Abandonando autopistas

Lugares para morir en primavera: ROMA

Ángel romano / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Ángel romano / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Roma permanece en el mapa esperando a quien quiera visitarla, y no sólo por petrea. Está ahí para aquellos dispuestos a descubrirla: desnuda en verano, abrigada en invierno o esperando a ser desvestida en primavera.

Otros escribieron antes que yo de su pasado –lo tiene todo–, de su presente –lo es todo– y de lo que cada uno ve al traspasar sus puertas. Hay quien descubre un lugar, un sitio o quizás el mismo lugar y el mismo sitio, sin embargo es el descubrimiento de cada uno.

Todo el mundo lleva cierta prisa dentro cuando pisa esta ciudad. Unos porque en Roma se vive corriendo, otros porque mañana la habremos abandonado y queremos vivirla al máximo antes de que las estancias se llenen de otros dispuestos a embriagarse, porque eso es lo único que se puede hacer con Roma: embriagarse, quedar preso.

Después sólo puedes esperar a la próxima vez, aspirar a que esa no haya sido la última, porque siempre vendrá alguien después, nunca serás el último viajero en ella. Quizá, como mucho, se puede aspirar a morir allí en mitad de la primavera.

Fragmento romano - Jesús Cabrera

Fragmento romano – Jesús Cabrera

Roma son las piernas de una mujer morena con poco más que un vestido de corte desigual que un día trazó un diseñador desconocido para que alguien lo luciera paseando alrededor del Arco de Tito. Nunca volverás a verla y si la volvieras a ver no la sabrías identificar. No te lamentas por ello, no lo lamentaste nunca porque únicamente perteneció a ese instante; no existió antes ni tendrá una existencia después. Ni siquiera la seguiste con los ojos. Sólo estuvo allí, como venida del pasado caminando entre las ruinas.

El cielo de Roma desde el Coliseo / Jesús Cabrera

El cielo de Roma desde el Coliseo / Jesús Cabrera

Un trazado singular para que todo encaje en su sitio
Roma es un lugar para encontrarse donde Quevedo no se encontraba a sí mismo, pero donde cualquiera puede sentirse en su lugar. El bullicio local entre charcuteros mostrando su género; un lugar rebosante de una vida única, vieja y estropeada, pero siempre inquieta; un manojo inabarcable de sabores que la definen, aunque vengan del sur o del norte. No necesitarás ir a Ostia, donde tantas tropas acamparon, ni llegar más allá de las murallas, todo está exactamente en su sitio. Siempre, y en cualquier lugar.

La ciudad, con un origen en el que se mezclan historia y leyenda, existió antes que nosotros y seguirá existiendo después; un sitio que cada nuevo visitante vive como si fuera el único, como si la descubriera el primero. Sin quererlo llena los sentidos y hasta los grandilocuentes monumentos del fascismo parecen encajar, claro, son un trozo más de lo absurdo del trazado romano de esta, de esa y de cualquier época.

Una de las calles que sólo son posibles en Roma / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Una de las calles que sólo son posibles en Roma / Diego Cabrera (@diegocabrerap)

Lo escribió Enric González en sus Historias de Roma: durante su estancia en la capital italiana vivió en una casa absurda, casi imposible de habitar por las condiciones del inmueble y por la distribución en varias plantas sin ningún sentido. Vivió en muchos otros lugares, en esta y en otras ciudades, casas más cómodas, sin embargo, ninguna otra casa le gustó tanto como aquella: eso es Roma.

Tópicos hechos verdad, verdades hechas tópicos
Llena de tópicos que apenas tienen importancia, imágenes mil veces reproducidas que nunca cansan. Roma siempre presta –nunca regala– un lugar para el recuerdo y un puñado de fotografías irrepetibles: el barroco de un puente que cruza el Tíber o el helado más breve del mundo mientras eres testigo del cambio de piel de Campo di Fiori a la misma velocidad que el sol se va despidiendo de la ciudad hasta el día siguiente.

Familias completas, solitarios y buscavidas, sudamericanos con traje de chaqueta de terciopelo, fumadores en pipa, artistas, buscadores de boato en decadencia e incluso puteros de postín encuentran una razón para visitar Roma, incluso para vivir allí.

Ángel romano II / Jesús Cabrera

Ángel romano II / Jesús Cabrera

Como una navaja acostumbrada a hacer su trabajo, fina la hoja por el uso y la costumbre de mantenerse afilada, Roma sabrá encontrarte en una calle estrecha, entre ruinas o en un edificio desvencijado que se sostiene por otros en condiciones similares o incluso peores; entre calles estrechas de trazo desigual pero que encuentran la armonía, incluso una simetría secreta sin parangón, tan incomprensible como real.

Roma te descubre mirando un escaparate pensando en aquella mujer que te abandonó por tu culpa y a la que jamás volverás a tener entre tus brazos, mientras ni siquiera piensas en aquella otra de la que te despediste antes de partir hacia allí y que te estará esperando a tu regreso. Realmente la que importa es aquella a la que jamás volverás a tener entre tus brazos.

Roma es visitarla con aquella mujer a la que pensaste que jamás volverías a tener entre tus brazos, aunque no sea para morir allí en primavera, aunque sólo sea para echarla de menos una vez más.

Standard

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *