Variedades y vanidades

Ser feliz con tres cosas

Hacer una lista es un “tópico manido” -dos tópicos y todavía no he pasado de la primera línea. Una mentira más. Una excusa para hacer “otra lista”. O quizá un planteamiento sincero.

Juan Carlos Onetti no era un tipo convencional, como tampoco era un escritor convencional. Entre sus muchas afirmaciones que sonaban un poco a boutade (aunque también a ciertas) hay una que se me quedó grabada para siempre, lo dijo en una entrevista: “A mí hay tres cosas que me gustaron mucho en la vida: emborracharme suavemente, escribir y hacer el amor”.

Esto lo contó sin alterarse, quizá un poco más pausado de lo que acostumbraba. Por supuesto, no esperaba un aplauso. Lo dijo como se lee su prosa, casi salida directamente de su mano, como si no hubiera intermediarios (ni imprenta, ni editor, ni libro…). Como deseos concedidos por un genio tras salir de la lámpara, a Onetti le bastaba con aquello. Emborracharse suavemente –con vino, también con whisky–, escribir –a mano, por supuesto– y hacer el amor –con mujeres–.  Onetti, así se lo dijo a Eduardo Galeano, consideraba que escribir a mano era lo mejor. Onetti necesitaba rascar el papel con el lápiz para crear su literatura.

Onetti también necesitaba alguien que lo cuidase, sin condiciones, y esa fue Dorotea Murh. Como si escribir y leer, fumar y beber, fueran las únicas tarea para las que estaba capacitado, no tenía muchas más preocupaciones ni ambiciones, especialmente desde que se tuvo que exiliar (tardó mucho en volver a escribir). Bebía, fumaba, leía, escribía y se dejaba cuidar por “Dotty”. Poco más hacía falta en su mundo.

De entre todas las personas que he visto recoger un premio ninguno como Onetti parecía estar fuera de sitio. Ni Marsé de chaqué resultaba tan ajeno a la ceremonia del Cervantes como Onetti rodeado de aquella gente tan distinta a él, incluso aquellos que le admiraban sinceramente le eran ajenos. “Dotty” ha contado alguna vez que él quería coger el dinero del premio y guardarlo debajo del colchón. Llevaba razón, ¿qué otra cosa podía hacer un ser que no pertenecía del todo a este mundo con algo tan mundano como el dinero?

Ese era Onetti, un hombre al que tres cosas le gustaron mucho en la vida: emborracharse suavemente, escribir y hacer el amor. ¿Quién no sería feliz así?

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Estrofa, puente y estribillo

La colección de apocalipsis de Josele Santiago

Jose Santiago en La Iguana Club / DC

Jose Santiago en La Iguana Club / DC

Lo había dejado caer en alguna entrevista, “mi discurso nunca había sido tan apocalíptico”, y lo cierto es que a eso recuerda Transilvania (Altafonte, 2017), el último disco de Josele Santiago. Y ese sonido no se queda en el disco que presentó en Vigo, no por mal ejecutado, sino porque es lo que destilan sus nuevas y viejas composiciones,  aunque sus canciones casi nunca muestran un apocalipsis colectivo. Se trata mas bien de apocalipsis doméstico, desastres que ocurren dentro de las cuatro paredes de una casa cualquiera o incluso las cuatro paredes de una cabeza. Casi todo el mundo los conoce, hay hasta quien los ha vivido. O al menos se los han ‘Prestao’, como dice la canción que abrió el concierto.

El tiempo del avistamiento de objetos voladores no identificados parece que terminó con la llegada de los móviles con cámaras, pero la clarividencia de Josele le permite rescatar un ‘Ovni viejo’ que si bien puede que no vuele, parece un buen sitio en el que meterse hasta que escampe. Si es que llega a escampar.

Y así, canción a canción, de las espirales perfectas para dejarse llevar flotando de ‘Fractales’ a las curvas sugerentes de ‘Magia negra’ se llega a ‘Ángel’. Josele agarra una “Martin” y se queda en el escenario con la única compañía de Nico Nieto. Los mismos rasguños que producen las canciones de Santiago los tiene su guitarra acústica, como si se los hubieran hecho a ella cada noche. Pero son sólo cicatrices, recuerdos que no impiden vivir, como a la guitarra no le impiden sonar.

