Estrofa, puente y estribillo

Me mata si me necesitas, de Quique González y Los Detectives

Porta del disco de ‘Quique González y Los Detectives’

Si hubiera escrito esto hace un par de semanas habría escrito que no puedo decir que el disco es irregular, porque no lo es, pero que siento que Me mata si me necesitas cojea a veces. También habría escrito que la voz de “Nina” no me ha encantado, habría dicho que no me parece mal, pero no habría podido mostrar entusiasmo, supongo que porque no me lo habría causado, aunque si habría reconocido que ‘Charo’ no es una canción cualquiera.

Si hubiera escrito esto hace un par de semanas habría dicho que a ratos siento que no entro en el disco, que a veces tengo la sensación de escucharlo de lejos, pero también habría dicho que hay pasajes que siento como propios, incluso los que todavía no he vivido: es lo que tienen las canciones verdaderas.

Si hace dos semanas hubiese escrito esto también habría dicho que ‘La casa de mis padres’ es una de esas canciones que si un autor puede hacer varias así estamos hablando de un genio (Quique González ya lo era antes de esta canción, ¿y ahora qué?), porque casi ninguno seriamos capaces de escribir algo así aunque viviéramos varias vidas y poca gente es capaz de escribir una sola como esa.

Y por su puesto habría dicho que el final del disco (las dos últimas canciones) merece una mención aparte. Y es que cuando las escucho siento que estoy escuchando un todo. También habría puesto aquí que ‘No es lo que habíamos hablado’ es un necesario preámbulo para lo que está por venir: ‘La casa de mis padres’.

Y habría continuado diciendo que esa canción que cierra Me mata si me necesitas no es sólo lo que cuenta, sino cómo está contado (que en una camción es mucho más que la melodía o los arreglos): El comienzo a base de guitarra acústica y voz (puro Quique González), como entran los teclados y el violín de Eduardo Ortega, luego aparecen las guitarras eléctricas y el bajo en una canción que no deja de crecer hasta llevarte por delante, agarrándote para luego dejarte suavemente en el suelo, destrozado y queriendo más tras los últimos golpes de batería de Eduardo Olmedo mezclados con el fraseo de Quique González para dejar flotando la guitarra eléctrica y sobre todo el órgano.

Y es que tengo que reconocerlo, de todos los discos de Quique González este es en el que más me ha costado entrar. Y eso que desde el principio descubres cosas muy buenas, casi sin necesidad de prestar atención, directamente te llaman y estás disfruntándolas: canciones que tras unas cuantas semanas conocidas por el público son puntales de la discografía de Quique González; obviamente el sonido de las guitarras acústicas (casi nadie saca ese sonido tan exquisito) y por supuesto la banda, ¡cómo suenan estos tipos!

Sin embargo, lo llamativo era que me costaba entrar pero no tenía que obligarme a escucharlo. Lo escuchaba y lo ponía de nuevo. Y luego ponía las dos últimas canciones varias veces seguidas en el mismo orden que tienen en el disco y después de eso volvía a poner el disco entero.

Hoy sigo pensando todo lo bueno que pensaba hace dos semanas y además de eso siento que ‘Charo’ no podía ser de otra forma y me encanta. Y claro, me encanta como canta “Nina”. Y además sé que este disco es el disco de Quique González y de una banda, pero no de una banda cualquiera, de la banda de Quique González. Por cierto, un gigante.

Porque sí, los discos grabados en Nashville tenían un sonido exquisito, unas canciones poderosas, sonaban gloriosos y verdaderos (lo son), pero eran un discos grabados con músicos míticos y extraordinarios, pero no eran “la banda de Quique González”, y escuchándo este disco se nota. Aquellos discos son tan buenos que no se notaba que no era “la banda de Quique González” hasta que ha llegado este.

Hoy siento que en este disco todo está en su sitio, que todo tiene que ser así, porque no podía ser de otra forma, y eso no se puede decir de casi nada en la vida, donde siempre hay algo que rechina. Ese puede ser el gran mérito de este disco, aunque decir eso de un disco donde están ‘Sangre en el marcador’, ‘Relámpago’, ‘Charo’, ‘No es lo que habíamos hablado’ o ‘La casa de mis padres’ es una idiotez. Porque escribir eso de un disco que Ricky Falkner ha hecho sonar así o donde tocan “Los Detectives” y el violín de Eduardo Ortega hace que te quiebres por dentro, es como mínimo una injusticia. Porque un disco donde Quique González canta así es un disco que lo merece todo.

Por cierto, no sé si es el mejor de su carrera ni si es mi disco preferido de todos los que ha hecho, pero yo quiero seguir escuchándolo, llueva sobre el empedrado de una calle o se derrita el asfalto de la carretera, llegue medio borracho a casa o me haya despertado y sólo tenga ganas de ver el tiempo pasar desde mi ventana.

Es fácil, cuando se acaba sólo hay que darle la vuelta el vinilo, llevar la aguja al principio y disfrutar.

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