Estrofa, puente y estribillo

Charles Bradley, canto y lamento

Fotografía de http://www.thecharlesbradley.com

   La historia de Charles Bradley está más que contada: un renacer que es más bien fue un nacimiento pasados los 60 años y una voz  inmaterial que pesaba como el plomo. Un salto de la nada al estrellato tras décadas viviendo todo tipo penurias. Un “don nadie”  que acabó respaldado por una banda y aclamado por admiradores de varias generaciones. Del anonimato a encontrar sus discos entre los importantes de la historia de un género tan rico como el soul.

   Pero casi todo eso debería pasar a un segundo plano a la hora de hablar de Bradley. Cuando se subía a un escenario daban igual las penurias o un pasado oscuro. Cuando se subía al escenario Bradley era mucho más que “the screaming eagle of soul”. Bradley era verdad.

   Llama a la atención como a los 63 años, cuando muchos artistas están retirados, retirándose o haciendo giras llenas de nostalgia, Bradley tenía una verdad que contar y mucha gente dispuesta a escucharla. Su voz pequeña cuando se dirigía al público y su gesto agradecido (una sonrisa contenida y profunda y una voz vieja, por sabia) contrastaban con la autoridad con la que se entregaba.

   Bradley tuvo un camino demasiado largo, muy duro y al final se truncó por una enfermedad, pero alcanzó lo que merecía: reconocimiento y la bendición de poder dedicarse que le gustaba, algo para lo que realmente había nacido, a juzgar por sus actuaciones y sus discos.

   Queda su música, su gesto honesto al encarar el micrófono y la parte más importante de su legado: su verdad. En su ausencia seguiremos escuchando su voz, canto y lamento a partes iguales.

 

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Ficciones y no tanto

Un “proceso de selección”

Todo había empezado con una llamada, como casi todas las cosas en la actualidad. Aunque no fue así del todo.

Realmente había comenzado cuando decidí que era el momento de buscar trabajo y para ello creí necesario registrarme en webs y aplicaciones dedicadas a eso. Introduje mi currículo en la web de una archiconocida empresa de trabajo temporal que además de buscar trabajo a la gente –lo de encontrárselo era harina de otro costal–, tenía una vocación humanista, ya que sostenía una fundación con muchos objetivos muy loables.

A los dos días de inscribirme encontré una llamada perdida en mi teléfono móvil y no dudé en responderla. Mi vida social nunca ha sido una maravilla, pero sólo cuando he estado buscando trabajo he hecho ese tipo de cosas.

Efectivamente me llamaban para “un proceso de selección” de una de las empresas donde había introducido mi currículo y marcado algunas preferencias, incluso me había inscrito en alguna oferta de trabajo. En este caso era una beca de prácticas, algo que tal y como estaban las cosas desde hacía años (no muy diferentes como están ahora) tenía carácter de empleo, aunque fuera temporal o precario o temporal y precario.

A los poco tonos me cogió el teléfono una amable joven que me confirmó que llamaba a una empresa de trabajo temporal y me ofrecía su ayuda.

−Me llamo… y supongo que me han llamado por la oferta de…

−Sí, ¿me dice su nombre?

−…

−Ehhhh, sí, … –me dijo tras escucharse cierto barullo de papeles al otro lado del teléfono.

Aquí empezaba lo divertido.

–Efectivamente.

–Buenas, le llamo de la empresa… –me dijo con tono robótico, sin ningún resto de la naturalidad con la que me había respondido a mi llamada, hasta se había aclarado la voz antes de empezar su discurso.

Estuve a punto de decirle que no me había llamado ella, sino que era yo el que estaba llamando, pero lo dejé pasar. No me parecía buena idea llevarle la contraria tan pronto a la persona que va a decidir si eres apto o no para un trabajo. Además, dudé entre si no sabía conjugar los verbos o directamente era tan imbécil que no era capaz de dar su discurso sin la menor variación. Quizá había querido decir “Le he llamado por…”, pero lo cierto es que lo dijo en un presente alto y claro. En cualquier caso, decidí callar.

Con su voz robótica me explicó las condiciones de la oferta, el porqué de la misma y la razón para contactar con un paria como yo, mientras al otro lado de la línea yo asentía recién despierto sobre la cama desvencijada que cada noche disipaba mi capacidad para el descanso. Era la cama de un paria.