‘Guardia Civil’ es más cruda y negra en directo, casi se ven los cañones. Los arpegios, más densos que brillantes, salen de los dedos delgados de Josele para quedarse vibrando en el ambiente. Lástima que no sea suficiente para mantener al público en silencio. Ni la petición de Coke Santos (impecable toda la noche) en mitad de ‘El bosque’ sirve para que el público se calle.

Luego vendrán ‘El vals de los peces’, ‘Chachorrilla’ y una perfecta ‘Ole papa’ con final vitaminado. Pero no será lo último. La hipnótica ‘Mi prima y sus pinceles’ desemboca en la sordidez de ‘Saeta’ y la cordura relativa de ‘Loco encontrao’. De ahí a donde cada uno quiera irse, pero con las cicatrices que dejaron cada una de las canciones, como las de la guitarra de Josele. Quizá de la vida, quizá de las canciones.

Ficha:
Vigo, La Iguana Club (Vigo), 24 de marzo de 2018; Josele Santiago (voz y guitarra eléctrica y acústica), Luca Frasca (teclados), Mac Hernández (bajo), Nico Nieto (guitarra eléctrica) y Coke Santos (batería).

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Estrofa, puente y estribillo

Lapido, ¿desencadenado?

Lapido en la sala Trinchera, Málaga – DC

Una pasarela que permite ver a los músicos acercarse al escenario recorre el techo de la sala Trinchera. Como en una escena de cine con tintes épicos Lapido la recorre precedido por sus músicos y se ponen a hacer lo que habían venido a hacer: tocar. Renuncian al típico golpe directo para comenzar el concierto y optan por la sutileza. Entre una neblina de sonidos sinuosos y etéreos se abre paso ‘Pájaros’ en una interpretación casi psicodélica, pura belleza hecha canción que al llegar al final se hace fuerza con una banda llena de convicción para afrontar ‘Nuestro trabajo’ y ‘Lo creas o no’.

El alma dormida (Pentatonia Records, 2017), la última entrega discográfica de Lapido, ha marcado algunas diferencias con respecto al sonido de discos anteriores de Lapido (se nota la colaboración de otras manos en las labores de producción) y eso también se aprecia en directo casi desde el principio. Si las canciones más eléctricas lo siguen siendo, las menos se dejan vestir de otra forma, sin dejar de ser canciones de Lapido. Parece que la gira de resurrección de los 091 hubiera servido para cortar alguna cadena, Lapido parece más relajado y entregado a la interpretación de las canciones, sin restarle un ápice de fuerza, más bien que una fuerza nueva. De eso tiene parte de culpa una banda más que implicada, sobresaliente y que haría bailar a un sordo tan solo con ver la energía que desprenden, mención especial para Víctor Sánchez y Raúl Bernal.

En esa linea de nuevos sonidos, a veces más pop y otras no tanto, Lapido se cuelga la Gibson acústica y bien acompañado interpreta ‘Dinosaurios’, una canción que es más irónica que vitriólica y muy imaginativa, a veces casi humorística, ya sea por pura verdad (“Dylan en las iglesias”) o por cómico (“el Hombre de Orce montado en su vieja Lambretta”). Una pieza que parece encajar dentro de ese “Lapido desencadenado” que se presenta en esta gira. Lo mismo ocurre con ‘Estrellas del purgatorio’, country denso, de viejo sabio. Una joya más del cofre de las canciones de Lapido, un cofre amplio, pero sobre todo profundo.

Lapido y su banda en la sala Trinchera, Málaga – DC

A diferencia de Jesucristo, probablemente el “resucitado” más famoso de la historia, Lapido ha optado por no abandonar la vida terrena y, además de publicar un disco, ha decidido salir de gira con todas las de la ley. Puede que eso no asegure el éxito masivo, pero es una oportunidad impagable para escuchar canciones extraordinarias y a una banda en estado de gracia. Aunque el sonido en la sala Trinchera no les hizo justicia del todo.

