El mundo gira en un sentido absurdo

Emigrar no es lo que sale en ‘Españoles por el mundo’

Hokkaido straight way  / OpenCage

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Hace tiempo que llevo dándole vueltas al asunto. Yo he estado allí y sé lo que es eso. Además, conozco a más gente ahí fuera que me ofrecen versiones de primera mano. Emigrar es una gran experiencia, puede ser un placer –como es un placer descubrir cosas nuevas y buenas–, pero no es jauja.

Tras mucho tiempo pensando en este tema, el otro día leí un texto bastante sincero, coherente, interesante y realista de un tipo con el que no me une más que disfrutar con el baloncesto: Piti Hurtado. Hurtado se largó hace unos cuantos meses a entrenar a un equipo en Hokkaidō (Japón) –ya tenía experiencia en Baja California (México) y en Utah (Estados Unidos de América): un tipo curtido en estar lejos de su tierra y de su familia–. Sin recurrir a los tópicos  de “echo mucho de menos a mi familia y la comida…”, explica como rompió con el hilo atávico que lo une a su tierra –hilo atávico queda muy poético, pero realmente lo atávico es una cadena con cosas buenas y malas, con cuestiones mundanas y otras profundamente metidas en la sangre de cada uno– para irse a entrenar a Japón.

Con la misma honestidad que relata que si prescindía del pivot americano vago y poco dado a entrenarse lo que le quedaba eran pívots locales tamaño “gnomo” o que la improvisación no es el fuerte de los japoneses, cuenta lo extraordinario que es sumergirse en una cultura radicalmente diferente y lo bueno que fueron las visitas de su familia ayudándole a no tirar la toalla cuando estar lejos de todo lo conocido y lo querido es una mierda absoluta, más si cabe cuando tienes hijos y pareja que están lejos. Cualquiera que haya emigrado sabe lo que es eso, lo mal que Skype puede llegar a funcionar o lo jodido que es ver como tus amigos hacen planes en el grupo de WhatsApp mientras tú tienes que trabajar o estás más solo que la una. Sin dramas, pero muy consciente de lo que implica cambiar Extremadura por Japón ante las necesidad de buscar un trabajo, dándole el valor que tiene, disfrutando de lo nuevo sin esconder los graves problemas de comprensión que se pueden tener e incluso sufrir.

Emigrar es conocer gentes y sitios nuevos, pero también es que un español –como tú– te explote en un país de Centro Europa sin hacerte un contrato y teniéndote que pelear con él para que te pague el mes; emigrar es trabajar en lo que has estudiado y te gusta y que te paguen las horas extras o te las cambien por días libres, pero también es que se rían en tu cara y no te den ni una mínima parte de las propinas –las horas extras ni hablamos– en un trabajo con un día de descanso a la semana y jornadas interminables; emigrar es disfrutar de la vida en una gran capital mundial lejos de la que naciste, pero también es tener una carrera, un máster, hablar tres idiomas, defenderte en un cuarto y tener dos trabajos porque con uno no sobrevives; emigrar es descubrir  un lugar mágico que no aparece en las guías, pero también es que el casero se ría de ti porque eres extranjero o que tus compañeros de piso decidan de hoy para mañana que la semana que viene no tendrás piso; emigrar es vivir en un sitio encantador que jamás pensaste siquiera visitar, pero también es que el perro del policía de frontera te huela porque llevas bombones en la mochila y, al ver en tu pasaporte que eres español, el policía lo primero que te diga sea “there’re a lot of weed smokers in Spain” y se te quede cara de imbécil.

Hurtado, como muchos otros en este tiempo y en este lugar, es un tipo que ve esquilmado su espacio –probablemente también cansado de la explotación que sufrimos aquí, lo mismo que muchos otros– y que decide hacer las maletas: fin. Ese es el don y la maldición. Su franqueza no evita que sea consciente de que es un privilegiado; un tipo con las dosis de lucidez que deja ver en sus análisis sabe que muchos otros han emigrado en peores condiciones y con pésimas perspectivas de futuro.

Dudo mucho que el señor Hurtado se haya hecho rico tras su experiencia japonesa –si fuera así no pensaría en volver a Japón (¿para qué si ya es rico?) o estaría seguro de que va a volver para hacerse más rico aún–, pero está claro es que sí sabe lo que es la emigración, todo lo bueno y lo malo que implica. Piti Hurtado es un entrenador de baloncesto, pero también muchas otras cosas, por eso da igual que cuando lean el texto al que hago referencia (lo pueden encontrar aquí) no distingan un pívot de un escolta tirador o que piensen que un tipo de 1.96 es un gigante –lo es, pero no para jugar al baloncesto–, como todas las cosas importantes, el texto llega muchísimo más allá del baloncesto, habla de la vida.

Gracias señor Hurtado, o como está acostumbrado a oír últimamente: “domo-arigato” –que me corrijan si lo he puesto mal–. Sin tonterías ni medias tintas usted explica lo que es emigrar, igual de pedagógico e ilustrativo que sus videos de baloncesto, sincero y honesto. Disculpe el exceso de confianza al tomarle como ejemplo, pero su discurso vale mucho. Con gente así en nuestro país no entiendo como estamos metidos en tal fangal, bueno, sí lo sé: porque las decisiones no las toman personas sensatas y sabías que saben de lo que hablan.

Amenazo con volver sobre este tema porque queda mucho por decir.

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