Estrofa, puente y estribillo

Lapido, dueño de la letra y la música

José Ignacio Lapido en el estudio de grabación / Joni D.

José Ignacio Lapido en el estudio de grabación / Joni D.

Como aquel personaje que protagoniza uno de los relatos de A sangre y fuego: héroes, bestias y mártires de España de Chaves Nogales, hace tiempo que no hay nadie en este país que defienda la causa de Lapido, pero a diferencia de aquel, este no renuncia a luchar por ella.

Sin más ceremonias que algunos aplausos sale al escenario, agarra la guitarra y dispara una andanada mortal en compañía de esa guardia pretoriana que es su banda; hablo de gente dispuesta a jugárselo todo a una sola carta: la música de verdad. Poco a poco, tenemos toda la noche por delante, órgano y guitarra eléctrica van trenzándose para modelar un prado donde No queda nadie en la ciudad se tumba al sol. La entrada pagada ya merecía la pena con una sola canción.

Algunos intérpretes llaman acústico a lo que realmente se llama formato ahorro, reconstruyen un repertorio para intentar sortear la crisis que como mucho logra provocar curiosidad cuando no risa, no es este el caso de estos tipos. Aunque resulte rara –por poco habitual– la imagen de Lapido sin la Gibson SG, estos músicos han sabido confeccionar un traje nuevo a cada canción ofreciendo con ello un buen manojo de matices diferentes a los ya conocidos en forma e invitando a husmear en el fondo de los temas. Todo encaja, aunque se eche de menos el bajo de Paco Solana.

Guitarras eléctricas puntiagudas y bien afiladas, órganos sólidos y confortables como una habitación acolchada, percusiones que lo mismo marcan el tempo que cincelan la nueva silueta de una canción que parece hecha así desde sus más profundas raíces. Con estos ingredientes, Ladridos del perro mágico se proyecta hacia otra galaxia donde los músicos parecen disfrutar con unos instrumentos que son juguetes entre sus manos, aunque la música sea uno de los asuntos más serios del mundo. Ni mejor ni peor, un lugar distinto al que ir a disfrutar, un sabor diferente que emociona y golpea desde el mismo momento en que el “slide” se resbala por el mástil de la guitarra de Víctor Sánchez.

Algunas canciones se registraron en un formato parecido a este y eso las hace más reconocibles desde el primer momento, otras se interpretaron de forma muy diferente, pero todas van encajando en un repertorio excelso, sin una maldita fisura. Asusta bucear en los discos de José Ignacio Lapido y pensar en la dureza del control de calidad que se impone a sí mismo, tanto en la letra como en la música y el sonido a la hora de grabar. Es ese espíritu el que lleva al directo con una banda rodada, engrasada y en una forma envidiable. Ya sea con sonidos con ciertas gotas de experimentación con los que los cuatro músicos van tejiendo una alfombra empezando cada uno por una esquina hasta llegar a dar forma a Antes de morir de pena o tocando el pop más exquisito y refinado de La hora de los lamentos, todo suena a verdad.

Lapido en el estudio de grabación / Joni D.

Lapido en el estudio de grabación / Joni D.

Sin concesiones a la nostalgia, hubo tiempo para hacer “arqueología músical”, como lo llamó Lapido, con alguna que otra canción de 091 y aunque el público se entregó, se hubiera agradecido que los piropos que el público le lanzaba al granadino y a su música se hubieran visto reflejados en más silencio y menos conversaciones cruzadas en mitad de las canciones. Cualquier sitio donde Lapido toca se torna un templo y no te puedes comportar de cualquier forma mientras las canciones se hacen carne ante ti.

Detalles y un final
El primer bis, fueron tres en total,  Lapido lo comenzó con una peculiar interpretación a voz y guitarra –dejó por un momento la Gibson para agarrar una Alhambra– de Sigue estando dios de nuestro lado, una canción que “data del siglo XX”, aunque desgraciadamente parece recién escrita.

Los coros siempre juegan un papel importante en las grabaciones y directos de José Ignacio Lapido, este concierto no fue una excepción. Popi González tuvo tiempo de demostrar sobradamente lo buen cantante que es, además de batería, especialmente en una sublime interpretación en Cuando el ángel decida volver. Llegando a todas partes, Raúl Bernal puso la misma entrega en adornar canciones que en crear juegos de sombras o atmósferas densas con el órgano, llegando a una relación casi simbiótica con el característico sonido que el inquieto Víctor Sánchez sacó de una Danelectro de doce cuerdas mientras la hacía pasar por unos efectos además de por sus propios dedos, así elevaron a una nueva dimensión Nubes con forma de pistola, una canción ya de por sí gigante.

Y con el tercer regreso al escenario, Lapido se largó en compañía de su banda tras cerrar el concierto con La torre de la Vela, mientras los allí congregados nos quedamos agarrando una melodía entre los colmillos y yo pensaba en lo que iba a hacer hasta la próxima vez.

  •  Ficha:
    Concierto acústico de José Ignacio Lapido en la sala Malandar de Sevilla. 8 de abril de 2014, I aniversario de la publicación de Formas de matar el tiempo. José Ignacio Lapido: guitarra acústica y voz; Popi González: percusiones y coros; Raúl Bernal: piano y órgano; Víctor Sánchez: guitarra eléctrica de 6 y 12 cuerdas y coros.

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