La fuerza desencadenada de Lapido se transforma casi en vehemencia al interpretar composiciones como ‘Lo que llega y se nos va’. Y no es la única. ‘El dios de la luz eléctrica’ avasalla de pura furia y contagia a todo el mundo, haciendo disfrutar arriba y abajo del escenario. Es cierto que Lapido siempre muerde con sus letras, pero en esta gira se observa una convicción diferente. Razones tiene, porque aunque nadie le haya dicho la verdad Lapido parece que sí la sabe y está en sus canciones.

Tras reaparecer en el escenario por tercera vez y provocar una tormenta eléctrica con ‘Cuando por fin’, agarra sus sagradas escrituras y se va.

Ficha:
Sala Trinchera (Málaga), 17 de marzo de 2018; gira de presentación de El alma dormida. José Ignacio Lapido (guitarra eléctrica, acústica y voz), Víctor Sánchez (guitarra eléctrica y coros), Popi González (batería y coros), Jacinto Ríos (bajo) y Raúl Bernal (teclados y coros).

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El mundo gira en un sentido absurdo

La paradoja Fariña

Portada de Fariña

Los editores de Libros del K.O. y el periodista Nacho Carretero se han visto ante el juez por un presunto delito cometido con la publicación de un libro llamado Fariña. Allí se recoge la historia del narcotráfico en Galicia, una historia tristísima en la que unos tipos, además de saltarse casi todas las leyes, hacer dinero a mansalva, matar, comprar a quién se dejaba comprar, destruir parte de varias generaciones y deteriorar el tejido social de la sociedad gallega, contaron con el reconocimiento popular e incluso ganaron algunas elecciones.

Es paradójico, y hasta cierto punto divertido –seguro que no para los editores de Libros del K.O. ni para Carretero–, que hoy se encuentren en la misma situación que los narcos, perseguidos. Una broma de la historia. Libros del K.O. y Nacho Carretero están siendo perseguidos por un presunto delito mientras que el pueblo los apoya, ya sea en redes sociales (la manera más blanda del apoyo), haciéndose eco de la noticia y, de la forma más importante, comprando Fariña hasta agotar sus existencias (el libro, claro).

A diferencias de los narcos, Libros del K.O. y Carretero distribuyen material de muy buena calidad y eso no pasa desapercibido. La competencia no sabe como meterles mano.

Espero que en breve nos estemos riendo de esto, aunque sea un tema muy serio.

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Estrofa, puente y estribillo

Charles Bradley, canto y lamento

Fotografía de http://www.thecharlesbradley.com

   La historia de Charles Bradley está más que contada: un renacer que es más bien fue un nacimiento pasados los 60 años y una voz  inmaterial que pesaba como el plomo. Un salto de la nada al estrellato tras décadas viviendo todo tipo penurias. Un “don nadie”  que acabó respaldado por una banda y aclamado por admiradores de varias generaciones. Del anonimato a encontrar sus discos entre los importantes de la historia de un género tan rico como el soul.

   Pero casi todo eso debería pasar a un segundo plano a la hora de hablar de Bradley. Cuando se subía a un escenario daban igual las penurias o un pasado oscuro. Cuando se subía al escenario Bradley era mucho más que “the screaming eagle of soul”. Bradley era verdad.

   Llama a la atención como a los 63 años, cuando muchos artistas están retirados, retirándose o haciendo giras llenas de nostalgia, Bradley tenía una verdad que contar y mucha gente dispuesta a escucharla. Su voz pequeña cuando se dirigía al público y su gesto agradecido (una sonrisa contenida y profunda y una voz vieja, por sabia) contrastaban con la autoridad con la que se entregaba.

   Bradley tuvo un camino demasiado largo, muy duro y al final se truncó por una enfermedad, pero alcanzó lo que merecía: reconocimiento y la bendición de poder dedicarse que le gustaba, algo para lo que realmente había nacido, a juzgar por sus actuaciones y sus discos.

   Queda su música, su gesto honesto al encarar el micrófono y la parte más importante de su legado: su verdad. En su ausencia seguiremos escuchando su voz, canto y lamento a partes iguales.

 

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