A pesar de estar aturdido por un otoño más caluroso de lo que cabía esperar en Madrid, no necesitaba confirmación para saber que la persona que iba a determinar si era o no la persona adecuada para realizar las funciones que requería aquella “beca de práctica” era más idiota que yo, que ya es decir, pero no dudó en ofrecerme una confirmación. Estaba hablando con una persona muy diligente y no iba a dejar ningún cabo sin atar.

–Estamos organizando unas dinámicas de grupo, ¿te gustaría participar?

Ahí no pude evitarlo. Me había contenido la primera vez y había soportado la voz robótica contándome todo aquello sin pestañear, sabiendo que estaba más cerca de una máquina que de una persona, pero esa vez no pude contenerme. Seguramente tampoco quise.

Su tono cantarín ofreciéndome la posibilidad de participar en una dinámica de grupo como si me ofreciera un boleto de lotería premiado con 20 millones de euros cuando participar en esa “dinámica de grupo” era la única forma de continuar en el “proceso de selección” me parecía demasiado. Tenía que responder a tal afrenta.

–Si quiero continuar en el “proceso de selección” tengo que participar en la “dinámica de grupo”, ¿verdad? −y para confirmar lo que estaba diciendo continué−, ¿no puedo participar en el proceso de selección sin eso? –le dije con buen tono pero haciéndole ver que aunque fuera un paria no era idiota.

Se rió, estoy seguro de que no pudo evitarlo. Quizá tuviera un destello de inteligencia, más bien un reflejo. Se había dado cuenta de que había dicho una obviedad y yo no la había dejado pasar.

Creo recordar que me emplazó para dos o tres días después en unas grandes oficinas del centro financiero de Madrid. Supe llegar porque un amigo vivía cerca y porque en esa zona había una tienda donde en otra época había rapiñado ofertas de vinilos. Pero de eso hacía mucho. Ya apenas quedaba con amigos y mucho menos compraba discos.

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Colaboraciones

Santiago Auserón no forma parte de la tradición, Santiago Auserón es la Tradición (para Revista Artes & Cosas)

Es fácil imaginar la escena entre bastidores. Luces indirectas, un espejo, algún trago alrededor y el silencio que siempre precede a los momentos importantes. El traje oscuro, por supuesto, y para esta ocasión camisa granate. Frente al espejo de su camerino, Santiago Auserón se planta su sombrero y con un toque se lo ladea levemente, lo justo para convertirse en Juan Perro en ese preciso instante.

Alma eléctrica y errante, se abrocha su chaqueta cruzada casi de otra época pero que llena con contemporaneidad y sus propios pasos empiezan a resonar…

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Trozos

Algo parecido a la primavera

Ciclotímica, como un bipolar cayendo hacia el peor de los lados, pero sin la menor dosis de delirio, puro realismo.

Así es la primavera en Irlanda. Como una enfermedad del alma: esquizofrénica, persecutoria y bipolar.

Puede que eso defina a muchas primaveras, pero esta es exactamente así, no extraña la propensión al alcohol y a escribir de los irlandeses, casi todos hacen bien lo primero, algunos han hecho muy bien lo segundo.

Y yo en medio de una senda tranquila, un camino medieval, a un lado acantilados, como casi siempre en la costa irlandesa. Un sol casi ausente que cuando alumbra no llega a calentar. Veleros maniobrando. Y el viento agitando una melena más que conocida para mí.

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Estrofa, puente y estribillo

Me mata si me necesitas, de Quique González y Los Detectives

Porta del disco de ‘Quique González y Los Detectives’

Si hubiera escrito esto hace un par de semanas habría escrito que no puedo decir que el disco es irregular, porque no lo es, pero que siento que Me mata si me necesitas cojea a veces. También habría escrito que la voz de “Nina” no me ha encantado, habría dicho que no me parece mal, pero no habría podido mostrar entusiasmo, supongo que porque no me lo habría causado, aunque si habría reconocido que ‘Charo’ no es una canción cualquiera.

Si hubiera escrito esto hace un par de semanas habría dicho que a ratos siento que no entro en el disco, que a veces tengo la sensación de escucharlo de lejos, pero también habría dicho que hay pasajes que siento como propios, incluso los que todavía no he vivido: es lo que tienen las canciones verdaderas.

