que lleva al directo con una banda rodada, engrasada y en una forma envidiable. Ya sea con sonidos con ciertas gotas de experimentación con los que los cuatro músicos van tejiendo una alfombra empezando cada uno por una esquina hasta llegar a dar forma a Antes de morir de pena o tocando el pop más exquisito y refinado de La hora de los lamentos, todo suena a verdad.

Lapido en el estudio de grabación / Joni D.

Lapido en el estudio de grabación / Joni D.

Sin concesiones a la nostalgia, hubo tiempo para hacer “arqueología músical”, como lo llamó Lapido, con alguna que otra canción de 091 y aunque el público se entregó, se hubiera agradecido que los piropos que el público le lanzaba al granadino y a su música se hubieran visto reflejados en más silencio y menos conversaciones cruzadas en mitad de las canciones. Cualquier sitio donde Lapido toca se torna un templo y no te puedes comportar de cualquier forma mientras las canciones se hacen carne ante ti.

Detalles y un final
El primer bis, fueron tres en total,  Lapido lo comenzó con una peculiar interpretación a voz y guitarra –dejó por un momento la Gibson para agarrar una Alhambra– de Sigue estando dios de nuestro lado, una canción que “data del siglo XX”, aunque desgraciadamente parece recién escrita.

Los coros siempre juegan un papel importante en las grabaciones y directos de José Ignacio Lapido, este concierto no fue una excepción. Popi González tuvo tiempo de demostrar sobradamente lo buen cantante que es, además de batería, especialmente en una sublime interpretación en Cuando el ángel decida volver. Llegando a todas partes, Raúl Bernal puso la misma entrega en adornar canciones que en crear juegos de sombras o atmósferas densas con el órgano, llegando a una relación casi simbiótica con el característico sonido que el inquieto Víctor Sánchez sacó de una Danelectro de doce cuerdas mientras la hacía pasar por unos efectos además de por sus propios dedos, así elevaron a una nueva dimensión Nubes con forma de pistola, una canción ya de por sí gigante.

Y con el tercer regreso al escenario, Lapido se largó en compañía de su banda tras cerrar el concierto con La torre de la Vela, mientras los allí congregados nos quedamos agarrando una melodía entre los colmillos y yo pensaba en lo que iba a hacer hasta la próxima vez.

  •  Ficha:
    Concierto acústico de José Ignacio Lapido en la sala Malandar de Sevilla. 8 de abril de 2014, I aniversario de la publicación de Formas de matar el tiempo. José Ignacio Lapido: guitarra acústica y voz; Popi González: percusiones y coros; Raúl Bernal: piano y órgano; Víctor Sánchez: guitarra eléctrica de 6 y 12 cuerdas y coros.

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Estrofa, puente y estribillo

Duncan Dhu, canciones a pesar de todo

Ni empezar casi media hora tarde ni que hubiera gente entrando en el auditorio con la tercer canción empezada ni el constante murmullo de un público que dedicaba más atención a sus intentos por resultar ingeniosos que a lo que tenía en el escenario ni siquiera un Mikel Erentxun que parecía un adolescente con pretensiones de llamar la atención restó brillo a esta banda de artesanos acompañados de un sonido estupendo.

No todos los regresos son buenos y siempre hay formas y formas de revivir el pasado, sin embargo, el regreso de Duncan Dhu es de los buenos. Cada canción del pasado gana en detalle y belleza a las grabaciones y todas remiten a un tiempo y un lugar: Duncan Dhu año 2014.

Siempre ha habido algo en las producciones de los discos de Duncan Dhu que me hacía pensar que las canciones eran mejores que lo que estaba grabado, algo que no me pasa con casi ningún disco de Diego Vasallo. Quizá esa opinión tenga que ver con los pecados de las producciones musicales de los 80 y los 90, pero nada de esto ocurrió el viernes pasado. Incluso cuando la banda se ciñe al pop más tradicional y sencillo hay alguna guitarra sucia o un Hammond dispuestos a darle personalidad y empaque al sonido. Todo estaba en su sitio desde el primer momento, detalles de órgano, pedal steel y lap steel, armónica, baterías “country” y el característico bajo de Diego Vasallo, todo encajaba, todo suena a madera vieja.

Diego Vasallo, el tipo que enseñó a envejecer al tiempo
Cuando Vasallo toma la iniciativa se hace dueño de todo, es mercurio líquido, plomo fundido; Vasallo es sonido negro, un trozo de bronce cincelado que con su sola presencia lo cambia todo. Cuando abandona el bajo, ya sea en busca de su propia voz o agarrándose a ese cetro que es su armónica desvencijada, la música parece dictada por las pulsaciones de un corazón  oxidado que se niega a dejar de latir mientras lo inunda todo.

El resto es más historia que otra cosa: himnos, canciones que hablan de leyendas, fragmentos de Crepúsculo que se hacen escasos, un duelo al tiempo que aunque esté perdido merece la pena pelearse, una banda de verdad sonando a verdad y una noche lluviosa en compañía de una chica. Pedir más sería mezquino.

  • Ficha:
    Concierto de Duncan Dhu en el auditorio del Palacio de Congresos de Sevilla; viernes 28 de marzo con algo más de 2/3 de entrada. Diego Vasallo: bajo, armónica y voz; Mikel Erentxun: voz y guitarra acústica; Fernando Macaya: guitarra acústica, guitarra eléctrica y pedal steel; Karlos Arancegui: batería y percusiones; Joseba Irazoki: banjo, guitarra acústica, eléctrica y lap steel; Mikel Azpiroz: piano, órgano, teclados y guitarra eléctrica.
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