Si hace dos semanas hubiese escrito esto también habría dicho que ‘La casa de mis padres’ es una de esas canciones que si un autor puede hacer varias así estamos hablando de un genio (Quique González ya lo era antes de esta canción, ¿y ahora qué?), porque casi ninguno seriamos capaces de escribir algo así aunque viviéramos varias vidas y poca gente es capaz de escribir una sola como esa.

Y por su puesto habría dicho que el final del disco (las dos últimas canciones) merece una mención aparte. Y es que cuando las escucho siento que estoy escuchando un todo. También habría puesto aquí que ‘No es lo que habíamos hablado’ es un necesario preámbulo para lo que está por venir: ‘La casa de mis padres’.

Y habría continuado diciendo que esa canción que cierra Me mata si me necesitas no es sólo lo que cuenta, sino cómo está contado (que en una camción es mucho más que la melodía o los arreglos): El comienzo a base de guitarra acústica y voz (puro Quique González), como entran los teclados y el violín de Eduardo Ortega, luego aparecen las guitarras eléctricas y el bajo en una canción que no deja de crecer hasta llevarte por delante, agarrándote para luego dejarte suavemente en el suelo, destrozado y queriendo más tras los últimos golpes de batería de Eduardo Olmedo mezclados con el fraseo de Quique González para dejar flotando la guitarra eléctrica y sobre todo el órgano.

Y es que tengo que reconocerlo, de todos los discos de Quique González este es en el que más me ha costado entrar. Y eso que desde el principio descubres cosas muy buenas, casi sin necesidad de prestar atención, directamente te llaman y estás disfruntándolas: canciones que tras unas cuantas semanas conocidas por el público son puntales de la discografía de Quique González; obviamente el sonido de las guitarras acústicas (casi nadie saca ese sonido tan exquisito) y por supuesto la banda, ¡cómo suenan estos tipos!

Sin embargo, lo llamativo era que me costaba entrar pero no tenía que obligarme a escucharlo. Lo escuchaba y lo ponía de nuevo. Y luego ponía las dos últimas canciones varias veces seguidas en el mismo orden que tienen en el disco y después de eso volvía a poner el disco entero.

Hoy sigo pensando todo lo bueno que pensaba hace dos semanas y además de eso siento que ‘Charo’ no podía ser de otra forma y me encanta. Y claro, me encanta como canta “Nina”. Y además sé que este disco es el disco de Quique González y de una banda, pero no de una banda cualquiera, de la banda de Quique González. Por cierto, un gigante.

Porque sí, los discos grabados en Nashville tenían un sonido exquisito, unas canciones poderosas, sonaban gloriosos y verdaderos (lo son), pero eran un discos grabados con músicos míticos y extraordinarios, pero no eran “la banda de Quique González”, y escuchándo este disco se nota. Aquellos discos son tan buenos que no se notaba que no era “la banda de Quique González” hasta que ha llegado este.

Hoy siento que en este disco todo está en su sitio, que todo tiene que ser así, porque no podía ser de otra forma, y eso no se puede decir de casi nada en la vida, donde siempre hay algo que rechina. Ese puede ser el gran mérito de este disco, aunque decir eso de un disco donde están ‘Sangre en el marcador’, ‘Relámpago’, ‘Charo’, ‘No es lo que habíamos hablado’ o ‘La casa de mis padres’ es una idiotez. Porque escribir eso de un disco que Ricky Falkner ha hecho sonar así o donde tocan “Los Detectives” y el violín de Eduardo Ortega hace que te quiebres por dentro, es como mínimo una injusticia. Porque un disco donde Quique González canta así es un disco que lo merece todo.

Por cierto, no sé si es el mejor de su carrera ni si es mi disco preferido de todos los que ha hecho, pero yo quiero seguir escuchándolo, llueva sobre el empedrado de una calle o se derrita el asfalto de la carretera, llegue medio borracho a casa o me haya despertado y sólo tenga ganas de ver el tiempo pasar desde mi ventana.

Es fácil, cuando se acaba sólo hay que darle la vuelta el vinilo, llevar la aguja al principio y disfrutar.

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